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Schumann vallenatero

Rubén Blades, el siempre imponderable Héctor Lavoe, Willie Colón, nada más y nada menos que Maelo, Oscar de León, Tito Puente, Celia Cruz. Salsa y sol, fiesta y bulla, sudor y pies al son de un trópico que abrasa. Sí: estas tierras tienen ritmo, aquí la gente tararea mientras respira. “Ritmos tropicales”, dicen en el Norte, y la verdad es que por aquí la vida pareciera estar hecha a la medida de un danzón, de una cumbia, de un bolero o de un simple vallenato. Eso es, un simple vallenato: intenso y pasional, a veces triste y a veces eufórico, enamorado y despechado, atrevido y vacilante.

Oír un vallenato es aproximarse a una manera de ser, a una manera de comprender ciertas cosas, de concebir el mundo y sus formas. Y es que un vallenato puede vivirse más que escucharse, cuestión nada extraordinaria por ejemplo en algún lugar de Venezuela, México, Colombia o Perú; en un vallenato arden melodiosas las caderas de la muchacha que anda por la acera, y se vislumbra, qué duda cabe, su encanto de sirena en los pobres desgraciados que no hacen voluntariamente uso de la astucia de un Ulises. Un vallenato es la aproximación a la expresión de, si así podemos llamarlo, el “ser” latinoamericano, especie de compendio donde es posible encontrar las angustias, ansias, luchas, derrotas, temores, esperanzas, denuncias, amores y tristezas de estos pueblos.

Un enamorado como pocos, uno que de nuestras geografías permaneció lejos pero no de lo que al fin y al cabo denota la música que se produce aquí, uno que llegó hasta los confines de la locura gracias a la Clara de sus sueños, que llegó a extraer hasta el último filón de esta cantera que llamamos vida, Schumann, abrazó en la distancia y en la lejanía la esencia vital que encierra el vallenato, la salsa, el bolero o la guaracha… No se conocieron, jamás llegaron a toparse cara a cara, se desenvolvieron en tiempos por completo diferentes; nunca sospechó el genial compositor que un siglo después otro atormentado en el arte de vivir vehementemente le seguiría los pasos sin saberlo, ése que un buen día dejó en nosotros su nombre para siempre: Daniel Santos, todo canción y cigarrillo él. Cómo los imagino, sin embargo. Cómo puedo verlos enfrascados en una conversa irrepetible, en un momento digno de ambos: Schumann y Santos, Santos y Schumann, sentados en la barra de un bar metiéndole cobres a una rocola de los años cuarenta, escuchando boleros, inventando boleros, saboreando boleros cerveza tras cerveza.

Mientras sentado en el sofá leo y espero la hora del almuerzo, he escuchado su concierto para piano. Ahí está concentrado el amor, la esperanza, la alegría de quien busca todos los días vivir la más espectacular de las vidas. Ahí está su dulce Clara Wieck, quien se llevó como racimo de flores casi toda la música que salió de sus entrañas. Noto en la melodía una intensidad sólo comparable con las que se producen de este lado del océano e intuyo que es la pasión amorosa, la fogosidad incendiaria (mezcla a la vez de seguridad y de temor ante la amada) el puente que hace posible comunicarlas. En este sentido me parece que Schumann y nuestros mejores hacedores, desde el punto de vista de la obra musical caribeña, han amado parecidamente, o mejor dicho, han “expresado” su arte bajo estructuras, o matices (qué sé yo), más o menos conectados.

Dicen que la música es una, y no falta razón a esta sentencia. Más aún cuando un lejano mago de las partituras es capaz de entenderse a la perfección con toda una camada, también mágica, pero del Caribe. Pienso en Schumann ante el piano dándose la bomba en “Adiós compay gato” o acompañando de lo lindo a la Sonora Ponceña con su “Pensándolo bien”, pienso en Schumann sudado hasta el alma con una descarga de teclado en el Jala Jala, pienso en Schumann amanecido después de toda una noche con “Juanito alimaña”, con Ray Barreto, con Johnny Pacheco, con Pérez Prado, con el Binomio de Oro… Sí, Schumann y el arma arrojadiza de su infinito talento al compás de unos timbales. Schumann tropical a luz del mediodía en una calle de San Félix, fajándose durísimo con cualquier bendito vallenato.

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