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Armando Reverón: El Arte como Ritual

Eduardo Planchart Licea 

La vida interior de Reverón (1989-1954) está ligada simbólicamente a la tensión entre la luminosidad  y  la   oscuridad, a la parte superior; y  la parte inferior del cuerpo, que lo une a lo terrenal, a  las pulsiones sexuales, que desea alejar de sí cuando pinta. Está germinando en el hombre del castillete una visión de la realidad que lo sumergirá en lo numinoso:

“Dios es uno mismo. El Hombre es Dios”.  (Testimonio, Ugalde, M. 1979:21)

Su obsesión por sacralizar su entorno se representa por  lo laberíntico del “Castillete”, en las aberturas de la tierra, en  crisoles telúricos como lo es la despensa, especie de cueva artificial con reminiscencias de rituales mitraicos, donde el artista descansa en ocasiones. Los materiales de construcción como la roca se asocia al alma, a lo permanente, a lo trascendente confrontados a la madera y las palmas vinculadas al devenir, al paso del tiempo;  dualidades que materializan  la  lucha  entre la materia y el espíritu dualismo que busca sumergirse en  la  trascendencia a través de la coincidencia de opuestos que se da en su  cotidianidad  y  en  su obra.

Su corporeidad marcada, fragmentada entre el arriba y el abajo, lo superior y lo inferior, lo puro y lo impuro.., son dualismos simbólicos que se materializan en su acción creativa. Y   generan conductas rituales   al pintar, que logran adentrarlo en la incandescencia de lo éxtatico.  Al ceñir fuertemente su cintura con correas, o amarres,  desea no contaminar con las pulsiones inferiores la acción creativa. El valor que le da a las categorías sacras de la contaminación y descontaminación, se evidencian cuando alguien lo tocaba. Mientras pintaba se lanzaba al suelo y se acostaba en él, boca arriba, pues había sido  ensuciado su estado espiritual  a través del cual  plasmaba la luminosidad caribeña. Esta tensión no sólo se expresa visualmente en el dominio de la luz en su obra, sino en sus pinceladas casi etéreas, en las cuales las líneas y el color se desdibujan. Así se va percibiendo la estructura iniciática de su proceso creativo, rituales personales que le ayudan a entrar en el trance creativo-numinoso, que acompañan ese renacer de su ser que se va dando en su vida y obra.

“Era un hombre con una información espiritual muy importante. Practica una especie de religión propia. Antes de pintar cogía un mecate y se lo amarraba a la altura del ombligo y se apretaba la cintura porque decía que el espíritu del hombre estaba de la cintura hacia arriba y también se hacía silicios. Tomaba piedras del mar y se frotaba los brazos y el pecho hasta sacarse la sangre. Siempre se veía todo rasguñado por el silicio que se hacía para llegar a un estado espiritual mágico, antes de comenzar a pinta ”. (Gerbasi, V. Imagen. 1989, Mayo: 23)

La parte superior del cuerpo para el pintor   representa la pureza, la búsqueda de la luminosidad,  que  materializa en sus pinturas. El dualismo que  opone a  lo celeste,  lo lumínico, lo solar  es  lo  telúrico, lo lunar;  y se encuentra representado en  cosmovisiones  de culturas ancestrales, como los Kogi de Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, quienes perciben el equilibrio del  cosmos, entre  Mu (=vagina) que se asocia a  los colores claros, el  este, lo solar, la derecha, el arriba, y lo femenino; opuesto y complementario a  Se (=pene) simbolizado en  los colores oscuros, al oeste, lo lunar, la izquierda y el abajo. Estas categorías  se expresan en su comportamiento,  cuando se encontraba recluido en el sanatorio San Jorge: “…hablando continuamente, ejecutaba movimientos circulares, girando sobre sí mismo, alternativamente hacia la derecha y la izquierda…Girando a la derecha decía: ¡Ahora soy hombre! Girando hacia la izquierda decía: ahora soy mujer”. (Testimonio del Dr. Báez Finol)

Entre estos comportamientos  rituales también se manifiesta la búsqueda del recalentamiento místico a través de la danza; y la búsqueda del silencio al usar tapones en los oídos;  la desnudez era otra de estas categorías.  Así,  al estar descalzo  tenía  contacto directo con la tierra, uno de los elementos que pintaba, y al usar  en ocasiones un guayuco tenía contacto directo con la atmósfera  esto   transformaba   el proceso creativo  en una experiencia  de empatía cósmica. Juan Liscano (1915-2001) enfatizó en su testimonio  la relación entre algunos procesos creativos de Reverón y la alquimia.

“El pintor se atavía con su guayuco de cañamazo, fijándose fuertemente la cintura, esconde bajo la tarima sus alpargatas y se queda descalzo. Saca de una de las cajas dos palitos, forrados en cáñamo y se los atornilla en los conductos auditivos para poder concentrase en su mundo interior. Se acuesta en el suelo boca arriba, y las piernas encogidas y las manos debajo de la cabeza en una invocación…entorna un poco sus ojos como si quisiera ver más allá de los contornos de las cosas, y empieza a pelear con la tela hasta matar en ella los colores vivos…” (Santana, Emilio 1969:100)

En ocasiones, mientras pinta, al lado de su mono Pancho un elemento más de acercamiento e identificación con la naturaleza, a su vez profundiza el proceso de sacralización del espacio con el mundo objetual que crea como el piano, el teléfono, y sus muñecas hechos con materiales efímeros, recreación de una mitología creativa, al crear su propio Edén, regido por su visión del mundo.

Se comporta como un demiurgo, desarrollando una cosmovisión personal, donde él y el cosmos son uno, tal como se manifiesta con la tolerancia que tenía hasta con los gusanos que devoran su piel ulcerada. En ese periodo se acerca nuevamente a la muerte, el fallecimiento de su madre, que en el plano simbólico ya ha vivido, en su época oscura desata una profunda crisis: Sin embargo, ni la psiquiatría, ni el sanatorio le impedirán seguir la  búsqueda de transformar su proceso creativo y su vida en una religiosidad personal. Sus rituales siguen brotando, y en ocasiones toca la tela donde va a pintar como si fuese un tambor  hasta que llega el momento de crear, gesto que recuerdan los compartimientos chamánicas, anhela con obsesión revivir en sí lo  sagrado. En ese tiempo y espacio, las barreras entre el adentro y el afuera se podrían haber roto, entre la consciencia y el inconsciente, entre los dioses y los espíritus auxiliares que invaden su cotidianidad.

Algunos de los signos del compartimiento del pintor del litoral, tienen relación con casos similares atendidos por C.G. Jung, tal como lo evidencia una conversación sostenida por Armando y Alejando Otero: “…Me habló de unas culebras que desde dentro le llegaban a la garganta”. (Imagen. Mayo 1989:13)

El artista de la luz revive en sí procesos propios del tantrismo, donde la serpiente enroscada simboliza la energía ubicada en el plexo solar, que al desenroscarse por técnica extáticas, comienzan a despertar los centros energéticos de esta fisiología mística. Casi de manera simultánea, retornan en su obra los sepias y las texturas. Es un regresar a lo telúrico, donde se funden la materialidad y la inmaterialidad en sus pinceladas. Esta atmósfera se expresa en  pinturas,  como  el Desnudo detrás de la  Mantilla, 1946,  que nos recuerdan a las diosas madres paleolíticas, vinculadas a la fertilidad y los ciclos lunares, y esto se materializa en obras donde pareciera tramar la inmaterialidad como son sus cuadros de playas y las mantillas que teje.

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