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Taller literario: Cinco tragedias clásicas griegas

(%=Image(5033322,»L»)%)(%=Link(«http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N132/creacion.htm»,»Armando Rojas Guardia»)%) propone abordar las cinco obras principales de la dramaturgia griega clásica. El taller, organizado por el Pen Club de Venezuela, busca:

1. Se trata de estudiar, analizar e interpretar, mediante la lectura y la
discusión intensamente participativa de los integrantes del taller, cinco de
las principales obras que, en el siglo V A.C. , nos legaron como herencia
literaria, simbólico-mítica y cultural, tres de los principales dramaturgos
de la tragedia clásica griega.

2. A) Prometeo encadenado, de Esquilo: ante la cual proponemos dos lecturas
antagónicas, pero que pueden considerarse como dialécticamente
complementarias.
A.1) La que hace equivalente la tragedia de Prometeo a un drama sagrado
comparable, en cierta medida, a la crucifixión evangélica, precisamente a
causa del amor y la solidaridad altruista hacia lo humano que Prometeo
demuestra al robar el fuego, atributo de los dioses, y obsequiárselo a los
hombres. Esta lectura ha influido de manera decisiva en Occidente y nuestra
época, desde el Renacimiento (siglo XVI) y sobretodo, a partir de la
Ilustración (siglo XVIII) puede ser considerada como una etapa histórica
signada por el afán titánico-prometéico, dentro del cual se destaca la
rivalidad entre lo humano y lo que domina al hombre desde lo alto (llámese
destino o divinidad). La consigna proclamada en las barricadas de la comuna
de París (1871) «de asalto al cielo» y, en cierta medida, la visión marxista
de la historia representan una consecuencia de esta filosofía trágica que
gravita sobre nuestra civilización expresándose de muchas formas artísticas,
filosóficas, científicas y técnicas.
A.2) Para esta segunda lectura, el mesianismo prometéico constituye una
impostura, porque fractura el orden cósmico, universal, querido por los
dioses, en aras de una auténtica hybris, un orgullo o desmesura en el fondo
demenciales, un gigantismo titánico, es decir inhumano y monstruoso, de la
voluntad. Instaura una actitud dentro de la cual el hombre olvida su
condición de criatura, los límites y la fragilidad ontológicos de su propia
naturaleza y se atreve a soñar con lo imposible, con ser igual a los dioses.

No hay que olvidar por otra parte, que lo titanesco (Prometeo es un titán),
por su carácter informe, es enemigo de las formas armónicas y equilibradas
de la cultura. Por ello, Hefesto debe como lo hace en la tragedia de
Esquilo, encadenar terapéuticamente la pretensión del mesianismo prométeico.

3. Edipo Rey, de Sófocles, no sólo simboliza la expiación de la
impiedad de sus padres, Layo y Yocasta, que quisieron asesinarlo al nacer
para ocultar la lujuria por medio de la cual lo engendraron, sino que es
también un exponente del castigo que conlleva menospreciar la veneración que
se debe a los oráculos, en este caso dependientes de las consultas
adivinatorias al dios Apolo, los cuales habían vaticinado todas las
desgracias que se cernían sobre él, su casa, su familia y su ciudad.

Edipo está atrapado en las redes de un verdadero «complejo de identidad»:
quiere saber, hasta la obsesión, quién es, cuál es su origen, qué papel o
rol existencial desempeña en la tierra, y los otros parecen constantemente
impedírselo. Al final, su conciencia, llena de pánico y vértigo morales y
religiosos, va a identificar su ser mismo con la mácula, la mancha
pecaminosa y la transgresión ética: «¿No nací, pues, siendo criminal? ¿No
soy un ser todo impuro?». La búsqueda de su identidad personal, a pesar del
carácter involuntario de su parricidio y de su incesto, termina
configurándolo como el delito mismo, vivo y actuante entre los hombres.

4. Antígona (Sófocles) simboliza el acto de la rebelión, motivado
a la vez por el amor fraterno y la piedad religiosa, ante la ley implacable,
oprobiosa, de un tirano (Creonte), quien ha ordenado
dejar sin sepultura el cadáver de Polinices, hermano de Antígona, ley
que parece oponerse a aquellas otras, deseadas y garantizadas por los
dioses, configuradoras del «cosmos» natural y moral que rige al mundo
todo. En este sentido Antígona representa también la voluntad autónoma e
independiente de la conciencia individual ˆpues ella decide
expresamente sepultar el cadáver de su hermano quebrantando el
decreto de Creonte- frente al mero poder político, estatal.

