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Rolando Peña El petróleo soy yo- Barril sin fondo

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Energía que mueve al mundo, tiene quien le rinda culto con fanatismo a tiempo completo y de negro cerrado. Bendición que brota de la tierra -«jamás creeré que es el excremento del diablo, !por dios!»-, materia prima para el debate ecológico per se, combustión que aceita guerras y sustenta la comidilla política en medio mundo, el petróleo tiene quien lo considere fuente no sólo de riqueza sino de inspiración, estímulo para los sentidos y motivación para los más elevados pensamientos..

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Sin ánimos de desmerecer a Juan Pablo Pérez Alfonzo, creador de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, o de rivalizar en protagonismo con Juan Fernández, ex presidente de Petróleos de Venezuela, ahora de brazos caídos, un artista venezolano se toma como capitalizador de todo lo que atañe al asunto y sus circunstancias, como dueño y señor de la espesura de los subsuelos. «Sin exagerar, y acaso los artistas pecamos de exagerados, yo digo: el petróleo soy yo.. Lo asumí como mío, es mi musa y mi cédula, nada de lo que atañe a este mítico generador de poder me es ajeno, ni la reciente guerra contra Irak ni los sucesos más recientes de mi país, esos… menos que ninguno», se define Rolando Peña; y según la crítica, así consta en acta.Y también, que en consecuencia, actúa. Con semejante investidura y persuadido del compromiso que de ello deriva, se entiende entonces, pues, que Rolando Peña, a quien Andy Warhol le diera algo más que quince minutos de fama al bautizarlo como el príncipe negro -viste con el color de los existencialistas desde los 16 y nada de mudas hasta el sol de hoy, cuando sobrevuela los sesenta-, en crudo, haya vuelto a las andadas, a encender la mecha.

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A modo de aval, da un muestrario de su pasado versátil, que da cuenta de su vocación por la palestra pública. Cuando imberbe se va de casa en pos de la quimera neoyorquina, trabaja como mesero en la gran manzana -!junto con Al Pacino y Robert De Niro!-, hace cine, teatro y danza, monta happenings como arroz, realiza entrevistas, cámaras de video en mano, y y y marcha, corre y se encarama sensibilizado por todo aquello que merezca ser objeto de las más militantes y certeras pedradas, Peña es.

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O sea que, así como cree en la veta inagotable de su derrotero creativo, más que monotemático, original -“ensayos sobre el petróleo abarrotan las librerías pero soy yo quien acapara el tema en los museos”-, el petróleo, su modus vivendi, es su caleidoscopio, su punto de mira, y la tarima desde la cual cuece situaciones inflamables.

Protagonista de un largometraje de acción -su propia vida-, que incluye romances varios, relaciones con medio mundo -“sólo eso llenarías tus apuntes”, confía sin pizca de modestia y comienza a rememorar nombres, Allen Ginsberg, Marcel Duchamp…-, celebérrimas exposiciones, premios y reseñas entusiastas, y un nada desdeñable millaje de viajes, cada episodio de la película ha sido salpicado con una buena dosis de militancia política, que ahora supera al corset de las tendencias -izquierda o derecha-, para ubicarse en el terreno civilizado del término medio, del término justo, pero no por ello moderado.

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Rolando Peña, sin descuidar su presencia en aforos y bienales como artista, no pierde oportunidad para pontificar -o propiciar estallidos emocionales-, ya en París donde reside, ya en Italia a donde es invitado, sobre lo que en política más le exaspera: los yerros del chavismo, que no son pocos. Y que incluyen, claro, la escabrosa historia del desmantelamiento de PDVSA, su alter ego. No tiene, pues, un minuto libre.

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Pensar y pensar en la simetría y las antinomias se tradujo en la realización de un montaje gigantesco y multimedia, y sobre todo sesudísimo, El barril de dios que amalgamó lo virtual y lo real, la unidad y la diversidad, el negro y el oro. Se compone la instalación, con la que aún da vueltas por medio planeta, de imágines digitales, un video que se repite obsesivamente en una pared, y una veintena de barriles colgados del techo rebotando ad infinitum contra un muestrario de espejos plásticos con destellos de fibra óptica, todo aderezado con música de fondo que parece compuesta en otra galaxia pero es, ciertamente, de su autoría.

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Pues que mientras ha llevado este rimero de objetos y sensaciones, que son y no, por varios escenarios de Europa, a saber, España, cuando participa en el Segundo Festival Internacional de Arte contemporáneo de Valencia, celebrado en el Museo de la Moderdidad y la Ilustración, y a Salamanca, en el espacio de Arte Contemporáneo El Gallo; en Inglaterra, mientras forma parte del variopinto catálogo de la London Bienal 2002, en el Bolivar Hall, de Londres; y en Italia, cuando capta la atención de los florentinos en la Pinacoteca Museo Amadeo Modigliani de Follonica, y semanas después, cuando sus contenedores de ilusión -los barriles- atraen al público al Instituto Italo-Latinoamericano de Roma, que mira absorto aquella suerte de naves espaciales flotando ingrávidas, Rolando Peña, afanado y con la agenda hasta el tope, salta de lo metafísico a lo terreno y se las ingenia para hacer un performance explosivo, sin descuidar, claro, la invitación que acaba de formularle la galería White Elephant -el 25 de septiembre próximo es el vernisage- para montar su ya viajero Barril de dios en Montmartre: provocando asombros y susto, quema un barril, como barricada, y dice “no más sangre por el petróleo”, a propósito de la guerra, de todas las guerras, grandes e íntimas. Con exacta energía residual, recrea una obra que habla por sí sola: la bandera patria sin color, sin amarillo, azul ni rojo -claro, y Miranda estaría conforme- de luto puro pues, en grisis y con gotas de lágrimas o de sangre de petróleo, y una flor bajo las siete estrellas. Bandera que ondeó con sinuosa provocación en la Bienal de Venecia.

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Después de armar suficiente jaleo, la bandera contestataria que sirvió de marco a la protesta contra la censura ejercida contra Pedro Morales, el artista cuya obra censuró el gobierno bolivariano después de que un comité lo había seleccionado para que representara al país en la Bienal de Venecia, fue mandada a quitar de la entrada del pabellón venezolano.. “El 11 de junio, y luego de entrar a la bienal con mi carnet de prensa internacional, fui de inmediato al pabellón de Venezuela y llamé la atención de los presentes sobre la injusticia cometida y sobre la importancia de la solidaridad al respecto. Hubo mucha resonancia, mucha consternación. Pegué la bandera que ahora quitaron cobardemente. Y repartí copias en papel, unas dos mil volantes”, relata Peña vía telefónica. “Yoko Ono y personas amigas del arte se unieron a mí, estaban boquiabiertas y también conmovidas”.

Ah, pero esto no es todo. Rolando Peña trabaja ahora en lo que cree será una bomba. Se trata de una gran instalación multimedia interactiva sobre el tema de la Materia Oscura, “DARK MATTER”,en colaboración con el Centro de Astrofísica de París y Claudio Mendoza. Esta pieza va a crear mucha controversia ya que es una de las principales interrogantes de la astrofísica actual.

O sea, Rolando Peña no interrumpe sus exploraciones, vive de sus exportaciones, provoca las explosiones. De rabia. De sentimientos. De aplausos

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