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Agustín Castro y Agustín Portillo: Infancia Interruptus (I)

Eduardo Planchart Licea     

Entre el verdor de los jardines de la Casa Lamm en México D.F,  tuve mi primer encuentro con la obra de Agustín Portillo. Cuadros pintados al óleo en gran formato sobre personajes del entorno mexicano, recreados por el artista a partir de las páginas sociales de los medios impresos, en una fusión de caricaturismo y expresionismo que deformaban los gestos del rostro. José Luis Cuevas llamó a estas intervenciones «tumores», lo cual no estaba muy lejos del sentido que deseaba transmitirles el propio Portillo, pues eran realizados con humor y en un contexto de celebración social. En su forma de pintar se percibía un clima de rebeldía, de búsqueda de un camino propio, pues pintaba con un estilo que iba a contra corriente de las tendencias dominantes en las artes visuales mexicanas. Fue, en fin, un autodidacta que llegó al arte sin siquiera desearlo.

En el año 1997 al término de mis estudios en la UNAM, regresé a Venezuela y seguí el trabajo de Agustín Portillo a través de la red hasta hoy. Es sorprendente cómo ha girado su temática, y de aquellas obras inspiradas en la vida social, como una vía para reconocerse a sí mismo inmerso en la trama social que lo rodeaba, en Infancia interruptus, concebida en compañía de Agustín Castro ―artista de sólida formación que ha indagado en los diversos lenguajes pictóricos de la historia del arte para crear un collage conceptual en su estética―, se habla acerca de los horrores que viven  los niños de la calle: maltratos por la violencia interfamiliar; abusos sexuales por parte de sacerdotes y proxenetas; lanzamientos al vacío del techo de la bestia por los coyotes; muertes por hambre; mutilaciones de genitales y sacrificios de la niñez edénica por una cruel realidad que no tiene fronteras. Parte de esta serie, que pone a prueba a cuatro manos y un cerebro, se muestra por primera vez en el Museo José Luis Cuevas de Ciudad de México, integrando la exposición Congruencias miméticas: Agustín Castro y Agustín Portillo (2016).

Ambos creadores logran aquí otro nivel de la indagación estética, al sumergir su temática en la tragedia de los niños y sus dolorosas errancias: supervivencias entre carros, tanquillas, callejones, vecindades, techos de trenes, fábricas o atrapados entre crueles tradiciones, son miles, quizás millones, los infantes cuyos sueños han sido truncados. El resultado plástico es un imaginario desconocido e ignorado nacido entre los laberintos del planeta, que se mueve en una vida salvaje con sus propios códigos y valores como el rostro alterno de la civilización.

Se atrevieron los AGUSTINES a dar este giro a su temática e ir más allá de sus egos, una de las fortalezas de la acción creativa, para iniciar una nueva etapa en su recorrido profesional y materializar un nuevo género pictórico. Figurativos ambos e interesados en el tema urbano, cada uno con sus diferencias estilísticas y conceptuales, los artistas salieron de sus zonas de confort para enfrentar sus lenguajes, fusionarlos y lograr otra manera de pintar. Son más de cuatro años en esta aventura creativa en la que cada pieza conjuga estilos bajo el eje central de recrear la abismal cotidianidad y los imaginarios de esta infancia  interrumpida, apoyados en el fotografismo de los medios impresos, su afición conjunta por el cine, así como en los discursos visuales del ciberespacio, los cuales han empezado a formar parte de la vida de los habitantes del planeta. Al conjugar sus creaciones brotó un nuevo estilo, donde los rasgos de cada uno se influyen y transforman creativamente. Así, el arte pop de Portillo, donde la palabra recuerda la estructura del comic, se convierte en una narrativa pictórica gracias al uso magistral de la perspectiva y las atmósferas de Castro.

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