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Un rastro de perfume

Este cuento lo ha contado Oscar Marcano en algunas ocasiones. Inclusive, se lo dio en préstamo a su personaje en la novela Puntos de sutura, (Seix Barral, Caracas, 2007). Tanto le resuena este relato que lo narró el día de la presentación de ese libro, cuya iniciación al público se hizo, precisamente, con gotas de perfume. Y no de champaña.

Oscar Marcano no es solo uno de los mejores escritores de Venezuela. También es uno de los hombres más atractivos del país. Nació en La Guaira en 1958; y, como su padre trabajaba en labores de tierra en Avensa, se pasó buena parte de su infancia viajando con pilotos amigos de la familia que le permitían colarse en los aviones para sobrevolar el territorio nacional. Por eso y por otras rutas, Marcano conoce su país y habla de él con conocimiento, gracia y esa pasión contenida que es su característica.

Cuando tenía 4 años, Oscar iba de la mano de su madre por la calle que discurre frente a la Ceiba de San Francisco, en el centro de Caracas. Al trasponer una esquina, un olor arrebató al niño con tal imperio que se zafó de la protección materna para correr hacia el origen de aquel estímulo irresistible. Anduvo por varias calles a todo lo que daban sus piernas de alumno del kinder hasta que dejó de experimentar el dulce reclamo. Se quedó parado en la acera. Y su madre llegó a su lado, jadeante e irritada, sin comprender la razón de aquella huida.

Cuando Oscar tenía unos 8 años, vivió un episodio similar. Estaba viendo el desfile de carnaval en Sabana Grande, flanqueado por sus padres, quienes lo tenían cogido de las manos para evitar su extravío en el tumulto. Por la esquina se vio irrumpir una comparsa de diablas que se aproximaba en un zarzal de tridentes y cuernos danzarines. En un pestañeo, las diablas estuvieron cerca de Oscar y hete aquí que la nuca de una de ellas estaba impregnada en la misma esencia que lo había enajenado en las inmediaciones de la plaza Bolívar. Sin voluntad y sin permiso de sus padres, se soltó de sus cuidados para arrojarse tras la senda olorosa de la diabla recién bañada. Corriendo en zigzag, jadeante y con el cuello estirado, fue blanco de todos los codazos del carnaval de Sabana Grande. Hasta que se disipó el hilillo de perfume que lo guiaba, y se vio solo en medio de la multitud. Los padres volverían a verlo, lloroso y confundido, en la tarima donde lo condujo un policía de punto.

Cuanto tenía 18 años, Oscar se enamoró de una mujer de 32. Hermosa, ingeniosa, gladiadora de sombras, llegaba al amanecer invicta después de muchos tragos y muchos besos. No habrá que decir que Oscar descuidó los estudios y la dio en llegar tardísimo a su casa, si es que llegaba.

-Hijo –lo conminó su madre, por fin- mira la vida que estás llevando. Deja esa mujer.

-Qué me pides, mamá –contestó el de la barba de tres días-. Ella es un lujo, todos mis amigos me la envidian. Es tan hermosa… Me invita y me recoge en su carro… Pero eso es nada. Lo más tremendo es esto: ¿tú recuerdas aquellas veces que me escapé, esclavo de un perfume? Ella lo usa.

-¿Cómo se llama el bendito perfume? –quiso saber la madre, mirando al techo.

Je reviens, de Worth –dijo el devoto, como recitando el número de su pelotón.

-Estamos perdidos –balbuceó la madre, buscando el brazo de un mueble donde apoyarse para no caer-. Ese era el perfume que yo usaba cuado estaba embarazada para tenerte a ti.

Desde luego, Oscar Marcano lo cuenta mejor.

 

 

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