Antígona, entonces, contrapone trágicamente el destino de un afecto,
una religiosidad y una conciencia personales a la „razón de estado‰,
aunque ese afecto, esa religiosidad y esa conciencia estén impregnados,
de algún modo, de un cierto furor caracteriológico por el cual el griego
también sentía horror, porque dicho furor se asemeja a la hybris que
irrespetaba y quebranta el ordenamiento cósmico, cuya naturaleza es, en el
fondo, divina.

5. Hipólito, la tragedia de Eurípides, gira en torno a la venganza urdida y
tramada por Venus, diosa del amor carnal, contra Hipólito, porque éste,
desdeñándola y considerándola «la peor de las deidades», decide desde su más
temprana edad conservar intacta su castidad, odiando «el lecho
nupcial» y la relación erótica con las mujeres, al consagrarse en cuerpo y
alma a Artemisa-Diana, la diosa virgen por excelencia.

Venus se venga de esa afrenta que le hace Hipólito inspirando un gran
amor erótico-pasional hacia él en Fedra, madrastra de aquél, casada con
su padre Teseo. Fedra se dedica a sufrir piadosa y calladamente esa pasión,
sin comunicársela a nadie, pero, cediendo a los ruegos de su nodriza, se
atreve a revelarle a ésta su secreto. La nodriza, en un acto de extrema
imprudencia, da noticias de este secreto al mismo Hipólito, quien,
escandalizado de horror, rechaza esas «nefandas palabras» e insinuaciones,
decidido más que nunca a continuar viviendo en castidad su consagración a
Artemisa-Diana. Fedra al enterarse de lo que la nodriza ha hecho, decide
suicidarse, no sin antes dejar junto a su cuerpo difunto unas tablillas en
las que proclama mentirosamente que Hipólito la ha obligado a realizar el
acto carnal con él, deshonrando así el matrimonio que la unía a Teseo.

Este regresa a la ciudad de la que se había ausentado mientras ocurrían
estos hechos, y, al enterarse del contenido de las tablillas, enfurecido,
condena a Hipólito al destierro y a ser muerto en manos del dios Neptuno,
quien le debía el cumplimiento de tres promesas. Efectiva-
mente, Hipólito muere, por voluntad de Neptuno acometido por un toro, cuando
se dirigía al destierro. Pero Artemisa-Diana aparece, de pronto, revelando
toda la verdad e Hipólito, a quien han traído moribundo a la presencia de su
padre, perdona a éste. Artemisa-Diana promete vengarse de Venus, la
inspiradora de los motivos simbólicos de la tragedia.

Hipólito representa el drama de una conciencia artemisalmente casta,
virginal hasta el extremo del rigor puritano, que, por no respetar el
contenido de la máxima griega por excelencia, «nada en demasía» , se acarrea
su propia desgracia. Por no atender a su propia instintividad corpórea, ésta
termina vengándose de él, volviéndose en su contra: primero, como Venus, la
divinidad de lo erótico-amoroso; segundo, como muerte en manos de Neptuno,
dios del mar, y en ese sentido símbolo del inconsciente, reprimido y puesto
de lado por el personaje; y tercero, por el toro, que representa la fuerza
primaria, elemental, salvaje, de la naturaleza, a la que Hipólito, con su
virginidad rigorista, se empeña en rechazar.

6. Las Bacantes (Eurípides) es una especie de drama sacro, un poco atípico y
extraño dentro de la obra de Eurípides, ya fuertemente caracterizada por el
escepticismo y la crítica a lo propio de Esquilo y Sóflocles: el respeto
venerante hacia lo divino y la exaltación de lo heroico. La institución del
culto de Dionisios-Baco es el asunto de la tragedia. Penteo, Rey de Tebas, y
la familia de Cadmo, fundador de esta ciudad, son víctimas de las iras del
nuevo dios, por haberse opuesto a la admisión de su culto.

En Las Bacantes entran en conflicto simbólico elementos como lo femenino y
lo masculino, las normas cívicas y un nuevo credo religioso, la ordenación
de la ciudad y el entusiasmo implícito en las orgías dionisíacas, lo griego
y lo bárbaro, lo apolíneo y lo dionisíaco en sentido nietzscheano. No
sabemos, al final, si Eurípides, el escéptico, confiesa en esta tragedia una
renovada fe religiosa, una «experiencia de lo sacro», o nos impone un nuevo
ataque racionalista contra la barbarie de ciertos ritos y cultos salvajes.

Coordenadas e Información:Organizado por el Pen Club de VenezuelaLibrería Macondo. CC Chacaíto, Caracas. Estación Metro Chacaíto

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