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Salamanca: más que un dorado cielo.

Joven, en esa edad en que los sueños revuelven a los hombres que van siendo, Pérez Alencart toma una de las más fáciles y difíciles decisiones de su precoz mocedad, dejar atrás lo amado y lo vivido a fin de iniciar – lejos de su selva, de su puerto y de su río, de sus familiares y amigos – nuevas querencias e inéditas experiencias.

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El poeta en ciernes, el doctor en proceso, el promotor cultural en gestación, se asombra ahora, esta vez, ante la ancestral magnificencia de una ciudad dorada que hace sucumbir de pasmo y admiración a quienes la perciben con la piel y la recorren con la emoción. No puede el bisoño Pérez Alencart ocultar su sorpresa, su asombro originario que transformará luego en motivo lírico, en versos citadinos que irán más allá del cielo salmantino y de los monumentos de la vieja ciudad castellana para convertirse en genuino y sentido homenaje a su historia, sus piedras y sus gentes.

Años después, libros después, versos después, en plena madurez vital y creadora, el escritor confiesa su holista embelesamiento, su integral hechizo ante tanta belleza alumbradora: “También se ama las piedras que están como vivas, / modelando inocente canción medieval, albergando / labios y cinturas al borde de noches que alientan bienvenidas / para la consumación de los sueños. / También se ama a las ruinas que no pueden escapar / de los golpes del mundo incansablemente áspero / pero con lágrimas posibles y belleza alumbradora / acosando con su lengua las ruinas que lo salpican. / También se aman modelos que entregan sus fulgores / en finos atavíos redentores de visión inagotable.”

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Totalmente enhechizado,

carente de voluntad, atónito, estupefacto y boquiabierto ante la imponente majestad de Salamanca, el poeta confiesa: “Abro los ojos / y desamarro los límites / a dos mundos que comienzan / en el lugar exacto de la ausencia. / No sé si todo es adiós / o si las capas de luz y de sombra / fraccionan el horizonte ubicuo. / Pero esta vez me corresponde aprender. / (…) Abro los ojos para trazar el itinerario / que alimenta el corazón. / Aquí encontré un último rincón / donde me he demorado / tramitando el estatuto de las germinaciones…”

Aprendizaje no exento de dudas y vacilaciones, de momentos de flaqueza y tentativas de renuncia, es el que le corresponde realizar arduamente al poeta, quien no se amedrenta ante la magnitud del reto de construir otro mundo en un reino que no ha sido el suyo y que terminará por serlo. En poema dedicado a su hijo José Alfredo, a su orgulloso legado sanguíneo en tierra salmantina, el escritor rememora, argumenta y concluye:

“Y es que todo fulgor necesita de un cielo inextinguible / y de una voz de fondo que le vaya dictando / los perfiles de la ciudad unida a su destino (…) Entonces, / como un aprendiz de perspicaz entendimiento, / abro los ojos para redactar los fundamentos / concernientes a la vida y a las moradas de luz / de un territorio íntimo de la vieja Castilla. / Después, cuando ya sólo sea huesos o ceniza, / puede que este legajo de palabras fieles / me siga religando con la visión de lo querido.”

Ya en plena posesión de su nuevo entorno castellano, convertido, por efecto de la constancia y del entusiasmo, en un salmantino por convicción y no por adopción, el poeta se dedica a glorificar a la ciudad y sus alrededores, a demostrar su afecto a las nuevas querencias logradas en tierras ibéricas y, en especial, su gratitud a aquellos desprendidos samaritanos que le tendieron una mano solidaria. El poeta, agradecido y sin empachos, así lo declara:

“Yo estaba allí, / en ese allí deslizado hacia el vacío / y el yo habitado por doloridos adioses / de mi patria. / Sin embargo, no faltaron apoyos felices / y un horizonte para siempre. / En Salamanca el pan y la palabra amistad / llegaron juntas, atentas al joven / sin vituallas.”

Transmutado en pastor físico y espiritual de los innumerables y variados peregrinos que acuden a Salamanca para beber de su ancestral sabiduría y recibir el óbolo de su inextinguible brillo, Pérez Alencart realiza su santo oficio ambivalentemente, generoso y pichirre, munífico y avaro, espléndido y tacaño, dadivoso y amarrete:

“Con los ojos del amor / y la voz purificada por el tiempo. / Así la entrega de los dones, / el alcance de la ciudad que / – como guía – / ofrezco a los visitantes. / Pero siempre oculto algún tesoro. / No quiero que manchen nuestra mesa / al servirse a manos llenas.”

