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Pláticas con Juan Goytisolo

En un momento conflictivo para la Justicia a nivel internacional por los procesos que enfrenta el juez español Baltasar Garzón a raíz de su apoyo a los familiares de las víctimas del franquismo, especialmente en su empeño por desenterrar los cuerpos de los desaparecidos y enterrados en fosas comunes, Juan Goytisolo sale a la palestra y expresa su opinión. Él, que perdió a su madre durante los bombardeos de la aviación franquista en Barcelona en 1938, acude a esa ciudad, en el marco de las actividades programadas por el Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya en conmemoración de la Segunda República Española.

Carátula acudió al encuentro de Goytisolo y recogió sus opiniones. Goytisolo es uno de los escritores más importantes en español, muchas veces mejor valorado fuera de su país. Obras como Reivindicación del Conde don Julián; Señas de Identidad o Coto Vedado, son aportaciones renovadoras a la Literatura y el pensamiento con las que Goytisolo ha participado en un debate caracterizado por su defensa del mestizaje y de la eliminación de fronteras, así como el rechazo al extremismo en la Educación y la Cultura. Ese rechazo proviene de sus años mozos en la España franquista de la que decidió exiliarse por “hacérsele insoportable”, en palabras de Josep Ramoneda, director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona quien introdujo las palabras de Goytisolo ante un público lleno de personas de cierta edad, y de nostálgicos de un sistema de gobierno que la mayoría no conoció en profundidad salvo por los libros de una Historia, la de España, que como demuestra el proceso abierto contra Garzón, no está curada ni se encuentra en paz consigo misma a pesar de que ha transcurrido ya la friolera de setenta años. El juez Garzón, que pudo procesar a violadores contra los Derechos Humanos como Pinochet, o ayudar en el proceso a los culpables de los desaparecidos por la dictadura argentina, no pueda reabrir la Historia más oculta de su propio país. En el momento en que Carátula publica esta entrevista, el juez se dispone a marcharse de España (como “el último exiliado del franquismo”, según titularon algunos medios) a servir de asesor temporal en el Tribunal Penal Internacional.

Goytisolo reside en Marrakech y ha vivido también en Francia, donde se involucró en los movimientos culturales de izquierda. Vuelve a España para dictar conferencias o a través de sus artículos para el diario El País. Antes de empezar, quiere dejar sentado que sus palabras son ante todo las de un escritor y su memoria literaria, política y personal.




En un momento en que tras la derecha presuntamente civilizada de las últimas décadas asoma la oreja, con distintos disfraces, la ultraderecha pura y dura y se intenta conculcar las normas del Estado de Derecho con ardides y trampas en nombre de asociaciones de supuestas ‘Manos Limpias’ pero sucesores de quienes sí las tenían manchadas en sangre y de la Falange Española, de tan ingrata memoria, es hora de alzar la voz y de reivindicar los ideales de la Ilustración”
.

El escritor se detiene un momento, bebe un vaso de agua. No hay silencio porque los altavoces de la sala aún reproducen con profundidad su última palabra: “Ilustración”.

“La libertad, la justicia y la dignidad de los seres humanos cualesquiera que sea su origen, religión, cultura y etnia. Nuestro porvenir común va en ello”, proclama Goytisolo como si leyera un manifiesto.

Cabe preguntarse, por qué a España, siendo un país que ha contribuido a los procesos de reconciliación y paz de muchas otras naciones, especialmente en Latinoamérica durante las dos últimas décadas, le cuesta tanto reabrir las fosas de su propia memoria.

Goytisolo se refiere antes a dos ejemplos incontestables, citando a Arthur Koestler, autor de El Cero y el Infinito, y del Testamento Español. Dice:  “A finales de los años cincuenta, Koestler evocaba en un ensayo el silencio embarazoso de aquellos que se sentían culpables por acción u omisión de los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial y lo atribuía a una amnesia inducida pero necesaria para digerir el bochorno de lo acaecido. Citaba el ejemplo de Alemania respecto a la barbarie nazi, y a la Francia de Vichy y su colaboración voluntaria con los ocupantes y sus infames leyes antijudías. Y aunque hubo testimonios tempranos sobre las atrocidades cometidas en los campos de exterminio, la asunción de los mismos por quienes invocaban el deber de obediencia y por los testigos silenciosos de aquello llevó su tiempo”.

¿Qué tuvo que suceder entonces para que se enfrentara por fin esa memoria terrible?

