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Recorrido por la literatura

 La literatura nace con lo humano; lo maravilloso rondando el tránsito de la especie le llega y va consigo. Pero será con la palabra que transciende, la que le da vida definitiva. Sin la palabra articulada, significante y  significado, existiría verdaderamente el vacío; desconocer esto sólo puede calificarse de una metafísica como explicación: simple evasión. En un primer tiempo fue el movimiento incesante. La palabra fue adquisición tardía y la escritura como su derivación aparece mucho más lejos.

Si lo mágico-religioso dominó el mundo del humano en sus primeros recorridos; también ese lenguaje que envolvió sus creencias, ideologías e intentos de fabular y filosofar, estuvieron impregnados de belleza hasta llegar a la palabra aprehensada en la escritura.

La literatura como el arte de depurar la palabra, no ha tenido más libertad que en ese contexto; donde el gurú, el trovador, el bardo y hasta el filósofo, discurrían de manera amena en dialogo con el clan en la comarca y la plaza. No hay diferencia alguna en el deleite literario, cuando el sacerdote oficiaba su ritual de depuración con mágicas palabras; tratando de espantar a los espíritus malignos; el trovador en furia amorosa declamando en la noche triste a su amada; o bien las enseñanzas filosóficas aflorando en lacónicas sentencias en el foro romano.

La relación de la literatura con la religión en sus diversas vertientes siempre se ha fundido. ¿Cómo negar la belleza de los textos religiosos, tanto en los Vedas, el Popol Voh y la Biblia? La literatura siempre nutriéndose de lo mágico; y si la religión no es más que encantamiento ante la finitud con la muerte, la fusión sólo engendró, como era de esperar, mundos de ensueños bien tamizados con la palabra.

El maridaje entre literatura y religión- el cual parecía eterno- con el correr del tiempo daría paso a la diferenciación en la integración.

Así como la filosofía al final dejó el convento y tomó perfil propio; la creación literaria tomaría nuevos ribetes ante el vasallaje de la guerra y el héroe- despuntado cual Dios Terreno- aclamado y querido por el grupo, la comarca y el pueblo en su acepción toda. Nace de esa moda la epopeya: El canto glorioso al hombre de las armas.

Aquí se rompe otro mito: El mundo literario jamás ha estado lejos de lo terreno. El canto poético al poder- hasta el punto de crear un género literario- demuestra que la literatura sirve para todo: para el bien y el mal. La guerra pareció romper con los Dioses; los cuales desde sus oráculos alimentaban el misterio, lo inescrutable y lo envolvían todo con palabras del más allá. El canto de la epopeya hizo alarde de resistencia; lo que explica aún la permanencia clásica de obras como la Ilíada, de Homero, en el subconsciente colectivo occidental. Al imperio de la religión con sus oráculos, especie de poesía del misterio; el canto de la epopeya sería asumido luego por el drama. La dramaturgia tomaría las riendas por muchos siglos. Desde Sófocles en la antigua Grecia hasta un Lope de la Vega en España, lo literario estuvo asociado a las tablas, a la escena.

Es interesante acotar la casi ignorancia que se tuvo en Occidente de la literatura religiosa del mundo oriental y amerindio: ello hizo que, por muchos siglos, las letras y el humanismo estuvieran presos sin atisbo de salida. La caída del imperio romano trajo una relación de pueblos, la larga creación de las nacionalidades y la delimitación de lo propio; en tanto eso sucedía, la inquisición pretendió pulverizar lo casi único que quedaba de lo mágico: Las brujas y aquellos que transgredían las reglas del orden. No es gratuito que el renacer de lo literario después de la edad media- interregno dominado por la iglesia católica con el Renacimiento- las letras, la pintura, el arte y el humanismo, se expresaron de nuevo.

En el caso de España, la madre patria sin quererlo irrumpe en ese proceso renacentista con escritores al estilo de Fray Luís de León (1527-1591), Gracían, Lope de Vega (1562-1635), Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581-1639), Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) y Sor Juan Inés de la Cruz (1651-1695)  . Esa pléyade de las letras- que bien se puede denominar los dos siglos de oro de la literatura española- tiene su resumen magistral en Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616).