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La ciudad, sus iglesias, sus torres, sus calles, su Plaza Mayor, su cielo, sus monumentos, conventos, calles, palacios y casonas ocupan la atención de nuestro escritor. Dejemos que Pérez Alencart nos conduzca de nuevo, esta vez, por la ciudad dorada que le brindó física y espiritual posada. Acompañado de sus versos nos introducirá el día de hoy en el brillo y en la oscuridad, en el fulgor y en las negruras, en la luz y en las sombras de esta ciudad sin tiempo que es ella, la que siempre ha sido, y la otra, aquella que se renueva cotidianamente cuando es recorrida con los ojos de la fogosidad y la exaltación, tal como lo hace nuestro poeta, para ofrendarle a Salamanca una fidelidad que sólo otorgaban las ancestrales tejedoras de Ítaca:

“VOY a conducirles a lugares donde se pierde la luz del día, donde una antorcha alumbra el paso de quien busca penetrar en túneles de verdusca soledad. Bajo superficie adorable, la ciudad oculta pasadizos de evasión y terribles secretos de fe. Fuerzo los tabiques que separan estas regiones de penumbras y entro al tajo que comunica San Esteban con las Dueñas y el sótano de Clerecía. Algo me dice que voy pisando vestigios de amores enterrados por el olvido. También percibo huellas de voraz Inquisición. Pero no juzgo ahora, sometido al aletazo de la fábula y a la fuerza cierta del susto a dos manos. Cada historia tiene su marejada de fantasmas; cada sensación trajina por el pecho a temperatura diferente. En las entrañas de la ciudad hay un reguero de caminos, unos polvorientos y otros para ser visitados en barca. Vengan compañeros.”

Vayamos entonces.

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Salamanca:“No serás sino aquel hombre que celebre su ciudad / a cada instante, en todo campanario o torre / profanadora de los vientos. / No habrá fatigas. Ningún demiurgo / dictará qué tejados y qué terrazas / formarán parte de tus recuerdos. No descubrirás otro cielo como éste, propicio para las apariciones / de cuencos de luz y de escarcha (…) No podrás irte de ella / pues su sombra estará dispuesta a amanecer / en las cornisas de cualquier ciudad extraña / hasta saturar tu memoria con el fuego de tu nombre.”
Otra vez Salamanca: “Ciudad irrechazable, me vienes cual sucesión de desnudeces, / sólo altar, sólo / linaje de todas las edades. / A ti ato mi memoria, / Salamanca, / cálido refugio, lugar de residencia, vida por delante. / Y si el paso mortal prepara su lecho de ascuas, / pueden leerme a la intemperie, / sin flores, sin lágrimas, / silabeando el calor de algunos versos. / Dorándome aquí estaré.”
La Plaza Mayor: “SERENA / pero atada al gozo de saberse única / y dadora de luces que generan servidumbre / de distintos y distantes (…) Los años no han pasado. O si lo hicieron, / fue para pulir aún más estas invaluables fachadas / estampadas en el corazón de todo salmantino, de cada visitante, de más de un ausente (…) Plaza Mayor, donde la gente charla, gira. Cruza, queda…Plaza Mayor, caudal de asombros, / voces rotas y silencios, / Plaza Mayor, selecto medallero para empezar a gravitar por el mundo.”
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Casa de las Conchas: “SE diría que uno respira mejor cerca de estas paredes que acogen la marea de trescientas conchas. También la mirada incita a recrearse con la estampa de un atractivo reino que contagia amores lucientes al batir la flor de lis en el zaguán de las apariciones (…) Aquí continuaremos, mientras la luz del día, con la ambición de descubrir algún desplazamiento furtivo.”
El Puente Romano: “CEDEMOS el paso / a los tibios espíritus que rebrotan, / ajenos / a la absurda prisa de estos tiempos. / Reconocemos su abolengo, / pues apenas somos palabra / ante las piedras talladas durante el primer milenio.”
La Clerecía: “LOS dones de lo existente bañaron por siglos su barroco esplendor. La Clerecía tiene dos alas tremendas, imponentes sobre el cielo de Salamanca, en silenciosa comunión para las bienaventuranzas. Ahí está la Pontificia, ensanchada con el Real Colegio, de frente al aire, Lejos todavía de la sombra de Dios (…) Uno se reconoce pecador pero los otros no son santos.”
Torre del Clavero: “Un fragmento de fortaleza y la anunciación del fuego sobre las altas torres del torreón octogonal. (…) Quedan ojos llenos de preguntas ante los escudos de esa posesión. Huellas de adioses están tatuadas en los ojos que guarda el manantial de paz de la Plaza Colón.”
Palacio de Fonseca: “Y ya no hay despedida, pues la imaginación lo instala en el centro de un patio que acumula certeras esquirlas del Renacimiento. (…) El claustro proporciona sombras para oportunas resurrecciones.”
Calle de la Compañía: “Al derrumbe del invierno girábamos nuestros pasos hacia la calle de la Compañía. Allí, de madrugada, la sugestión de los muros nos trasladaba siglos atrás, cuando los trovadores desorientaban la noche conspirando con amor y palabras tutelares. Las farolas estaban colgadas en la piedra, como los candiles que daban lumbre a los bardos de entonces.”

