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Anomia, barbarie

La semana pasada, la mayoría de los venezolanos fuimos sorprendidos —y todavía estamos asqueados— por las terribles escenas que circularon profusamente por los medios sociales, en las cuales unos facinerosos decapitaban, mientras todavía respiraba, a un desafortunado que sufrió la calamidad de ser capturado por ellos en la zona fronteriza del Táchira.  Después vimos las fotos donde aparecen otros cadáveres mutilados en lo que sin duda es la resultante de la vesania imperante.  Las voces que acompañan las imágenes dejan claro el objetivo que buscan los autores: enseñorearse en esa región para administrarla a su buen saber y entender, independientemente de nacionalidades y soberanías en juego. Bajo un supuesto deseo de corregir las acciones corruptas de las autoridades, lo que se oculta es el afán de posesionarse de áreas en las cuales pueden cometer sus fechorías con más impunidad de la que ya han gozado.  Con la aquiescencia del régimen que nos acogota.

Porque ya, desde hace bastantes años, es un secreto a voces que los capitostes rojos les dieron luz verde a las guerrillas colombianas para aposentarse en nuestro territorio y, así, dotarlas de un refugio que les sirviese para evadir las acciones de las fuerzas militares colombianas, descansar, reaprovisionarse y pasar nuevamente la frontera para proseguir sus operaciones contra la estabilidad de ese país.  El presidente Uribe, hoy tan denostado, le mostró, públicamente, en un foro internacional, al pitecántropo sabanetense varias fotos de los campamentos guerrilleros en áreas del sur del lago.  También es muy sabido que, desde hace años, los comandantes de puestos fronterizos en Amazonas dejaron de patrullar partes de su jurisdicción por las amenazas de los líderes guerrilleros asentados en ellas.  Esas facciones irregulares han llegado hasta a minar porciones del territorio nacional y a asesinar a individuos de nuestros cuerpos armados —sin que haya habido una respuesta contundente y coordinada de los militares, compañeros de armas de los muertos.

Si eso no es anomia, pues se le parece bastante. La ausencia de la Ley (con mayúscula) es palmaria en las fronteras.  Los lugareños solo ven a nuestros uniformados cuando van dándole escolta a las cisternas de combustible que sus jefes pasan de contrabando, siendo que debieran ser quienes impidieran esa sustracción de bienes subsidiados y, ahora, muy escasos.  Ellos son los principales responsables, junto con los cabecillas del régimen, de la degradación y hasta la carencia denormas sociales en la zona fronteriza.

Pero es que la anomia ahora —por lo que nos demuestran los videos recientes—viene con otro aliño: la barbarie más absoluta.  Nunca en el pasado venezolano, ni siquiera en las guerras que abundaron en el siglo XIX —excepto en los tiempos del Boves original— habíanocurrido hechos tan abominables.  Cuando veíamos las escenas, en años pasados, de las decapitaciones en masa realizadas en el Irak y Siria por los vehementes seguidores del ISIS, dábamos gracias a Dios porque nosotros ya no estábamos en los tiempos oscuros del medioevo y más atrás, como parecían estar los recalcitrantes partidarios del islamismo más fanático.  Debe ser que se les olvida que uno de los patronímicos de Alá es: “El Misericordioso”…

Salgo de la digresión.  Decía que pensábamos que ya estábamos viviendo en una región civilizada, que había dejado atrás las monstruosidades y sadismos sectarios. Pero, no; estábamos equivocados.  Lasfechorías, los desenfrenos, los absurdos sectarios siguen vivos.  Como explicaba más arriba, por la incapacidad de un régimen y una cúpula militar que se aferran al poder para seguir gozando de sus mieles —las más de las veces, mal adquiridas—, que no para ejercerlo en búsqueda del bien común, ni para hacer que el país progrese.  Eso es criminal en grado sumo.  Esa desidia en el cumplimiento de las atribuciones que les impone la Ley es criminal.  Tarde o temprano deberán responder por esa incuria voluntaria que ha causado demasiadas víctimas mortales en estos veinte largos años.

Sospecho, creo, que la oficialidad media y subalterna desea actuar; que entiende que es su obligación hacerlo; que no puede sentirse representada por unos mandos claudicantes ante la conveniencia partidista y el afán de riquezas; que no es patriótica esa mojigatería que solo se manifiesta de boca para afuera, pero que nos está dejando sin país.  Una prueba palmaria de lo que afirmo la encontramos cuando los del ELN llegaron hasta el malhadado arco minero y mataron a una docena de venezolanos en el centro de Guayana.  No hubo, no hay todavía, una respuesta contundente, orgánica.  Solo escuchamos unas frases tímidas del mofletudo usurpador; expresiones que más bien parecían dirigidas a disculpar a sus paisanos de más allá del río Táchira; a sus cofrades del Foro de Sao Paulo.  Y, muy presumiblemente, a sus socios en aquello del contrabando del oro y la droga.

Lo que vemos en gran parte del país, desde los bloques del 23 de Enero, hasta las junglas del Catatumbo; desde las cangilones dejados por la minería en Guasipati hasta los médanos de la Guajira, es una presencia nefasta de matarifes que no son confrontados por la autoridad; es la vigencia de Carujo en el siglo XXI.  Y esto no debe continuar.  Se requiere que los mangantes —en la tercera acepción del término— renuncien antes de que los defenestren, y sean relevados por un gobierno de veras, donde abunden las personas de bien, con conocimientos y, sobre todo, con voluntad de hacer lo correcto por el país.  A eso, debemos apuntarle todos…

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