Según Goytisolo, “sólo la emergencia posterior, en los años sesenta, de una generación ajena a los hechos, hizo que se conmutaran los hechos y la desmemoria programada no se transmutó en olvido. Infinidad de novelas, filmes y libros de Historia, afloraron a la conciencia cívica europea. A la mudez de quienes fueron testigos de las atrocidades hitlerianas y volvieron la vista para otro lado, sucedió la voluntad de sus hijos y nietos en conocer la verdad y reivindicar el honor y la dignidad de las víctimas.”

Pero en todo caso, se podría decir que la barbarie nazi se trataba de un extremo imposible de sostener con el silencio por mucho tiempo.

“¿Cómo es posible que el juicio de
crímenes como los de Pinochet,
hayan sido posibles en otros países,
pero no lo sean en España?”

Goytisolo afirma en cambio que “lo mismo ocurrió en la Unión Soviética tras la muerte de Stalin, en el breve paréntesis de Kruschev y sobre todo, con la apertura de Gorbachov”.

En España, la historia es distinta sin embargo.

“Es que después de treinta y cinco años de dictadura, la autodisolución de las Cortes franquistas y el proceso de reconciliación nacional que culminó con la transición y la revalidación de la Monarquía, instaurada por el caudillo” – recalca Goytisolo sin tapujos- “desembocaron en una Constitución de 1978 que puso fin, fuera de la intentona golpista de 1981, a la espiral de guerras civiles y levantamientos militares que forman parte de la historia española desde la invasión napoleónica y el reinado de Fernando VII. Pero esto se hizo a costa del bando legal, es decir, de los republicanos vencidos, mientras que los alzados contra el gobierno legítimo de 1936, apoyados no sólo por Mussolini y Hitler sino por la Iglesia Católica, con la digna excepción de algunos, como el obispo de Vitoria, que calificó el golpe militar de ‘cruzada’; enhestó en el frontispicio de sus templos a los ‘caídos por Dios y por España’ y beatificó, beatifica aún, a los sacerdotes asesinados en los primeros meses de la guerra. Mientras, los ‘rojos’ fusilados sin juicio alguno en cunetas y descampados y enterrados luego en fosas comunes siguen siendo objeto de un olvido impuesto y de un anonimato injusto y cruel para sus familias y allegados.”

Pero en España hubo una ley de Amnistía que se aprobó en 1977 que, en cierto modo, permitió ese olvido, con lo que el problema se complica.

Goytisolo apunta que esa ley “fue aprobada en consenso, con la participación de algunos franquistas que se autoindultaron con ella, y también con la del Partido Comunista recién legalizado. Es cierto que significó el punto final a la Guerra Civil y a la dictadura de Franco, con la voluntad de mirar al futuro y poner entre paréntesis los dolorosos recuerdos del pasado inmediato. Dicho consenso igualaba de hecho a las víctimas de ambos lados y mantuvo su vigencia durante dos décadas hasta que el cambio generacional, similar a los sucedidos en Alemania y Francia, y la consolidación de la Democracia en la Península, ha hecho que se ponga hoy en tela de juicio esa ley.”

Algunos creen que esa revisión del pasado es inútil porque trata de abrir heridas ya cicatrizadas. Pero Goytisolo contradice a quienes piensan de ese modo y que están detrás de lo que él califica como “una caza de brujas contra el juez Baltasar Garzón”, respondiéndoles con esta pregunta: “¿Cómo es posible entonces que el juicio de crímenes mucho más próximos en el tiempo como los que permitieron condenar al dictador chileno Augusto Pinochet y a los esbirros de la dictadura argentina, hayan sido posibles en esos dos países, pero no lo sean en España?”

El argumento consabido de que ambos bandos, en la guerra de España, perpetraron barbaridades que es inútil y contraproducente airear no convence a Goytisolo.

“Eso falsea la realidad y perpetua el doble rasero con que se tratan a las víctimas: unas enaltecidas durante décadas, y otras olvidadas en un limbo de fosas comunes. Pero sobre todo, lo que se persigue es encubrir la verdad de lo acaecido a partir del 18 de julio de 1936. Alguien tan poco sospechoso de extremismo y de propaganda interesada como el poeta Juan Ramón Jiménez escribió al respecto algo cuya claridad exime de cualquier comentario: ‘Los dos bandos han cometido atrocidades. Pero mientras las autoridades republicanas han tratado por todos los medios de impedirlas, del otro lado, las autoridades rebeldes las han alentado y hasta ordenado. Ésta es la diferencia.’

“Podemos hablar de idiomas ocupados
 como de países ocupados.
El creador debe actuar en el primer
 caso como el patriota en el segundo”

Goytisolo, sin embargo, fue educado en el Nacionalcatolicismo, como se llamó al sistema que propuso Franco matizando el de la Alemania nazi. ¿Qué papel jugó la Literatura en su formación?

