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Queda la música Un libro que hace amores a primera vista

Hace algunos meses, un domingo, el escritor dominicano René Rodríguez Soriano me dijo en el patio de una librería de Miami, donde presentó Queda la música, que había terminado algo así como una novela. Recuerdo que agregó que era corta y estaba construida de pequeños bloques subtitulados. Eso me alegró –mucho más después de los efectos espumosos de las dos primeras cervezas– porque desde hacía tiempo quería leer una novela como ésta que esta tarde (víspera de la fiesta de Belié Belcán) presento con cierto compadrazgo de padrino ante pila bautismal.

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Unas semanas después de mi primera conversación con René, me llegó una invitación para acompañarlo en su casa a la primera lectura pública de un fragmento de su libro. Aquella noche caía una lluvia ligera, pertinaz, acerada que me hizo perder el norte en aquel profundo sur miamense en donde ya un grupo de amigos aguardaba entre bebidas, música y algunos bocadillos.

Después del santo y seña en que se convierte todo saludo, de los formalismos de cómo te llamas y cómo estás (“Como si yo aún usara de eso”, dijo un poeta colombiano) y un recorrido semántico por términos que navegan sin patente de corsario por la cuenca del Caribe, la charla saltó del oriente cubano a La Habana, de San Juan a Caracas, de Barranquilla a Santo Domingo y cuando trepaba en el valle del Cibao a las nubes de ese cielo a ras que es Constanza, René bajó la música, bajó la musa, quedó con su música. Entre sus manos no pasaron las horas, sino un puñado de hojas dispuestas para la impresión de Queda la música y una carátula en ciernes con una bailarina que se asomaba a los rayones de la luna por una ventana coloreada.

En pocas palabras, era la novela, sí, pero en pantis…

Mientras René leía en una esquina de aquella sala apenas alumbrada con velas y un timbre de voz que el Brugal metía en clave y afinque, me pasó la imagen de la primera vez que lo escuche. Fue en la Casa de la Cultura DominicoAmericana, situada a medio paso de Biscayne Boulevar y el vuelo de las falenas de Miami. Creo que en aquella oportunidad él oficiaba de invitado designado o emergente, que llaman, ante la cancelación del escritor programado.

“Tiene talla de cuarto bate” –pensé. “Pero para disimular, vino con saco…”. Hasta que leyó un cuento con una carga poética de primer vate, que me hizo prescindir de su hoja de presentación y esos premios que siempre vienen colgados como perendengues de cometa de las solapas de los libros.

Después me aficioné a sus escritos en el portal Librusa, textos que él me hace llegar con su técnica de Sherezada tecnológica en donde un entusiasmo de líneas iniciales sólo se hace posible en extensión tras un doble clic señalado en letra cibercoloradas.

La primera lectura a viva voz de Queda la música, el abreboca que nos cerró la boca y nos encendió el apetito, terminó con un paso a manteles ante los matices (o matrices) de la gastronomía alquímica de Carmen quien sirvió en bandeja de plata un pescado que espejeaba como únicamente puede espejear un pescado en leche de coco ante un coro de amigos del escritor y un editor, que de baquiano, sólo conservaba una cara de director de orquesta.

Pocos días después, encontré en mi casilla de correo el libro con una dedicatoria escrita en nerudiana tinta verde. Y luego empezaron a llegarme los emilios de lo que René había denominado “su tour” por Canadá y ciudades de EU, que seguí con el mismo vivo interés de mis días de infancia cuando pegado a un radio Phillips escuchaba cada etapa de la Vuelta a Colombia.

Le escribí para decirle que su gira era como ese recorrido que hacen los cantantes y grupos de moda, de ciudad en ciudad, hasta terminar en la que viven, tal vez anunciados por un presentador que en el caso de un hombre de letras bien podría llamarse Avelino Plumón. Y él me respondió que esperaba que yo me hiciera cargo de “Queda la música” en Miami.

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Después que pasa el tiempo; que el recuerdo es inalterable sobre el mármol de los días pasados; que nostalgia y deseo se llaman hoja de vida, currículo o resumé; cuando los más optimistas del paseo suponen la existencia de un borrador de natas para la nada, queda la música. Y aún sin palabras, queda la música. Más allá de toda letra, más allá de las fronteras posibles de la voz, que es lo último que se pierde, después de después de la última página, queda la música. Y aun en el caso extremo de irse con la música para otra parte, o quizás a pesar de ello o por ello mismo, queda la música, queda la música, queda la música (bis)

Queda la música, ese es el nombre del poema largo o de la novela corta de René Rodríguez Soriano. Un título que ya antes había cantado Luis Eduardo Aute con insospechada complicidad. Un pretexto más, digo entre bambalina hojeando el libro. Pretexto de pretextos, todo es pretexto.

