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Agro venezolano, historias para el siglo XXI

Gioconda Cunto de San Blas

En el relato bíblico, el episodio de Abel, pastor de ovejas que ofrece al Señor el sacrificio de los primogénitos de sus ovejas y Caín su hermano, agricultor que entrega como ofrenda frutas y verduras, llega a su clímax cuando, implacable, ese dios severo y sangriento acepta las dádivas de Abel, despreciando las de Caín quien, en un arranque de celos, mata a su hermano menor.

Yo, irreverente, digo que Caín, al dedicarse a la agricultura unos 10 a 12 mil años atrás, rompió su dependencia con el dios iracundo y abrió el camino hacia el sedentarismo que hizo posible el asentamiento de la población en ciudades, dando alas al nacimiento de la cultura, al desarrollo de las capacidades del hombre según su libre albedrío, a la civilización, dejando atrás la vida errante de Abel.

En ese proceso agricultor, los descendientes de Caín comenzaron a experimentar con los pastos que encontraban, separando aquellos en los que veían un mejor grano, una mayor espiga; en fin, los agricultores emprendieron sin saberlo un trabajo de domesticación y mejoramiento genético que hizo posible, unos 8 mil años atrás, el surgimiento del maíz (ahora sabemos que por mutaciones en cinco regiones del genoma) a partir del minúsculo teozintle en las tierras mayas, o el de la papa y sus infinitas variedades en el altiplano quechua, por citar solo dos cultivos originarios de tierras americanas.

El mejoramiento genético usado por nuestros ancestros a través de los siglos puede hoy en día ser acelerado por procesos biotecnológicos o de ingeniería genética, bajo estricta regulación (el Protocolo de Cartagena es uno de esos instrumentos legales) a fin de evitar usos indebidos o perjudiciales. Ellos sirven para lograr una mayor producción y paliar el hambre a menor riesgo ambiental; o una protección contra plagas; o la introducción de un suplemento alimentario beneficioso, entre muchos otros provechos, como se ha documentado para la soya, el arroz, el maíz, el tomate, por citar unos pocos cultivos modificados de amplio uso. Además hay alimentos que se han “transgenizado” naturalmente, caso de la batata que adquirió genes de Agrobacterium en forma natural. Hoy en día, a nivel mundial 80% de los cultivos de soya, dos tercios de algodón y un tercio de maíz son transgénicos.

Todo esto viene a cuento porque las dramáticas declaraciones recientes de directivos de Fedeagro (Confederación de Asociaciones de Productores Agropecuarios de Venezuela) indican que la producción nacional de maíz ha caído 65% en los últimos 10 años, en parte porque la compra en el exterior de semillas certificadas (no transgénicas, mejoradas por procedimientos convencionales) ha sido reducida a un magro 16% de lo necesario para cubrir la demanda nacional. Así las cosas, el autoabastecimiento nacional de maíz hoy representa apenas 26%, a lo que se suman 34% de arroz, 24% de caña de azúcar y 26% de café.

De tal manera que cuando la pesadilla “revolucionaria” acabe, habrá que reconstruir el agro de manera acelerada para impulsar el progreso. El Plan País para el sector agrícola no podrá circunscribirse a aspectos económicos y legales, subsidios, compra de maquinaria, todos ellos indispensables, sino también a adquisición de conocimiento, investigación, tecnologías, aplicaciones surgidas de las instituciones académicas y universitarias, emprendimientos basados en tecnología, que hagan posible el resurgimiento del sector agrícola a tono con el siglo XXI, en función de lograr la producción de semillas certificadas nacionales, mejoramiento genético para un crecimiento más rendidor, ingeniería genética para erradicación de plagas fitopatógenas, entre muchas otras posibilidades, bajo el marco legal que nos ofrecerá la nueva Ley de Semillas, ya aprobada por la Asamblea Nacional y en espera de un cambio de aires políticos para su ejecútese.

Al igual que los mayas de antaño, también nosotros somos “hombres de maíz”, como ellos se llamaban a sí mismos cuando hacían mejoramiento genético del teozintle de forma empírica. Solo que ahora tenemos la oportunidad de hacerlo con procedimientos científico-tecnológicos ya establecidos, que harán posible una recuperación más veloz del aparato productivo agrícola nacional, si nos proponemos.

Hay quienes se resisten al empleo de estos métodos, tal vez por desconocimiento de sus fundamentos y de las regulaciones estrictas que los rigen, quizás por ignorar que desde tiempo inmemorial estamos consumiendo alimentos modificados genéticamente. Pero como dice el Premio Nobel en Química 2009 Venkatraman Ramakrishnan, “para alguien como yo, que ha crecido en India, esas resistencias se ven como cosa de gente que nunca ha conocido el hambre”. Vale también para Venezuela. Es mucha la hambruna entre nosotros.

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