“Cuando me liberé del nacionalcatolicismo, tuve la certeza de que la Literatura aspiraba por principio a crear un espacio de libertad y es ajena a sujetar voluntades de otros. La atmósfera intelectualoide que me rodeaba entonces escamoteaba la cara oculta de la Guerra Civil. Yo sentí que ese país no era el mío. Mi exilio voluntario y mi feliz aclimatación a él, me abrió los ojos a lo que significó la República y su sueño ahogado en sangre. La censura sufrida por los autores en esa España, con el agravante de que a los escritores catalanes se le ponía cortapisas a su propia lengua, me hizo ver que el levantamiento de Franco no había sido sino un episodio más de la lucha tradicional del Nacional Catolicismo en contra de las aspiraciones populares por un sistema más justo. Esto ha estado presente, disimulado tras varias cortinas de humo, en la historia de España desde, al menos, los tiempos de Felipe II cuando se estableció un cordón sanitario para evitar a los portadores de virus nocivos”.

La censura al propio idioma y la imposición del español llegaba a extremos ridículos como los de no permitir que los niños se bautizaran con nombres catalanes. A partir de la muerte de Franco, muchos fueron a cambiarse el nombre.  En  el caso de Goytisolo, recuerda que al recuperar la libertad de expresión, en 1977, escribí que podemos hablar de idiomas ocupados, como hablamos de países ocupados, y la actitud del creador en el primer caso debe ser del patriota en el segundo: la resistencia y rebeldía a los mitos y cárceles mentales que oprimen y esclavizan; la recuperación de vocablos prohibidos, críticas ahogadas, ideas proscritas, historias sepultadas y guardadas bajo siete llaves que se almacenaban en la mente y el corazón hasta asfixiarlas.”

“Todos somos gozosamente mestizos
y bastardos”

¿Pero se puede regular bajo leyes la memoria colectiva de un pueblo?

Goytisolo no está a favor de que se regule por preceptos ni normas la memoria individual o colectiva. “Pero no cabe duda”, matiza, “de que la ley de Memoria Histórica promulgada por el actual gobierno, ha abierto la posibilidad a las familias de las víctimas de los crímenes realizados por el bando vencedor de la contienda civil, de devolver la dignidad a los suyos y de identificar a millares y millares de cuerpos anónimos enterrados en fosas comunes. Este derecho a la Justicia no tiene fecha de caducidad. Y la iniciativa del hasta ahora juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, no incurre en prevaricación alguna”.

Goytisolo no sólo ha conocido y reflexionado sobre la revisión de la memoria histórica en España. Son memorables sus reportajes sobre conflictos en otros países. Por eso afirma que “la denuncia de asesinatos y genocidios como los que conocí en Bosnia, Argelia y Chechenia durante el pasado siglo, tiene validez universal y no caben argucias como las de los jueces del Tribunal Supremo admitiendo las querellas de Falange Española, entre otros. Todo ello indica que la transición política no fue acompañada de una transición cultural para el afianzamiento de la Democracia en España.”

Es curioso que personajes del franquismo adquiriesen después un papel preponderante tanto en la Política como en la Cultura.

“Lo advertí hace años:”, recuerda Goytisolo, “nuestros caciques culturales se pusieron al día, cambiaron de talante y modales; suprimieron los rasgos más llamativos y vulnerables de su anterior tesitura; manifestaron una inesperada vocación de aperturismo y diálogo y acogieron con la misma sonrisa inefable de antes a las ovejas descarriadas en sus programas y suplementos. Se mezclaron con unos jóvenes avispados y ansiosos y permanecieron incrustados en sus despachos y puestos, en una simbiosis en la que se manifestaban ahora como liberales y demócratas de toda la vida.”

¿Y si tuviéramos que buscar uno de los muchos textos con los que la Literatura de Goytisolo resume sus ideas sobre este proceso de revisión histórica, cuál elegiría él?

El autor se remonta al protagonista de su obra Señas de Identidad, “publicada en 1966, en México, no en España”, señala. Se trata de un monólogo en que dicho protagonista manifiesta su perplejidad por las explicaciones de los guías turísticos en el castillo de Montjuic, en Barcelona, que en otros tiempos sirvió de cárcel. Dice el personaje:

“Sin embargo, en este mismo ámbito de calcinada tierra, cielo remoto, imposibles pájaros, luz obsesiva, durante el reino de los veinticinco años de paz, reconocidos y celebrados hoy por todos los bien pensantes del mundo, hombres armados habían golpeado a compatriotas indefensos con látigos, fustas, bastones; se habían cebado en ellos con sus culatas, correas, botas, fusiles. Hombres cuyo único delito fue el de defender con las armas el gobierno legal, real, cumplir con su juramento de fidelidad a la República, proclamar el derecho a una existencia justa y noble, creer en el libre albedrío de la persona humana, escribir la palabra Libertad en tapias, cercados, aceras, muros.