Así la literatura se va configurando en el tiempo. El período de la ilustración lleva el arte de la escritura a su cumbre junto a la masificación del libro a través de la imprenta; que dieron base para popularizar en cierta medida lo literario. Entre el culto a la razón, la pérdida progresiva de una cultura religiosa y el capital internacionalizándose; así se va recreando el género de la novela, que tendrá en Honorato de Balzac (1799-1850) uno de sus mejores representantes.

A una sociedad centrada en el dinero, los negocios y la moda como cliché, el hartazgo de su opulencia debía buscar consuelo en el refugio. Momento propicio para escarbar en las categorías del inconsciente y subconsciente, diseccionado por Sigmund Freud. Desde el surrealismo se comienza en serio a nadar en el mundo de lo profundo humano; sin desconocer que ya, desde la vertiente literaria con la Comedia Humana, de Balzac, se da inicio a la novela que nada en la psicología de los personajes.

Surrealismo, existencialismo y demás derivaciones plantean desde lo literario la explicación del drama humano, desde los sueños, perversidades y nauseas; de ese modo se esfuman más de 50 años siglo del xx con Bertolt Brecht (1898-1956) y Jean Paúl Sartre (1905-?) en la cúspide, hasta encontrar su otro vacío en la ideología de la literatura comprometida liderada por el sueño socialista ruso.

El sueño de Edén en la tierra- versión moderna de la Utopía de Tomas

Moro- impone, en el bloque socialista liderado por la Unión Soviética, el realismo socialista en el campo del arte y la literatura. El resumen de esta ideología literatura (haciendo una traslación de la categoría de la plusvalía económica a una plusvalía ideológica) planteaba que todo proceso en sociedad era un engendro de los valores y comportamientos de la clase dominante; por lo tanto, la sociedad a crear debía renacer de cero en sus fundamentos económico, filosófico e incluso estético-literario. Se trató de echar por la borda la grandeza literaria de los tiempos en pro del paraíso proletario, el cual devendría en la dictadura de una casta conformada por el partido, el ejército, la burocracia y los intelectuales, afectos al sistema.

Mientras la decrepitud en lo literario se acentuaba con una que otra voz divergente; en la tierra de fuego se dispara en los años 70 el llamado Boom Literario. Escritores de la talla de Gabriel G. Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Vargas Llosa y otros lideran este proceso. Entre una literaria exploradora de lo mágico en tanto realidad cotidiana; una especie de renacer de lo exótico para el mundo europeo, cual le sucedió a éste con el encuentro con el oriente; se presencia en estos tiempos postmodernos un decaimiento de lo literario y la emersión de otras inquietudes en los pocos lectores de una sociedad que trata de ser global mediante el cable, el video y el Internet.

Si en un principio la imagen no vista, llámese Dios, impregnaba la creación de poetas, escritores y amantes de la palabra; en la actualidad, la imagen deja mudo al escultor de la palabra. Se sigue escribiendo y de seguro por siempre; más se nota una especie de muerte de lo literario. El Quijote de Cervantes yace sepulto y en su altar se coloca a Paolo Coelho con su Alquimista. No existe referencia alguna en la cual aferrarse para la creación literaria; y esto, que podría catalogarse como una fatalidad para quienes siempre han vivido de capillas e iglesias literarias; se convierte en cantera para los oficiantes de escritores.

La literatura no es convidada a estos tiempos posmodernos, mas su presencia se impone sin quererlo. El hartazgo de la imagen y la seudo literatura- que ronda en las librerías y en los medios de comunicación masiva- le abren camino sin quererlo y sólo esos escritores- bien poetas, dramaturgos, talladores y amantes de la palabra- tienen el deber ético de escribir para realzar a través de las imágenes literarias la fina prosa, la contundencia del argumento, la historia bien desarrollada y el deleite orgásmico en el lector.

He allí el reto de volver a encantar a ese ser anónimo, que por cualquier motivo  se fija en una hoja impresa de caracteres llamada palabra, y que en un todo respira belleza- como debe ser siempre la literatura- para convertirse desde ese instante en un cómplice, igual que nosotros, de ella y sus escritores.

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