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Acerca de la tiranía

A mi nieta menor le gusta leer —cosa que es excepcional en estos días, cuando los jóvenes prefieren deshacerse los pulgares con videojuegos.  Por eso, me fui con ella a un Barnes & Noble para que escogiera su regalo de Navidad.  Mientras ella estaba revisando títulos, yo me puse en lo mismo y me tropecé con un librito (literalmente, no llega a las 130 páginas) titulado On Tyrany, que estuvo de número uno en la lista de bestsellers del New York Times y fue escrito por Timothy Snyder, un profesor de Historia en Yale que tiene un PhD de Oxford.  En él, el autor ofrece veinte recomendaciones para reconocer, sobrevivir en y combatir los regímenes tiránicos.  Con todo lo que nos ha tocado presenciar, denunciar y protestar durante estos largos veintidós años de comunismo disfrazado de “socialismo del siglo XX1”, ya nosotros tenemos bastante experiencia en el asunto, pero no está de más refrescar la memoria con algunas de sus manifestaciones y recibir algunas de sus recomendaciones.

Lo primero que afirma es que los que tienden a actuar con autoritarismo y a ejercer el poder sin limitaciones, obtienen la hegemonía sin mucho esfuerzo porque, en esas situaciones, el grueso de los individuos se adelanta a pensar lo que el régimen quiere y se lo concede por adelantado, sin que se lo hayan exigido.  Que esa forma de actual es la que les enseña a los autoritarios el camino hacia el despotismo.  Y que de esos actos impensados no hay retorno.  Por lo menos, fácil.  Porque hay mucha gente que es increíblemente receptiva a las nuevas reglas en el nuevo ambiente.  Y hasta hay algunos dispuestos a dañar y matar para el logro del fin si las autoridades así se lo sugieren o exigen.  Lo hemos visto en Venezuela hasta la saciedad.  No solo los “colectivos” los “comités comunales” y las “unidades de batalla”, están formados por individuos que o creen genuinamente que le hacen un favor a la república, o saben que en ello les va una ganancia, llámese “bonos”, “bolsas clap” o lo que sea.  Mucho de quienes han sido llevados a los altos mandos de las FAN sienten igual.  Con esa gente es que tocará confrontar para llevar nuevamente al país a la normalidad funcional.  No podemos hacernos ilusiones.

Otra recomendación es contraer la responsabilidad de defender lo que creemos que es correcto de cara al mundo, no solo al interior del país.  No porque el mundo exterior le importe cómo sentimos sino porque reacciona a lo que hacemos.  En palabras del profesor Snyder: “En la política del día a día, nuestras palabras y acciones, o la ausencia de ellas, valen mucho”.  Por eso, no podemos aceptar que —como pretende una minoría interesada—, se llegue al ritual de los comicios sin que haya garantías de imparcialidad por parte de los organismos que deben supervisar las elecciones.  Así no se llega al derecho que tenemos a tener un voto efectivo.  Lo que sucedería si se aceptan las condiciones y las reglas actuales que nos quieren imponer es la continuidad del statu quo que tanto daño le ha causado a la nación, repito, por veintidós largos años.  No podemos olvidar que Vaclav Havel escribió, ya hace más de cuarenta años, acerca de “la continuidad de los regímenes opresivos en cuyos objetivos e ideología muy poca gente todavía cree”.  El mundo exterior ve nuestros esfuerzos, no desperdiciemos la oportunidad tiroteando al único líder venezolano que tiene el reconocimiento de gobiernos y pueblos amigos.  Pelearse a lo interno y tratar de defenestrarlo por el mero afán de “quítate tú para ponerme yo” es no-no en estos tiempos críticos.

Quedan más recomendaciones, pero se me acaba el espacio.  Solo queda para tres muy corticas.  Uno es que recordemos los principios éticos siempre, sobre todos los de la deontología profesional.  Los de las vocaciones médica e ingenieril han dado bastantes muestras de eso; la abogadil, no tanto.  Si los autoritarios necesitan funcionarios obedientes, que no reflexionen acerca de las órdenes que reciben, ya tienen la mitad de la partida ganada.  Si muchos de los burócratas (en el buen sentido de la palabra) se hubieran rehusado a llevar a cabo acciones que se les ordenaban y que iban en contra de la Ley, la decencia, lo correcto, los pichones de tiranos no hubieran logrado mucho de lo que pueden mostrar como baldón, no como motivo de orgullo.

Otra es que seamos cuidadosos con las palabras que pronunciamos o escribimos.  No es en balde que todavía hoy el régimen busca la “hegemonía comunicacional”; llegar al “1984” orwelliano.  Ser ellos los dominadores de los medios.  Porque las palabras no solo denotan, también connotan.  Pongo un ejemplo: hay que diferencia entre “el pueblo”, que somos todos, y lo que el régimen designa como tal, que son sus incondicionales solamente.  Que llegan solo a un doce-quince por ciento de la población.  Muchos de ellos apenas llegan a “populacho”.  Nosotros debemos contrastar empleando: “ciudadanos”, “nación” y términos parecidos. 

La última, por hoy, es que hay que sobresalir.  Así se corran riesgos.  Alguien tiene que hacerlo.  Es muy fácil seguir, ser gregarios; lo difícil (y hasta azaroso) es mostrarse como líder.  Al nivel que nos toque.  Algunos tendrán capacidades regionales y hasta nacionales, pero hay otros que pueden ser los dirigentes de una comunidad, una cuadra, un edificio.  Esos también son necesarios.  Porque en el mismo momento en que damos el ejemplo, la maldición de la tiranía comienza a resquebrajarse.  Sigamos…

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