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Bolsonaro Calha Norte

Alfredo Maldonado

Vamos a estar claros, el apabullante triunfo electoral de Jair Bolsonaro en Brasil, es una señal estremecedora para Venezuela como país y para el Gobierno de Nicolás Maduro como régimen de Caracas y La Habana. No sólo porque representa una especie de cierre de tenaza de la derecha alrededor de la izquierdizada y empobrecida Venezuela, sino porque Brasil, lo aceptemos o no, nos guste o no, con Lula Da Silva o sin Lula Da Silva, con Foro de Sao Paulo o no, ha sido siempre imperialista.

A muchos venezolanos todavía eso de “imperialismo” les suena a mentirijilla política, a película sobre desembarcos de los Marines estadounidenses con John Wayne, Sylvester Stallone u otro más joven al frente o a aquellos ingleses con elegantes casacas rojas cascos y blancos en la India.

Otros se limitan a ver el imperialismo sólo como una cuestión económica, como gringos abusadores que imponen precios desde Nueva York o Chicago sin importarles un bledo cuánto gana realmente un buen venezolano fascinado por Chávez. Aceptan, o simplemente dejan pasar, esa solemne pendejera de la “guerra económica” de unos extranjeros necios que querrían derrumbar al Gobierno del pueblo subiendo los precios de tal manera que el pueblo no pueda comprarlos. O tal vez con otros métodos, como los recientemente descubiertos claperos en México.

Todas esa películas, cuando son ciertas, puede que sean expresiones de imperialismo, pero no son imperialismo. Un Ford que sale de Detroit cuesta 30.000 o 40.000 dólares en esa ciudad, en Nueva York, en Cairo, Jerusalem, México o Kuala Lumpur. La diferencia no la hace la Ford que quiere vender sus carros sea cual sea el régimen de gobierno de un país mercado, la diferencia la hace la forma de pensar del gobierno de cada país y la real capacidad de compra de su moneda.

Que es, justamente, la tragedia venezolana, un régimen que arruina su propia moneda y después pretende vestirla de dama de gran nivel.

El imperialismo verdadero no es sólo una cuestión económica, es un pensamiento de expansión. Una guerra imperialista, por ejemplo, fue la Segunda Mundial desde la perspectiva japonesa, pues Japón necesitaba urgentemente crecer en el Pacífico y alrededores para alojar mejor a su creciente población, y para asegurar zonas de producción petrolera. Imperialismo fue el nazi encabezado por Hitler y sus asesinos racistas, pero es una historia de ambición y locura más que de imperialismo filosófico. Estados Unidos tuvo una historia de imperialismo cuando se lanzó en la carrera de expansión al oeste, y arrasaron con todo lo que encontraron la mayor parte de las veces sin tantas batallas, simplemente con el ferrocarril, ganaderos y granjeros, los verdaderos desplazadores de los indios, muchos más que el 7° de Caballería. Y con errores de los jefes mexicanos que terminaron perdiendo en manos de norteamericanos de todos los orígenes Texas, Arizona, California, Nevada, Nuevo México que recuerde ahora. Después Washington impuso las leyes y “admitió” esos estados en la Unión.

En América Latina hay muy poco de imperialismo, aunque ha habido guerras más feroces incluso que las de independencia, como la de Brasil, Uruguay y Argentina contra Paraguay –y no pudieron derrotarlos-  y guerras en la costa del Pacífico por cuestiones fronterizas.

Pero en este continente los verdaderos imperialistas han sido los brasileños, los militares y los gobiernos por filosofía, los mineros y leñadores por codicia. Para los militares brasileños es asunto de principio estratégico ir ampliando fronteras incluso moviendo silenciosamente los mojones fronterizos, y mantener programas muy bien pensados y diseñados como Calha Norte, que se extendía por 6.500 kilómetros de la frontera norte entre ese país y Venezuela y Colombia, un área capaz de sostener a 2 millones de personas.

En tiempos del segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez ya había una bien organizada presencia militar brasileña en la frontera entre los dos países, donde del lado venezolano no había nada excepto algunos hippies que esperaban allí visitas extraterrestres, y en el brasileño una gran planta eléctrica y un completísimo campamento militar y más allá Boa Vista. Esa área no ha dejado de crecer incluso con suministro eléctrico desde Venezuela provisto por la megacentral venezolana en el Orinoco, dénle un vistazo al mapa y entenderán la magnitud de ese servicio que paga Brasil puntualmente –cuando consigue a quién pagarle porque a veces ni siquiera eso hace bien el Gobierno venezolano. Porque del lado brasileño de la frontera guayanesa el crecimiento no se ha detenido, y son los militares de allá los que están recibiendo, atendiendo y redistribuyendo a los emigrantes que huyen de acá.

El imperialismo brasileño no es cosa nueva ni es un simple capricho, es una estrategia oficial y militar, y ahora llega al poder, arropado con una aplastante mayoría que incluye clases medias y bajas, un exmilitar que no esconde su ideología de derecha y un nuevo, como se diga en portugués, Brasil uber alles.

Razón tenía Nixon, si no recuerdo mal, cuando afirmó -¿alentó, advirtió?- que hacia donde se inclinase Brasil se inclinaría Latinoamérica. Brasil ha sido con prudencia y astucia, y con una diplomacia inteligente y densamente formada y profesional, la primera potencia latinoamericana y una de las grandes del mundo. Sin Brasil no hay Mercosur, sin Brasil se esfuma el fracasado y parlanchín Foro de Sao Paulo, sin Brasil incluso los Estados Unidos y Mar-a-Lago están muy lejos.

Y ahora en Brasil, que se está haciendo popular como puerta de huida de miles de venezolanos, ha llevado al poder a un claro y firme representante de su fuerza y su convicción imperialistas.

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