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Politica, Elecciones y Celuloide: una mezcla explosiva

Los políticos han sido los villanos preferidos de Hollywood y otras cinematografías, especialmente desde aquella legendaria obra de Orson Welles, Ciudadano Kane, (que pudimos ver nuevamente en el reciente Festival de “Cine, Política y Democracia”), obra que reflejaba las ambiciones del magnate de la prensa William Randolph Hearst, un ambicioso político, inescrupuloso y manipulador, quien –en la vida real- fuera derrotado en varios intentos para aspirar a la alcaldía de la gran manzana y luego a la gobernación de Nueva York. En el filme, Welles se quedó corto en su trasfiguración de Hearst en Kane, pues el primero –además de manipular la opinión pública a través de la prensa para apoyar su candidatura- trató de iniciar una guerra en Cuba (muchos lo culpan del misterioso hundimiento del Maine en La Habana), creando así una crisis que estuviera acorde con la línea dura que él proponía. Incluso, Hearst se alegró cuando los nazis iniciaron la guerra en Europa ya que le daba oportunidad de tener titulares más impactantes en su prensa amarillista.

En la última posguerra, la carrera del que fuera gobernador del estado de Louisiana, Huey Long, fue primero objeto de una versión poco halagadora en el best-seller del laureado Penn Warren, All the King’s Men, y luego en la cinta homónima de Robert Rossen, que ganó el Oscar como mejor película de 1949. En la cinta -titulada aquí Decepción, quizás un título más apropiado- el actor Broderick Crawford interpreta a un aspirante a la gobernación que se gana la admiración de un periodista (John Ireland) por sus nobles ideales y actitud altruista, pero al llegar al poder se corrompe descaradamente, decepcionando así a sus seguidores, un desenlace típico de la mayoría de las carreras políticas.

Una década después, un alcalde que ejerció realmente su cargo en Boston, es representado por el gran actor Spencer Tracy, en la película La última aclamación (The last hurrah), del maestro John Ford, donde un veterano político busca su cuarta reelección utilizando todos los trucos electorales aprendidos en su larga carrera, sólo para perder finalmente la el aprecio de los suyos y morir en el intento. Para la misma época, un filme basado en una obra teatral del polémico Gore Vidal, El mejor hombre (The best man), enfrenta a dos grandes actores -Henry Fonda y Cliff Robertson- mostrando las triquiñuelas que usan para obtener el apoyo del presidente en funciones y así llegar a la primera magistratura. La falta de principios se evidencia al usar cualquier mancha en la vida personal del oponente para desacreditarlo antes de la convención del partido.

En 1968, el actor en ascenso Robert Redford, con su imagen de político no contaminado, interpreta a un joven aspirante a senador por California en El Candidato, de Michael Ritchie, y sus asesores utilizan todas las armas de la demagogia para llevarlo a la victoria, haciendo promesas atractivas pero irreales para realizarse. En el anticlímax del triunfo, el confundido candidato lanza esta interrogante angustiosa a su jefe de campaña: “¿Y ahora qué hacemos?”, una frase lapidaria que refleja la burda realidad que persigue a todos los políticos exitosos, o sea que ganar una elección es mucho más fácil que cumplir las promesas a la gente.

La vida imita al arte

Al volverse EE.UU. un país con responsabilidades globales, las campañas se volvieron más aguerridas y… engañosas. En Mentiras que matan (Wag the dog) del laureado director de The rain man, Barry Levinson, dos asesores electorales (Dustin Hoffman y Robert De Niro) ayudan a un presidente en campaña -y en problemas por un escándalo sexual- a fabricar una crisis internacional ficticia en los Balcanes para realzar su liderazgo antes de la campaña para su reelección. Curiosamente, la cinta, estrenada en 1996, fue premonitoria, pues ya se empezaba a conocer el escándalo de Clinton y Monica Lewinsky y, en plena campaña de la reelección del mandatario, el presidente se apresuró a ordenar un ataque misilístico contra Iraq, acorde con una táctica usada por muchos presidentes en funciones, muy dados a crear una amenaza bélica para aumentar su popularidad, ya que generalmente el electorado se cuadra detrás de su comandante durante una crisis. Un claro ejemplo de “la vida imitando al arte”, en lugar de suceder al revés.

En todas partes se cuecen habas

En otros ámbitos, las técnicas de mercadeo electoral norteamericanas se ponen en evidencia en el unitario televisivo The Yeltsin project, donde un equipo de asesores republicanos en materia electoral son contratados secretamente por la maquinaria de Yeltsin en la campaña para su reelección en 1996. Jeff Goldblum y Anthony LaPaglia son los intérpretes, ahora famosos por Parque Jurásico y la popular serie Without a trace, respectivamente. La cinta relata las peripecias de los asesores en Moscú mientras se involucran en la primera campaña a nivel nacional después de la desintegración de la URSS. Yeltsin es reelecto y muchos creen que el crédito lo tiene la experticia yanqui recibida, que aportó estrategias poco conocidas en un país que acababa de salir de una larga dictadura partidista.

La manipulación de unas elecciones es el tema de la valiente cinta brasileña Doce Poderes (1997),de Lucia Murat, donde una periodista enfrenta dilemas éticos al verse envuelta ingenuamente en un complot para favorecer a un candidato por medio de la tergiversación de la verdad en los medios. En cuestión de métodos inescrupulosos, no se puede dejar de mencionar el clásico filme de Costa-Gavras. Zeta, donde es evidente la intimidación hecha por el grupo gobernante, que utiliza la violencia como arma en la campaña electoral de un popular parlamentario opositor (Yves Montand, personificando al candidato griego Lambrakis). Zeta hizo historia por su dramática elocuencia y por crear un ambiente internacional que contribuyó al regreso a la democracia en la “Grecia de los coroneles”, a principios de los 70.

En Venezuela se han filmado muchas cintas que han criticado la actuación inescrupulosa de los funcionarios del gobierno. Un caso en cuestión es Cien años de perdón, donde miembros del estamento político ocultan un ‘guiso’ millonario en un banco que estaba siendo robado por un grupo liderado por Orlando Urdaneta. Incidentalmente, quizás debido a lo atractivo de un tema tan universal, fue la primera y única película venezolana que es transmitida cada cierto tiempo por la televisión satelital.

No hay duda que los políticos no son muy bien vistos por los guionistas del cine y la televisión, al utilizarlos casi siempre como los malos de la película, algo que refleja claramente el comportamiento frecuentemente poco ético de éstos en su vida pública. En este sentido el cine cumple un rol importante al señalar al electorado las fallas de los candidatos para que puedan decidir mejor a la hora de votar.

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