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A cada gobernante le sale su san Juan

Si el gobierno no aprovecha el diálogo en favor del país, destrozará todas las posibilidades y esperanzas que espera la población venezolana de este evento político en desarrollo, que será histórico por su relevancia. Igualmente, la magnitud de la misma crisis empuja a toda la población a hacerse partícipe, permanecer alerta y analizar las consecuencias de este importante acontecimiento. En la misma dimensión, el diálogo exige a oficialistas y oponentes, capacidad de sindéresis y claridad en las metas. Pues, como razonadores y partes involucradas, tienen responsabilidades ineludibles y están obligados a deponer todo acto de soberbia, pues nadie puede aparecer, como un inevitable dios atronador. Puesto que la situación los impele a colocar lo mejor de su voluntad y supremo bien, pues la carga cultural y avance de la más elevada civilización universal, así lo demanda.

Es hora de que las partes involucradas en el diálogo, dejen de pensar que sus tiendas son imprescindibles y están por encima de las prioridades del país. Pues, ya no se trata de evadir responsabilidades ni hacer repartos de culpas ni de asegurar aspiraciones de políticas sesgadas. Deberíamos comprender que tratamos sobre el supremo valor de la patria en nosotros mismos. Que con ella, está la salvación de la humanidad que comparte su suelo. Es justo, que con claridad meridiana,  gobierno y oposición,  correspondan más a favor de la integridad e imparcialidad política, que es lo que con necesidad vital requiere la nación, para proteger a la familia venezolana.  El mango de la sartén la tiene el gobierno, la esperanza deambula con el hambre y las limitaciones que padece el pueblo. Los gobiernos exitosos, no recurren a la demagogia ni usan la represión para mantenerse en el poder. No caen en estas equívocas políticas porque saben administrar. Usan la política y la economía con la racionalidad que da el conocimiento. Por ello no sumen a la población de sus países, en torturantes y aterradoras crisis.

Por ahora, lo único sano que le queda al gobierno es ser auténtico y responsables con el diálogo. No hay de otra. Porque no tiene  respuestas ni soluciones inmediatas para salir de la actual situación político-económica. Todos sabemos que la naturaleza de sus objetivos se lo impide.  Su rectificación, pudiera servir de algo. El diálogo, bien entendido y razonado, crearía la virtud necesaria para alcanzar cambios sustanciales que ayudarían a todos los venezolanos a salir de esta penosa situación.  Pero la actitud actual del gobierno en confabulación con el TSJ, parece no entenderlo así. Esto no hace bien ni tampoco reconviene. Da la sensación de que el país ha sido tomado por políticos impuestos por un ejército de ocupación. Se siente que la población está secuestrada y a meced de sus rehenes.

Necesitamos una  administración coherente con incentivos teóricos-prácticos, que en los hechos, lleguen a la población con eficiencia y eficacia.  Pero, esta parte, que se consigue con la creación y liberación de la economía, con activación de los factores de producción y de las condiciones que propicien la atracción de la inversión, está muy lejos de la comprensión y creencias de quienes gobiernan. Olvidaron que la estabilidad siempre estará sobre las bases sólidas  del cálculo económico, orientado hacia la búsqueda del logro y el éxito para ofrecer mejores servicios públicos y solucionar los problemas de la población. Aquí no valen desencuentros, lo que nos queda es unir a la nación bajo el entendimiento de la pluralidad. Que todo esto sea, sin menoscabar la libertad de expresión de la ciudadanía ni la de los medios de comunicación. Pues todos hemos de saber, que las ideologías crean un mundo, que de alguna manera, es excluyente. Los gobernantes, siempre deberían desprenderse, de lo que estas tienen de segregación, exclusión y de cercenadoras de libertades. Si lo hacen, abrirían horizontes y  vías reales para alcanzar la verdadera realización de sus pueblos. Pues, los gobernantes han de recordar, que siempre les sale y los reconviene un San Juan, que está en las afueras del poder, tal como el profeta del desierto. Y solo se salvará aquel que no ose quitarle la cabeza y lo escuche, sin dejarse influenciar por aduladores ni por lo que está detrás de los velos.

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