Se trata de un discurso narrativo-poético alrededor de los versos de cinco poetas: tres mexicanos (Efraín Huerta, Carlos Pellicer y José Emilio Pacheco), uno chileno (Pablo Neruda) y otro dominicano (Pastor de Moya), que el escritor requinta hasta su cuerda máxima, aunque en alguna parte diga qué tal si se tratara de la escritura a partir de una canción.

Y en ese contexto incluir como cuñas de un mismo palo a Gonzalo Rojas, el viejo Barthes, Margarita Duras, el triángulo Brik y dueto Galileo-Oresme, Bataille, Gabo, Cortázar, las películas Mararía y Cinema Paradiso, Yo Yo Ma y Boccherini, pero también Flora Purim, Anita Baker, la Tariácuri y sigue la comparsa…

Con los capítulos “Andar de mariposa”, Apunte a lápiz”, “La espuma es la paloma”, “Rumor de pájaros” y “Furia de buzo ciego” da paso a una suerte de pensamientos escritos a la manera de cartas amorosas y que como todo monólogo incluye la voz tácita del otro, en este caso recurre por un lado a una intimista Fermina, narradora de bachatosos anhelos y por el otro, a Florentino Ariza, receptor-lector-protagonista que va bailando por la vida.

Por encima de lo que se pudiera considerar una historia y su fabricación, está la escritura, la mano que se libera y que la libera de todas las tensiones tradicionales del contar y sus estereotipados manualitos. Esos dedos que sienten escurrir los días, que señalan, rascan, cuentan o tocan, son los mismos que ahora piensan, sueñan, inventan y celebran lo que emerge del centro del ser con total independencia. Los dedos-médiums del dictado de las burlonas y tramposas palabras que pulsan teclas.

En Queda la Música la historia nada fuera de la historia, circula por la periferia, transita más allá del fondo y el subfondo o se escucha con una lejanía de traspatio. Es el desplayarse suelto y loco al que podemos asomarnos en calidad de quien no ha sido invitado al baile, pero tampoco se le ha prohibido su entrada.

Su argumento dejaría a Perfidia (¡vaya apodo!), un muchacho del barrio en donde crecí en Barranquilla, sin su costumbre de volver a contar fotograma por fotograma la película que acabábamos de ver en El Delicias o en El Doña Maruja, en la función vespertina dominical de otros tiempos. “Contar, no cuenta nada”, dice en alguna parte Fermina.

O quizás si, agrupa un puñado de anotaciones sentimentales que esta mujer escribe al hombre que ama con el propósito de dejar en el papel todo lo que siente por él y que de alguna forma la inventan cuando expresa que “Soy más yo desde que me siento tú” o “Ya no soy yo, desde rato, desde que empecé a ser tú”. Es el otro que pasa a ser uno mismo o esa parte de uno que se busca en el otro, fundido en un “yo te cree”. Y luego, “escríbeme”, que es el nombrar y por ende, el poseer a través de esa representación que encierra.

El Florentino Ariza y la Fermina (sin apellido), que aparecen en Queda la música, homónimos bibliográficos de Florentino Ariza y Fermina Daza de “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, no son más que “dos máscaras perdidas en la noche” como apunta un tema del pintor-poeta-músico filipino-español Luis Eduardo Aute (que René menciona desde el mismo epígrafe inicial). Son seres sin rostro definido, ni peso ni estatura, de los que se sabe poco, pero tampoco interesa mucho. Ella es una escritora de mala muerte que como narradora se escribe, describe, rescribe e inscribe en un plano imaginario y desde la metáfora vivencial, su pensamiento corresponde a las etapas de un personaje de la novelista francesa Annie Ernaux; mientras que él, el fantasma que la habita, parece estar ligado al mundo de la locución.

Pero no sólo de anécdotas vive el hombre. Queda la música es un viaje al interior del tiempo y la distancia, en esa escala entre el día y el sueño de uso privativo de la orfandad de ciertos enamoramientos. Un libro sobre la soledad y la escritura como única aprehensión posible, como redención. Su protagonista narradora sólo sabe que está sola en medio de su soledad, escribiendo, que es como hablar solo. Un libro urdido para el placer de ese otro solitario que es el lector; un gozo para los gozones que no se conforman con los libros formalmente establecidos, sino que siguen emperrados en los modelos para armar y desarmar, con otras lecturas por ahí regadas, insertadas en los planes de fuga. Y que no prescinden del humor, por supuesto.

En últimas, siempre he pensado que cada libro trae sus lectores bajo el brazo. Queda la música no se escapará de este estribillo, encontrará muchos amigos en su camino porque tiene una virtud adicional: es un libro que hace amores a primera vista.

Septiembre de 2003

Miami Beach, Florida

Funte:LIBRUSA

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