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Queremos tanto a Susan

Debo confesarlo, me es imposible una opinión objetiva ―acabo de dar con un oxímoron― sobre Susan Sontag. Si me analizo con sinceridad creo que debería catalogarme como un “fan” de Susan. Si, hasta he llegado a tutearla y a decirle, con respetuoso cariño, Susanita. Debo advertir esto antes de proseguir.

Como sucede en muchas relaciones, todo comenzó con un rapport siempre inexplicable, una identificación, acaso un asombro, cuando, en el capítulo “Objetos melancólicos” de su maravilloso e inagotable libro “Sobre la fotografía”, me dice ―sí, me dice a mí, mirándome con esa eterna pose a tres cuartos, con los dedos entrelazados en su bello mechón blanco―, “en el fondo la cámara transforma a cualquiera en turista de la realidad de otras personas, y a la larga de la propia.”.

De allí en adelante todo fue pasión incontrolable, leer cada línea de cada libro y luego seguir leyendo entre líneas, aventurar a ratos un diálogo agradecido; porque agradecimiento es lo menos que cualquiera, que incluso no comparta mi amor por Susan, debería sentir por alguien que pensó tanto en voz alta, sin miedo a lucir precipitada, subjetiva, contradictoria; con el propósito, no me queda la menor duda, de que esa chispa corriera veloz por el rastro de pólvora de nuestras propias ideas.

 

¿Hay otro camino, distinto al del amor, para aproximarnos con la intensidad necesaria a las cosas que realmente importan?, Susan y yo opinamos que no, aunque ella lo explica con mayor claridad en “Un siglo de cine”, cuando afirma, con esa mezcla movilizadora de sentencia y duda, que “Si la cinefilia ha muerto, el cine, por tanto, ha muerto… no importa cuántas películas, por muy buenas que sean, se sigan haciendo. Si el cine puede resucitar, será únicamente gracias al nacimiento de un género de amor por él”.

Leer y pensar, esas lecturas dirigidas de Welles, Wilde, Ionesco, Platón, Rulfo, Weil, Borges, Sartre, han sido trochas salvadoras en esas selvas del pensamiento. ¿Cómo hubiéramos podido avanzar por entre el frondoso ramaje de Ionesco, evitando la tentación del retorno, hasta encontrar en el fondo de un parlamento ese lugar común olvidado? “Una obra de arte, en realidad, es, sobre todo, una aventura de la mente”. Esa aventura es, como la obra de Susan, un itinerario lleno de señales equívocas, mapas confusos, pistas falsas. Un recorrido en el que el abandono es la única estrategia posible, y cualquier intento de avanzar en línea recta está condenado al abismo.

Extiendo sobre mi escritorio los libros y fotos de Susan, abro cada libro en una página cualquiera, decidida por el azar y la costumbre del ablandado lomo. Al este de la mesa, en “Algunos Mapplethorpes”, nos cuenta acerca de la mirada fotográfica, reflexionando luego de una larga sesión de retratos, que “la mirada del fotógrafo es el acto de mirar en estado puro; mientras me mira, desea aquello que yo no soy, mi imagen”. Volteamos a la izquierda y, casi como respuesta del oráculo ante la actual desesperanza, en un ensayo sobre Simone Weil, cierra un párrafo con esta propuesta: “Una idea que suponga distorsión puede tener un empuje intelectual superior al de la verdad; puede servir mejor a las necesidades del espíritu, que varían. La verdad es equilibrio, pero quizá lo opuesto a la verdad, el desequilibrio, no sea mentira”.

Más allá, al norte de la mesa, el extenso subrayado sobre “El heroísmo de la visión” apenas nos permite seguir leyendo lo que reconocemos, en retrospectiva, como un epígrafe olvidado, “Aun el fotoperiodismo más compasivo sufre presiones para satisfacer simultáneamente dos tipos de expectativas, las que nacen de una manera más bien surrealista de mirar todas las fotografías, y las creadas por nuestra convicción de que algunas fotografías ofrecen información real e importante acerca del mundo”. Al sur brilla una sentencia, nuevamente rodeada de una duda interpeladora, que queremos oír como un “¿y tú qué opinas?”, en ese soberbio ensayo “La conciencia de las palabras”, en donde la verdad y la justicia son colocadas en el ruedo, ya que, como muchos de nosotros, Susan está “obsesionada con el conflicto de los derechos y de los valores que aprecio” y es que “muchos de los escritores más notables del siglo XX, en su actividad de voces públicas, fueron cómplices en la ocultación de la verdad para promover lo que consideraban (y eran, en muchos casos) causas justas”, allí, el espacio entre una línea y otra es suficiente para que brote la semilla de la interpelación, para que se asome una reflexión, para que corran por nuestros párpados imágenes, artículos, opiniones, para que sintamos la necesidad de tomar posición, para que lleguemos, casi con certeza, a la misma orilla con la que comienza el siguiente párrafo: “Me parece que si tengo que elegir entre la verdad y la justicia ―por supuesto, no quiero elegir― elijo la verdad”.

¡Cuántos retratos Susan!, acaso ninguno tan bello como ese de 1972, en París, que te hiciera Cartier-Bresson. Pero es el más bello porque los otros existen para constatarlo. Falta el mío, claro está, ese que he intentado a partir de cada una de estas imágenes. El intento no tiene porque cesar, tu muerte es sólo una circunstancia menor, la fotografía, ya lo hemos discutido bastante, es “una forma de mirar” y “no hay fotografía definitiva”. Tú serás siempre otra y yo seré siempre otro. El devenir no se detiene en ninguno de nosotros.

 

 

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