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Agradecer es producir un milagro

La gratitud es definida por el diccionario de la Real Academia de la lengua española como el sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra le ha hecho o querido hacer, y a corresponderle de alguna manera. Por otra parte, la gratitud es reconocida como un valor social que expresa la valoración de un bien recibido, ya sea de carácter material o de otra índole; esta valoración se traduce en una correspondencia del favor, bien o servicio recibido de manera verbal, o a través de un gesto o acción. 

La etimología de la palabra gratitud corresponde al latín “gratitudo” = gratus más tudo. Lo cual significa la cualidad del “gratus”; es decir, la cualidad del agradecido. Vale la pena mencionar que de esta misma raíz latina proceden palabras como gracia, agradar, gratuito, gratis, ingrato y congratular.

Pero, ¿qué hace que una persona tenga la capacidad de valorar el bien que recibe de otro y el deseo, junto a la voluntad, de retribuirlo de alguna manera? Bueno, al igual que todos los demás sentimientos y valores, la gratitud debe ser inculcada, enseñada y modelada. Así como el escenario ideal para el aprendizaje de una nueva lengua es la inmersión, de la misma manera para aprender a ser agradecidos hay que vivir inmersos en un ambiente de gratitud. 

Por esa razón, cuando se ha crecido en un ambiente de hostilidad en el cual la gratitud ha estado ausente, las personas tienden a obviar la gratitud; o bien porque consideran que lo que se merecen no debe ser agradecido, o simplemente porque han desarrollado una raíz de amargura en su corazón, la cual no les permite retribuir el bien recibido. O sencillamente, como diríamos coloquialmente, por maleducado.

Cuentan las sagradas escrituras que un día Jesús y sus discípulos pasaban por Samaria y Galilea con destino a Jerusalén. Y cuando estaba entrando a un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres enfermos de lepra. Como se encontraban a una distancia prudencial del Señor, debido a su enfermedad, además había una gran multitud rodeando a Jesús, gritaron: _Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Entonces, al verlos les respondió: _Vayan a presentarse a los sacerdotes. 

De alguna manera comprendieron que debían hacer lo que el Maestro les pedía. Así, resultó que mientras iban de camino se dieron cuenta que estaban limpios. Entre palabras de admiración por la sanidad recibida cada uno tomó un rumbo diferente; pero uno de ellos, al verse completamente sano regresó a buscar a Jesús y cuenta la Biblia que alababa a Dios a grandes voces. Cuando lo encontró, se postró a sus pies y con el rostro en tierra le agradeció por la sanidad. Jesús al verlo preguntó: _¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios, excepto este extranjero? (Pues el hombre era samaritano). Entonces, mirando al que había regresado, le dijo: Levántate, tu fe te ha sanado.

Cuando leo este pasaje me pregunto, por qué si Jesús ya lo había sanado, (al que regresó a dar las gracias, y a los otros nueve que no agradecieron también) por qué le dice que su fe lo ha sanado. Al averiguar sobre la palabra en el original, entiendo que se trata de la sanidad del alma. De tal manera, que comprendo que este hombre tuvo doble sanidad; fue limpio de la lepra que padecía su cuerpo y, a su regreso para agradecer el bien recibido, su alma también fue restaurada debido a la fe que mostró hacia Jesús. 

Porque de eso se trata la fe, de regresar al Creador para agradecerle por la vida que nos ha dado. De eso se trata la fe, de regresar a los pies del que murió en la cruz para agradecerle por la salvación de nuestras almas. De eso se trata la gratitud, de tener fe, la certeza, que al regresar para agradecer el bien recibido, el bien se multiplicará de maneras insospechadas para todos los involucrados y se hará una onda expansiva que alcanzará a muchos. De eso se trata agradecer, de multiplicar el bien, de valorar el bien, de expresar el sentimiento universal de bondad que Dios grabó en nuestro ser interior, como una cadena en la que cada eslabón se convierte en un multiplicador. 

Seguramente Jesús se entristeció al ver que los de su nación, su misma gente, no regresaron a dar las gracias. Sin embargo, aquel samaritano se postró ante sus pies. De igual manera, puede suceder en nuestra vida. A veces nuestra propia gente no valora todo el bien que hemos podido ofrecerle; mientras hay otros, lejanos, de quienes quizá no esperábamos nada, que regresan profundamente agradecidos y nosotros sentimos que lo que teníamos que hacer, eso hicimos. Pero, aquellos a quienes el alma ha amado más, dan por sentado el amor con todo su bien. 

Y al escribir estas palabras me imagino a Venezuela, quizá como una mujer que parió una tierra plena de todas las bondades de la creación excelsa de Dios para que hubiera siempre provisión para todos. Una mujer que abrazó en su seno hijos de todas las razas y de todas ellas parió una. Una mujer que hoy llora la tristeza de sus hijos hambrientos, el despojo de sus riquezas, la soledad de millones de hogares sin hijos. Una mujer, una tierra, que necesita que sus hijos, como aquellos hombres con lepra, clamen a Dios por sanidad; y como aquel hombre que regresó, se postren a los pies del Salvador para agradecer y ser sanados del alma.

«Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro.” Albert Einstein.

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