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Vocingleria – Los siglos viven bajo tierra

PARÁBOLAS DE FINGIDA MORALEJA

Laberinto la vida, laberinto la muerte.
Laberinto sin fin, dice el maestro de Ho.
Todo se hunde, nada libera.
El suicida renace a una nueva pena.
La prisión se abre a otra prisión.
El pasillo se abre a otro pasillo:
Aquel que cree desenredar la madeja de su vida
no desenreda nada.
Nada desemboca en ninguna parte.
Los siglos también viven bajo tierra,

dice el Maestro de Ho.
 
Henri Michaux

 

 

Hay gente que crea el laberinto, lo acomoda, lo construye, lo adorna. A cada quien nos construye una cárcel, un pasillo que conduce a otro pasillo. Un camino que no nos lleva   a parte alguna. Son los que fabricantes de los siglos que viven bajo tierra, que aún no emergen. Y viven esos siglos de historia tan escondidos en la penumbra, en la hondura de los pozos, que nos hacen creer que habitamos en la superficie del planeta.

Hay otros hombres, visionarios en la oscuridad, libres dentro de la prisión,  expedicionarios de los laberintos, que logran observar en el verdor de los bosques, los papeles que luego escribirán las sentencias de muerte. Y que intuyen en el aire que respiramos las partículas de un polvo atómico atroz.

Henri Michaux es uno de ellos. Y ante la magnitud del laberinto, la gigantesca dimensión de la prisión que nos circunda, la vida que no emerge, ni aún en los soles de los mediodías, se dedica desde su propio encierro, a describir con nítida e implacable ferocidad, la extensión ilimitada de los límites,  que nos atrapan más allá de nuestros sueños.

Con ello quiere sacudirnos, conmovernos, invocarnos para que comencemos cincel en mano a horadar los muros, a inventar la vida, antes de que sea demasiado tarde. ¿Lograremos hacerlo? Dependerá de cada pedacito de uno mismo, de ese que se escapa por las noches, más allá de los dinteles, en busca de una estrella.

De ese que más allá de la indiferencia aún estampa un beso en el recinto de la ilusión. De ese que aún recorriendo su propia muerte, extiende su mano exangüe a la mano del otro, en busca de un enjambre numeroso. Depende de que la lágrima retorne en luz. Y el grito en canción. Y que el dolor algún día se convierta en el espejo del mar reflejado en las pupilas de un niño que ríe.

Por mi parte, desde este indefenso yo que ni siquiera soy,  desde este sitio vulnerable al que asisto cada día, desde el dintel que le construyo a las pupilas de los niños, seguiré, con León Felipe, en mi oficio de topo, de minero perdido entre capas infinitas de savias derramadas, abriendo diminutos agujeros en la desesperanza, describiendo todo lo que está sobre la tierra, en el aire, en la inmensidad de los océanos,  en la urdimbre de los bosques, en mágicas alas de los pájaros, en el vitral de las florerías, y en la caja sonora del corazón de los hijos que aún aguardan el abrazo sin fin de la alegría.

 

 

 


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