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Autopsia de Maduro por Zoom

El chavismo vive el peor momento comunicacional de su historia, encerrado en una sintomática sesión de Zoom, por mera obligación ante las muertes de varios de sus dirigentes y camaradas populistas.

Atrás quedaron aquellos días donde se gastaba un dineral en cadenas, eventos, mítines, manifestaciones, ruedas de prensa.

Las transmisiones en vivo cuestan bastante plata, más cuando involucran la movilización de las bases carenciadas de la revolución, a punta de autobuses, becas, incentivos económicos, bonos de alimentación.

Organizar un encuentro supone la inversión de un dinero actualmente desaparecido y administrado con criterios de escasez severa.

En consecuencia, Maduro debe recluirse en un su bunker de Miraflores, apenas acompañado por Cilia Flores, para dar su parte de guerra a través de una precaria videoconferencia con los cuadros diezmados del PSUV.

La pantalla dividida nunca lució tan opaca, triste, pixelada y funeraria.

De manera involuntaria, el poder rojo escenifica el velorio no solo de Darío Vivas, a quien despiden entre loas con un falso espíritu de victoria, sino de toda una forma de encubrir el colapso de la nación con el pan y circo de la televisión.

Vemos el entierro, el réquiem, la sepultura de la bonanza audiovisual del régimen, sometida por las cifras del estallido de la pandemia en Venezuela.

El contraste con la imagen arrogante y diáfana, de principios de la cuarentena en marzo, es brutal y no se puede ocultar con un simulacro de VTV, cuyo índice de audiencia revela el nulo rating de la dictadura por redes sociales.

En Youtube la transmisión del día 17 de agosto cuenta unas pírricas miles de visualizaciones, alcanzando un pico morboso por la reaparición de un Diosdado en mal estado, tras sufrir el karma de una enfermedad que negó desde la tribuna altanera de “Con el mazo dando”, programa que todavía sigue fuera del aire.

Ahora Cabello habla bajito, con la cabeza gacha, como golpeado por la vida, intentando disimular un rostro demacrado que expresa el declive estético de su culto a la personalidad.

Dedicado en honor al muerto por covid-19 Darío Vivas, el inicio de campaña de Nicolás resume un puñado de cuestiones irreversibles: el estancamiento del discurso oficial, el reciclaje estereotipado de las mismas caras del partido comunista, el miedo al contagio, el fracaso de la batalla de la izquierda contra el Coronavirus, el mínimo esfuerzo de producción que se despliega porque conocen los resultados electorales de antemano y les da perfectamente igual preservar la calidad del contenido, celebrando la marginalidad de la propaganda endógena.  

Si ayer conservaban cierto decoro, para alardear, en agosto del 2020 trabajan con el piloto automático de un community manager perezoso, ausente de talento, desbordado por la situación, dando lugar a un mensaje decadente, menguado, alicaído.

La crisis creativa desnuda un bloqueo mental y gerencial que ya no puede salvar el carisma de un líder fuerte.

La gente sencillamente cambia de canal, porque le aterra reflejarse en el espejo invertido de un retrato de Dorian Grey que en vez de mostrarse optimista y rozagante, como el video de un joven feliz que baila por Tik Tok para desafiar a la parca, se aferra obstinadamente al cliché de un álbum de cromos desdibujados, cadavéricos, desfasados, cual galería burocrática de fotos del carnet de la patria. 

Recientemente descubrí un situación similar en la película definitiva del terror del confinamiento, una pequeña obra maestra titulada “Host”, en la que unos chicos participan en una sesión de espiritismo por Zoom, sufriendo “El destino final” de una clásica cinta gore de los ochenta.

Al principio arranca el trámite con petulancia e insolencia millineal. Pero luego los protagonistas despiertan al constatar que su actitud engreída y pedante alteró el orden de los factores, invocando a unos demonios que proporcionan un castigo de dimensiones de plaga bíblica.

Es una metáfora perfecta de la influencia de la infección letal, en el tiempo de quédate en casa, llamando a tus amigos por conferencia virtual.

Salvando las distancias, así van y así son las últimas transmisiones de Maduro.

Al sur de la frontera meets The Purge.

Finalmente, les propongo comparar con la situación de los presidentes de la región. Conseguirán algunas diferencias importantes en diseño, escala, formato y resolución de pantalla.

Mientras la boliburguesía se atrinchera en una perenne sesión de Zoom de amateurs de la guerrilla de la comunicación, Trump sale a buscar votos delante de cientos de simpatizantes, protegidos para la ocasión, arriesgando el pellejo al aire libre.

Donald asegura que de ganar Biden, Estados Unidos será otra Venezuela.

Esperemos que USA no termine como nosotros, conducida por una banda que se esconde detrás de un teléfono y un Live de demagogo de apartamento, de guapo del teclado, de hater, y ni siquiera, pues los lobos parecen un desfile de corderos asustados por ser las próximas víctimas de la epidemia.

Hasta los bobos de Amlo y Alberto Fernández aparecen grabados con cámaras de verdad, en remedos de las alocuciones del Hugo Rafael de comienzos de Aló Presidente.

Por defecto especial, Zoom notifica que el Gran Hermano de la Constituyente está desaparecido en acción.

Es un Zoombie de una pesadilla eterna, en bucle, que hay que superar. Los boomers castristas andan chorreados en nuestra isla.

¿Sabrá Guaidó que de salir a entregarse al asfalto, con las medidas del caso, subirían automáticamente los niveles de su share hundido, recuperando terreno perdido, confianza y cercanía con el dolor de los demás?

Juan y la oposición no pueden continuar comportándose como lo que adversan, como un grupo de influencers asustadizos en un bootcamp de Google Meet.

Que los políticos reales se animen. Es su hora, muchachos de la generación de relevo. Ustedes pueden ser la vacuna.

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