Vida con estilo

La Restinga, magia entre luz y sombra

Por: Cristina Rosenberg

No hay mejor descanso que disfrutar unas horas o –mejor todavía– todo un día en el Parque Nacional Laguna de La Restinga, ubicado en el sureste del Mar Caribe, entre la parte oriental de Margarita y la península de Macanao. Es un privilegio contemplar su rico ecosistema en los múltiples canales llenos de  vida y una extensa playa. Desde el bien organizado embarcadero El Indio contratamos a uno de los cordiales lancheros, a veces muy parlanchines ellos, que hablan de manera gráfica, generosos con la información; parecen una enciclopedia que comparte con orgullo sus conocimientos del lugar.

Nos sorprende que por debajo del puente, a la entrada de la laguna, se acerquen en ocasiones los delfines, la mantarraya y hasta uno que otro pequeño tiburón en búsqueda de una corriente fría, regalando al espectador un show poco usual. Amparada en las aguas tranquilas y  próxima a los bosques de mangle se ve fondeada en ambas orillas parte de la bellísima y pulcra flota artesanal de altamar. Los famosos pargueros, que allí se abastecen de agua, hielo y comida (por los momentos desplazados por la construcción de un nuevo puente), nos explican que corrientes y  mareas se llevan cualquier contaminación. Pero no existe paraíso sin amenaza cierta. El Instituto Inparques Nueva Esparta está consciente del peligro de un paulatino flujo de aceite y gasolina en la laguna y se planifica cambiar gradualmente los motores fuera de borda por otros más silenciosos, no contaminantes.

Terminado el nuevo acceso sustituirá el actual puente, que data de 1963 y en aquel entonces finalizó con el aislamiento de los macanagüeros. Anterior a este, y para quienes no se entusiasmaban a trasladarse en lancha desde Macanao a Margarita, la barra arenosa de 22 kilómetros ininterrumpidos –desde El Saco hasta La Guardia– era la única y a veces azarosa posibilidad de viajar. A menudo, en temporada de lluvia o de mucho oleaje se atascaban las muy contadas camionetas rústicas en la estrecha y traicionera franja paralela al mar. A pesar de las dificultades se inició en esta trocha húmeda el comercio con “la otra isla”, sobre todo con el pueblo de Juan Griego.

Foto: Cristina Rosenberg
Foto: Cristina Rosenberg

El paseo nos lleva por los laberinticos túneles y caños bien señalizados con nombres tan evocativos como El beso, Paraíso del amor, Mi dulce amor y Túnel de los enamorados, entre otros. Somos testigos de la algarabía de las más de cien especies de aves marinas, entre ellas: pelícanos, alcatraces, guanaguanares, tirras canaleras, diferentes especies de garzas, el águila pescadora y la cotúa negra. Observar las vertiginosas acrobacias de las tijeretas de mar es una aventura y para la región significa un éxito que después de una larga ausencia volvieran los magníficos flamencos a la laguna.

Desde lugares aledaños llegan las aves terrestres: la autóctona y amenazada cotorra margariteña (Amazona barbadensis), el elusivo ñángaro (Aratinga acuticaudata neoxena) junto a otros que se unen a la naturaleza verdiazul, corroborando la fama de paraíso para la observación de aves. Toda esta rica fauna de residentes y emigratorios vive protegida en un espléndido santuario para aves, peces, moluscos y reptiles, como iguanas, lagartijas y tortugas marinas –esta última especie en peligro de extinción–.

A veces salta la lisa entre un resplandor de brillantes gotas de agua y  plateadas escamas. Durante el corto viaje exploratorio observamos algunos de los múltiples tipos de peces en su líquido hábitat,  además de moluscos, como ostras y camarones. Pídale al lanchero con su cara tostada por el sol que le muestre los parsimoniosos caballitos de mar que se alimentan de plancton, mientras la estrella de mar se adhiere a las ostras y las perfora con destreza para alimentarse. Crustáceos, moluscos, fito y zooplancton se han unido en un mundo subacuático mágico.

En una noche de luna resplandece la ardentía en una exhibición de miles de destellos fluorescentes, un fenómeno causado por la luminiscencia que emiten algunas especies de fitoplancton.

Foto: Cristina Rosenberg
Foto: Cristina Rosenberg

Los cuatro tipos de mangle: el rojo (Rhizophora mangle), el negro (Avicennia germinans), el blanco (Laguncularia racemosa) y el botoncillo (Conocarpus erectus) entrelazan una urdimbre, siendo el mangle rojo de corteza colorida la plataforma, sustento y  fundamento de la laguna; el mangle negro emerge del agua, filtra la sal y purifica la hoja que adquiere un salado sabor. Cada uno se soporta sobre altas raíces, es el entorno de numerosos aves que cumplen una determinada función ecológica en este microclima.

Las ostreras de la comunidad Portillo de Leonardo se turnan y mediante la autogestión extraen con calculada habilidad las ostras (Crassostrea rhizophorae) adheridas al mangle rojo, un alimento delicioso con unas gotas de limón. Son las mujeres que realizan este oficio tradicional quienes perciben el momento perfecto para la cosecha, en beneficio de la gastronomía y como medio de subsistencia de la comunidad que, además, depende de la pesca artesanal.

Después de la faena, a los hombres les encanta jugar dominó o truco bajo la generosa sombra de los árboles con gestos y exclamaciones elocuentes.

Luego de pasar por los estrechos canales, súbitamente se abre un nuevo panorama: aparece el inmenso mar de matices de azul y turquesa, espumosas olas de crestas blancas y espectaculares nubes que flotan en un cielo de azul profundo. Las doradas arenas son el resultado de la acción incesante del mar que ha pulverizado las conchas de moluscos durante millones de años.

Foto: Cristina Rosenberg
Foto: Cristina Rosenberg

Sencillas tumbonas a orillas del mar nos invitan a contemplar los cerros de La Sierra hacia el Este y la dentada serranía de Macanao al Oeste; amplias instalaciones invitan a degustar los platos típicos y durante su temporada, las deliciosas ostras. El ambiente es tranquilo, sin el frenético ir y venir de los incansables artesanos y buhoneros en muchas playas; aquí aún predomina la vida tranquila, el turismo al menos en este momento no es de alto impacto.

Si desea más aventura, anímese a descubrir la Laguna de La Restinga en kayak, bien atendido por Carlos Lemoine, de día o con luna llena, donde su propio esfuerzo lo llevará a remo en silencio por canales, manglares y lagunas. Encanto asegurado.

Con 18.862 hectáreas, La Restinga forma parte del Parque Nacional desde el año 1972, junto con su laguna de 2.600 hectáreas y se identifica como Convenio Ramsar (Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional) a escala mundial, incluido entre los más de 1.200 humedales registrados en todo el planeta. El nuestro cuenta con el sistema lagunar, los manglares, la barrera o restinga y una zona xerófita. Es un lugar que está bien protegido por la misma gente que allí vive.

Las instalaciones recreativas del embarcadero El Indio están en buen estado, con venta de artesanía, puestos de empanadas y jugos, cafetín, baños públicos, estacionamiento, oficinas administrativas y el pintoresco puerto de desembarque. Los  cordiales guardaparques atienden cualquier pregunta con conocimiento y amabilidad.

Durante esta estupenda travesía conocerá un universo lleno de vida animal y vegetal en un incomparable escenario y recordará complacido el gran humedal de La Restinga y su excepcional playa.

Foto: Cristina Rosenberg
Foto: Cristina Rosenberg
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