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Reverón la película

n uno de los videos que nutren la página de Reverón, la más reciente película de Diego Rísquez Reverón la pelicula http://www.reveronlapelicula.com/
Luigi Sciamanna comenta:«El gran director y teórico del teatro Jerzy Grotowski decía que la obra de teatro no termina cuando se cierra el telón, sino que la obra termina en la casa de cada espectador, en la medida que este espectador permanece conectado con la obra, pensando en ella». Sciamanna trae esta cita para referirse a su propia metabolización de la experiencia de haber sido Armando Reverón: el actor parafrasea a Grotowski relatando al público que ya finalizada la película y a días de su estreno, algo en él aún se deja transformar por el Reverón que, desde la primera toma, vemos latir y batirse, envejecer y vibrar, crear, delirar y existir en la sangre de Sciamanna. 

Su actuación es tan colosal que hubiera podido ocasionar una catástrofe. Pero él no estaba solo y todo cuanto le sostiene y le rodea juega con él en sus alturas. Sheila Monterola (Juanita, la musa, la modelo, el lienzo en blanco, la compañera) cautiva con su gracia, con su respuesta orgánica a todo lo que la película le va pidiendo. El contrapunteo entre ella y la casa, ella y el paisaje, ella y su Armando, balancea todos los bienes que la obra va acumulando y disponiendo en su dinámica. Juanita, Sheila, va convirtiendo a la película en su casa. Y ella es, progresivamente y hasta la plenitud, la mujer de esa casa. La que armoniza y compensa, la que juega con los pesos y las tensiones hasta asegurar ese equilibrio donde todo, empezando por el delirio, cobra derechos y espacios de libertad. 

En el guión de Armando Coll (que cuenta con la participación de Sciamanna y de Rísquez) ocurre una doble ofrenda: lo primero, lo inmediato, es el hallazgo (en el habla) de la Venezuela de la primera mitad del siglo XX. Sus usos, la palabra pura, puntual y genuina, sin empaque y sin barniz, de un país oral que sólo conocimos en el eco de abuelos y bisabuelos, o por escasos vestigios verbales que sobreviven en la memoria auditiva. En los instantes más íntimos de la película la palabra se repliega, cierra la puerta a lo público y se encuentra con su soledad para nacer de otra forma y producir otros destellos. El íntimo delirio del monólogo frente al espejo, es algo que nunca podrá olvidarse. 

La otra ofrenda, no menos espléndida, que entrega la película a través de su guión, es la del silencio. En el film, como en la escritura narrativa de Armando Coll, el silencio se instala y se expande en un espacio de fuerza, creando en secreto un campo propio, magnético y poderoso. 

Como en los relatos de este autor, aquí lo que no se dice, lo que no sucede, lo que no se explica, se convierte en un afluente secreto que nutre al relato explícito. La palabra expuesta queda así siempre en deuda con el misterio y siempre en diálogo con un mundo tácito que permanece en vela. 

Como en la música, en la escritura de este autor el silencio reconoce su lugar y allí se instala. Diego Rísquez pareciera, entonces, recoger estos silencios y entregarlos a la película como si emulara la pintura de Reverón, asimilando esos silencios a los fragmentos de lienzo virgen que el artista trastocaba de fondo en forma. 

Dionisíaca. Si se propone el juego de elegir una sola palabra para describir Reverón, ésa sería la nuestra: Dionisíaca. Porque es una ofrenda a esa divinidad. Porque es en ese dios donde confluyen las riquezas de esta obra: goce, delirio, creación, trance, furia vital, celebración de lo sagrado, desenfreno, éxtasis y muerte. Varias son las referencias explícitas que hace la película al dios de la vid: la tauromaquia, los disfraces, la máscara, el rito teatral, la embriaguez creativa, la locura vital. Y sus uveros, azules, enraizados en la arena de Macuto, colmados de uvas de mar. 

Reverón, la película, nos regaló lo imposible: conocer al genio en vida, saborear su acento de venezolano de mediados del siglo XX, oler sus espacios, atisbar junto a él los espectros de sus espejos. 

Mecernos en su columpio, sobresaltarnos por su furia, dormitar en su hamaca a la orilla de la playa. 

Si nos detuvimos en la reflexión de Luigi Sciamanna y en su referencia a Grotowski, es porque pasan los días y Reverón sigue ardiendo, viva, creciendo adentro, encendida como una llama de euforia que celebra alguna resurrección. Pasan los días y perdura un estado de embriaguez interior, embriaguez de belleza, de erotismo. Embriaguez, también, de luz. De varias luces: la luz pictórica de Armando Reverón que Rísquez busca, encuentra, internaliza y devuelve (¿quién, más que él, estaba llamado a hacer Reverón?) y la luz psíquica, vital, que la película va acopiando mientras recorre oscuridades en ese inframundo renovador, creativo, impulsor, a donde la película nos lleva de la mano sin abandonarnos nunca. 

Si fuera cierta la enseñanza de Cioran, quien asegura que el genio no puede ser comprendido, habría que decir entonces que Diego Rísquez llegó lo más lejos que puede llegarse en la distancia que nos separa de los genios: la comunión, la fusión religiosa, la participación mística donde la razón no juega papel alguno porque es la emoción quien crea y dispone. Y comprende al genio. 

Dionisio (de madre mortal y concebido en una de tantas infidelidades de Zeus) es el único que siendo dios tuvo que bregar su entrada al Olimpo. Logró sentarse a la mesa de los dioses y a la derecha de su padre gracias al vino con el que fue cautivando a todos sus oponentes. Lo mismo que el dios de la vid, esta película conseguirá el lugar que merece porque supo transformar la historia en imaginación, consagrarla en un rito de fervor y repartirla en abundancia, a borbotones, entre quienes han tenido la fortuna de asistir a este bautismo de aguardiente y de luz.

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