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Universidad de Salamanca: “El estudio puede ayudar a menguar la sordidez / del ser humano y reclamar unas aulas donde lata / la conciencia sin la fiebre o el aluvión / que purgan los agazapados (…) No escatimo alabanzas para Salamantica Docet / pues su nombre representa un esqueje de la dicha, / la presencia continua a cuyo humus me aferro / por ser palabra y por ser idea.”
Calle del Ataúd: “ALGO fluye desde las congojas de estas sombras salmantinas, / algo resbala para que tiemble mi carne entera / y me pierda amanecido como si me hubiese tragado / el párpado lento de un muerto regresando / con su trozo de olvido (…) Algo fluye como un ataúd que me pone de muerte.”
Casa de las Muertes: “Detrás de aquella puerta el extravío. / Se escuchan saetas aplacando la mano / del exterminio. / Pero el oscuro lienzo crece a dentelladas, / urdiendo su porvenir / al doblar la escalera donde reposa / el maleficio. / Al otro lado del día, / en la plenitud surgida para lo aciago, / discurren cuchillos / detrás de aquella puerta. / Qué lugar.”

A Pérez Alencart no se le escapa que Salamanca, además de todo lo visto y evocado, es también su valiosa gente – académicos y escritores, científicos y humanistas – , en fin, el legado de conocimientos realizado por hombres de saber que dejó una impronta indudable en el plural acervo cultural de la humanidad, en el variado capital intelectual del planeta. En su poesía de asombros salmantinos hay un espacio para nombrar, rememorar y enaltecer los grandes hombres a los que Salamanca asocia su prestigio para hacer posible el lema identificador de su orgullosa y presuntuosa universidad: “lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.”

