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Caos (rojo) con olor a gasolina (verde)

La burocracia se trago al gobierno. En consecuencia, devino en un exagerado y grosero burocratismo que terminó urdiendo a Venezuela entre los más funestos ejemplos de lo que puede contener una dictadura por dentro. Tan craso problema, convertido en insoportable crisis política, económica y social, y que jamás se pensó fuera a radicarse en las entrañas de un país de aferrado apego democrático como Venezuela, ha contado con los elementos de carácter estructural que han hecho posible la transición entre realidades de opuesta condición.

Primero, fueron razones de factura político-ideológica las causantes de algunas fracturas cuyas escisiones dejaron al descubierto graves distorsiones acumuladas a consecuencia de fallos que venían alterando la institucionalidad en toda su composición jurídico-legal. Posteriormente, jugaron parte del entramado ciertas causas relacionadas con determinados repartos de poder. Esto hizo que se afectaran condiciones políticas y administrativas que dieron al traste el esfuerzo mediante el cual, la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, COPRE, llegó a establecer los lineamientos exigidos por la desconcentración y descentralización en su estrecha relación con la gobernabilidad requerida en la Venezuela que apostaba a su futuro, con plena firmeza, en las postrimerías del siglo XX.

Bastó que el país político cayera rendido ante la convocatoria del proceso electoral de 1998, para que el fenómeno de la “antipolítica” excediera las limitaciones que para entonces funcionaban como reguladores del comportamiento político que regía la movilidad del país en su contextualización político-partidista. Fue así como ese mismo país político, se vio confundido o ganado por una oferta electoral engañosa que supo cultivarse entre una población de escasa cultura política. Y que resultó fácil presa de prebendas que sedujeron el ego de quienes, ilusamente, apoyaron la causa militarista que para entonces alcanzó el triunfo electoral.

Desde tan palmario momento, el país entró en la vía que lo condujo al declive más trágico que la historia política puede describir. Fue así como comenzó a declinar la productividad nacional. Siendo el peor de los daños, el que afectó la industria más representativa de Venezuela toda vez que había logrado el despegue de su economía por encima de condiciones que igualmente podían ser distintivas de las capacidades de las cuales se ufanaba el país económico.

Luego de casi trece años de mal gobierno, pero particularmente en los inicios del aludido régimen, dicha industria que no era otra que la encargada de explotar y comercializar el recurso que abundaba en el subsuelo venezolano: el petróleo, cayó en desgracia. Todo a consecuencia del incipiente manejo de su estructura administrativa. Pero igualmente, como resultado de la brusca sacudida de la que fue objeto su más excelso plantel profesional, cuyo éxodo causó el más duro golpe que pudo atestársele a la PDVSA del siglo XXI.

Su estructura quedó tan despojada del conocimiento y de la dilatada experiencia adquirida, que su funcionalidad no soportó mayores exigencias. Había comenzado a ver empobrecida su capacidad de refinación, explotación, elaboración, distribución y comercialización del producto obtenido. Sus industrias asociadas, de las cuales dependía su dinámica operativa, también “hicieron agua”. O sea, presentaron signos de debilidad y fracaso. Fue lo que ocurrió con las empresas prestadoras de los servicios de electricidad. Justamente, por el problema que originó la sustracción de sus recursos económicos y financieros por parte de quienes tenían injerencia en sus operaciones. Es decir, la corrupción acabó con ellas.

Así que al cabo de veinte años de oprobiosa revolución bolivariana, encauzada por un penoso e improvisado socialismo, o a la inversa, la Venezuela presuntamente “potencia” como la calificó el agorero “plan de la patria”, se vino a pique. Naufragó su concepción determinada por la Constitución sancionada en 1999. De forma que luego de tanto discurso altisonante que enarboló banderas de libertad, paz y progreso, no se logró otra cosa distinta que la desvergüenza convertida en ejercicio de gobierno.

Hoy, lo que fue un país petrolero en toda la extensión de la palabra, se redujo a un país de migajas. De eunucos políticos. Un país que no aguanta nada pues luce consumido en medio del terreno de los cuentos “de nunca acabar” inspirado por el populismo demagógico. El realismo de la magia negra, lo achicó hasta casi desaparecerlo del mapa geopolítico que signó la dinámica política y económica en tiempos en que las realidades diferían de las actuales por las dificultades que entonces presentaban. Y sin embargo, sus niveles de productividad, eran mayores a los que ahora presenta.

Lo poco que quedó, se lo granjean quienes se ufanan de portar las armas de la República. La corrupción envolvió todo lo que la vista alcanza a reconocer. Es la característica que mejor define toda visceral dictadura. Y en Venezuela, se tiene el ejemplo más dramático de lo que esto significa. Tanto que ahora se padece de la más inusitada improductividad. En todos los sentidos. Según el discurso presidencial, cualquier bagatela vale más que la lección que puede aportar mil libros. Y es que no hay otras palabras para definir lo que es todo esto en la Venezuela del siglo XXI. O sea, el país se transformó, con la impudicia que las realidades políticas permitieron, en un caos (rojo) con olor a gasolina (verde).

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