Condenados a muerte, miraron por última vez el cielo, las nubes, los pájaros, todo aquello que de una u otra forma representaba para ellos la vida. Pasaron el duermevela agitado que precede a la ejecución. Escribieron su carta de adiós al padre, la madre, la mujer, la novia, los hijos. Comieron el último plato de lentejas. Bebieron ávidamente la última taza de café. Caminaron hacia el paredón vigilados, encuadrados, empujados, sostenidos por sus verdugos. Afrontaron los fusiles con serenidad, lloraron, solicitaron valientemente la venia de dar la orden de fuego, suplicaron vida salva, se reconciliaron con Dios, rechazaron los auxilios del cura, gritaron, rieron, aullaron, se mearon de miedo, cayeron tronchados por las balas, rindieron el último suspiro”.

Goytisolo también recuerda que nadie ha juzgado hasta la fecha las atrocidades encubiertas bajo acciones militares, sobre todo, cuando se trata de los bombardeos llevados a cabo contra población civil, como los realizados en Hiroshima y Nagasaki o como los mismos cometidos en España.

“Todo el mundo recuerda Guernica porque Picasso lo pintó. Pero nadie ha juzgado y muy pocos recuerdan el salvaje bombardeo contra objetivos civiles que ocurrió en Barcelona, perpetrado por la aviación italiana que apoyaba a Franco y el silencio cobarde de Francia e Inglaterra con su política de no intervención.”

Ese fue el bombardeo donde murió la madre de los Goytisolo junto a miles de víctimas.

“El 17 de marzo de 1938”, recuerda. “Esas atrocidades no se contemplan dentro de los genocidios ni de los crímenes contra la humanidad, objeto de la validez universal de la Justicia invocada por Garzón. El impacto de esta tragedia colectiva no afecta al juez del tribunal supremo, Luciano Varela, ni a sus amigos de la extrema derecha, pero sí a  millares de barceloneses y a sus deudos, entre los que yo me encuentro. Cerrar los ojos no es propio de un Estado de Derecho como el nuestro. Perpetúa el silencio y la amnesia, como primer paso que conduce inexorablemente al olvido. Lo que se ventila hoy en el poder judicial de España, es un episodio más de la lucha entre las víctimas y los responsables, que conlleva a lo que en Sarajevo denominé memoricidio. En 1939 en España, como en Bosnia medio siglo después, el bando vencedor realizó un auto de fe, con la quema de libros, documentos, bibliotecas que contenían ideas en contra de sus mitos y leyendas.”

Las palabras de Goytisolo son combativas. Es difícil asumir el tiempo que ha pasado desde la guerra civil en España si todavía se sigue debatiendo el derecho de los familiares de las víctimas a buscar a sus muertos.

“Bajar la guardia y rendirse”, insiste, “sería dar por buena la brutalidad de los alzados en contra de las aspiraciones y los ideales de la Segunda República española. La herencia cívica y ética de ésta no ha muerto. Sigue viva, y muy viva, en nuestros corazones y conciencias”

Intelectual de izquierdas, huérfano de la guerra, es difícil realizar más preguntas a Goytisolo sin intuir el tono de sus respuestas. Sin embargo, Goytisolo no quiere finalizar sin aclarar que, a pesar de hablar del tema de España, nunca se ha considerado un nacionalista.

“Nunca he representado a un ‘nosotros’. Recuerdo que en un coloquio, un poeta latinoamericano, decía: ‘Nosotros, los latinoamericanos’. Y yo le pregunté cómo podía hablar en nombre de trescientos millones de personas si yo apenas podía hablar en mi nombre. Mi trayectoria siempre ha sido la de sumar identidades y culturales. Gaudí decía que teníamos que sumar, nunca restar. Tener dos lenguas y culturas es mejor que tener una; tener tres mejor que dos. He tenido la curiosidad que tanto falta a la cultura española de los últimos siglos. Antes fue distinta. Por ejemplo, Las Mil y Una Noches fertilizó la literatura castellana. Una cultura es la suma de las influencias que ha recibido a lo largo de la Historia. No hay una esencia pura. Todos somos gozosamente mestizos y bastardos. Cuantos más influencias, mejor.”

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