Nuestro poeta incluye en sus salmantinos cánticos de alabanza a algunas de aquellas figuras que hacen de Salamanca algo más que un cielo, y mucho más que una ciudad. Dejemos nuevamente al poeta renovar sus afectos y expresar su admiración por:
Fray Luis de León: El escritor apostado en el aula que lleva el nombre del acontecido fraile en la Universidad de Salamanca, discreto y transido, expresa: “Soy / el rezagado que vuelve / para conservar este silencio / entre las paredes del instinto. / Llego y me siento, subrepticiamente, / en el incómodo pupitre / que guarda los años hurtados al maestro: / y el ayer se me hace un hoy / defendiendo su mañana”.
El Abad Salinas: “CONSTA en algún códice el peso de los sonidos / que rodeaban al maestro de la aritmética / metida entre los dedos del alma. / Sé que él enseñó / a conocer las antiguas raíces de lo intenso, / la fecunda fiebre de quienes escuchan la armonía obstinada del mundo.”
Francisco de Vitoria: Ante la lápida que cubre los restos del insigne jurista, inspirador del derecho de las gentes de la América castellana, nuestro escritor, el peruano – español, el de los dos lados de América, el que conoce bien la histórica realidad del indio y del mestizo, el también abogado, “empapado de su aliento”, sentencia: “También existe una paz eternizable / decidida a garantizar el posible olvido. / De aquí salió una voz para calmar / los nítidos quejidos de otros semejantes. / De aquí salió una idea que comprendió / la índole del quebranto; una idea / que creció ante la exactitud de la tristeza. / Un hombre con los ojos puestos en el Supremo / no debe hacerse cómplice de torpes abusos.”
Carraolano de Urbieta: Se transmuta el escritor en su personaje para confesar sus saberes y sus placeres; “Yo, Carraolano de Urbieta, Bachiller por Salamanca, / no sé otra cosa hacer que sobresaltar las carnes, / rozarlas con la piedra filosofal, madurar las orillas / del amor y amanecer descifrando códigos, mimetizado y sumiso al corazón de las doncellas.”
Miguel de Unamuno: “Sucede que nadie llegó a Salamanca a gritar blasfemias como él, soplando fuerte, tensando los músculos, con el pecho descubierto y la mirada terriblemente convulsa cuando destrozaban las entrañas de su España (…) No haya quietud mientras el vasco indómito siga respirando en su Salamanca.”
Antonio de Nebrija: “Algo le decía al maestro Antonio / que su trabajo era para siempre, que las palabras adecuadas son un poder, / no para hablar por encima del hombro / sino como una alianza labrada / desde el principio hasta el final. / Hoy su estela se asemeja / a una palabra / recién creada / pero obediente al gramático centinela / y con el aliento imperial tatuando los labios / de sus mortales portavoces”.
Girolano de Sommaia: “Inútil cuestionar su afán por el teatro, / los libros que multiplican el esplendor / junto a las tertulias literarias, junto / a los lances amorosos, / junto a los juegos de cartas / y la correspondencia con el orbe. / Girolano aspiraba a rodar / por el plenilunio de los siglos. / Concedámosle un trozo de cielo / y ningún olvido.”
Diego de Castilla: “En la Universidad, un joven limpiaba / su capa para vivir de otra manera, / para ser magnífico y excelentísimo, / para que su voz proyecte un sentimiento, / un eco de la Nueva España, unos verbos / rezumando la trashumancia del castellano. / Don Diego, llegado en el galeón de Acapulco, / guardaba intacta la lumbre de los sueños, / el imperio de la sangre amotinada junto a las bellas cicatrices del delirio. Pero un once de noviembre, un domingo / de San Martín, vencidos aquellos consiliarios / que al canónigo de Ávila querían, / su balanza de afectos se inclinó a Salamanca, / al polen de la creación universal…”

El poeta recorre también, en su soledad y en sus evocaciones, los alrededores de Salamanca así como variados rincones de la provincia castellano-leonesa, pero es su nostalgia y admiración por Salamanca misma, la indómita y majestuosa ciudad de Castilla la que continuamente lo subyuga; vencido, sin más argumentos que los ofrecidos por la emoción, Pérez Alencart se inclina respetuoso y admirativo ante la dorada ciudad de sus asombros:

“HOY eres tú el hervidero de mis rapsodias de amor. Hoy la piedra, quieta en su lugar, late como yo quiero, se incendia como una nave varada entre los cielos, concentrada en deslumbrar las raíces del tiempo, hambrientas como siempre por agrietar las creaciones que el hombre levanta para responder a sus creencias o para reflejar la dicha de encontrarse lejos del abismo; todavía. Hoy en el color que el amor hunde en tierra firme y en aguas del Tormes, la ciudad es un vividero bendito: hay vislumbres visionarias en la noche; hay espíritus que zumban sobre el legendario puente de los romanos y parecieran subirse a las grupas del toro atado al aire; hay luz altiva en la nueva catedral porque nunca se agota la lluvia de sus faros ni el vigor de su origen consagrado. Y en el vecindario, entre tantas trifulcas del contacto humano, una paz se impone; todavía. Hoy me encuentro de pie, en la otra ribera, viendo cúpulas y cresterías donde anidan las cigüeñas. El ámbito azul se va disipando en el ultracielo mientras la limpia noche ensancha una inmensa belleza que muda su piel al paso de las horas y las nubes: Todo irradia hermosura, todavía. Salamanca es un mar amarillo, una visión mayor, el mudo universo que me hace atesorar imágenes de amor; todavía.”
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