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Aún no ha terminado marzo

Alfredo Maldonado

Mes que los romanos dedicaron al dios de la guerra, Marte. Cuando el prepotente –aunque culto y además militar exitoso, rara coincidencia- Cayo Julio César, tirano de Roma, acudía al Senado, se encontró frente a frente con el adivino que le había advertido que se cuidara de los Idus de Marzo pues sería asesinado, César sonrió y le hizo ver burlonamente, “ya estamos en los Idus de Marzo”. A lo que el adivino, sin sonrisas, le aclaró: “si, pero aún no han terminado”.

Al entrar al Senado minutos después, fue rodeado por senadores comprometidos quienes lo cosieron a puñaladas. Murió tal como le había sido advertido, y se desató una guerra civil que derivó en el primer emperador romano, Octavio Augusto –quien nunca aceptó el calificativo público de “emperador”, pero gobernó con mano firme a Roma y su continua expansión durante 40 años, hasta su muerte, y le siguió la sucesión de emperadores a cual peor con excepciones, varios de ellos militares brillantes pero malos gobernantes, muchos simples corrompidos por la decadencia romana, uno que otro constructor o culto.

Avanza este marzo de 2019 y Maduro no cae ni renuncia pero pareciera que cada día gruñe más y gobierna menos mientras que los gobiernos de China, Rusia, Corea del Norte, México, Italia, Cuba, Nicaragua, Suráfrica, Bolivia  y la izquierda y los secesionistas españoles afirman que lo defienden mientras el resto del mundo, y particularmente las economías más avanzadas de Latinoamérica excepto México, Europa menos Roma, Estados Unidos, Canadá, Japón y casi todo el mundo reconocen como Presidente y gobiero a Juan Guaidó, quien está utilizando este mes de marzo para consolidar su fuerza popular. En el primer grupo de países hay que pensar que su apoyo es asunto manejable porque no es cuestión de ideología ni de defensa de la democracia, sino intereses prioritariamente económicos de la segunda potencia mundial, que necesita el petróleo que la incompetencia y la corrupción maduristas producen cada día menos, y que les paguen las decenas de miles de millones de dólares que les deben, y la mayor potencia con economía de tercer mundo, por su parte, duda entre molestar a Estados Unidos para poder seguir pareciendo “el otro”, y en sostener su permanencia en la producción petrolera venezolana –inferior a la que esperaban y ya sin esperanzas de Citgo porque  Washington y el nuevo jefe Juan Guaidó difícilmente permitirán que la deteriorada pero siempre gran empresa siente rusos en su junta directiva- y ver si logran cobrar los miles de millones de dólares que también se les debe. Sólo Juan Guaidó y Donald Trump, de mutuo acuerdo pueden asegurar esas negociaciones.

No termina aún marzo mientras la electricidad y el agua –y ahora también los incendios en el Ávila- siguen siendo víctimas de sabotajes, y la oposición sigue activa detrás de Guaidó aunque algunos dirigentes metan la cola para que no los dejen tan atrás. El problema es que quien quiere dejar atrás a los dinosaurios veteranos y los velociraptores cebados no es tanto Guaidó como la gente, los ciudadanos, los que se han calado veinte años de protestas fracasadas, negociaciones y diálogos retorcidos y nada exitosos y una tiranía que crece en inutilidad, perjuicios, crueldad y furor.

Sigue marzo y el tiempo que le queda da mucho para recorrer el país y reproducir concentraciones extraordinarias como la reciente en Valencia. Tengo una gran curiosidad por saber cómo estará Maracaibo.

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