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Carta a un pata peruano

Querido Coco:

Aún no conozco la razón por la que a los Jorge los llaman Coco en Perú, te escribo querido y fraterno amigo muy preocupado por lo que está aconteciendo con mis compatriotas en tu país. Ciertamente existen motivos que apoyan reacciones de rechazo o de repudio. En efecto, el éxodo venezolano es tan grande y desmesurado que ha propiciado la migración indiscriminada de todo quisque: médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, y otros profesionales universitarios, han emigrado junto con otros hombres de bien: obreros, carpinteros, en fin, artesanos que también son necesarios para construir país.

Sin embargo, a estos hombres y mujeres que salieron – en desbandada – en busca de un futuro para ellos y los suyos, se han sumado un conjunto de malvivientes: que atracan, roban, violan, secuestran y hasta descuartizan a sus víctimas. A ellos todo el peso de la ley. Empero, discriminar al prójimo endilgándole epítetos despectivos como veneco, sudaca, cholo, gitano, rojo, fascista, sionista, guaso, moro, negro, o cualquier otro, es además de denigrante, peligroso porque genera sentimientos irracionales. La historia proporciona horrorosos episodios que han tomado el nombre de expulsión, progromo, genocidio, gueto, campo de concentración o linchamiento.

Sabes el aprecio que te tengo a ti y a los tuyos, lo feliz que me he sentido al ver el innegable progreso de tu país, cada vez más moderno, pujante, emprendedor, conciliado, un país buenazo para vivir y ser feliz. Atrás quedaron los tiempos de mi General Velasco Alvarado, uno de los ídolos del Comandante Eterno, o de los bombazos y atentados de Sendero Luminoso, que tú mismo recibiste en tu despacho ministerial, obligándote a exiliarte con tu bella familia. Conoces bien la solidaridad que Venezuela brindó a peruanos, chilenos, peruanos, colombianos, y a tantos otros, cuando éramos un país para querer y no para sufrir. En fin, querido Coco, van estos dolidos versos de Neruda:

El destierro es redondo:
un círculo, un anillo:
le dan vuelta tus pies, cruzas la tierra,
no es tu tierra,
te despierta la luz, y no es tu luz,
la noche llega: faltan tus estrellas,
hallas hermanos: pero no es tu sangre.
eres como un fantasma avergonzado
de no amar más que a los que tanto te aman,
y aún es tan extraño que te falten
las hostiles espinas de tu patria,
el ronco desamparo de tu pueblo,
los asuntos amargos que te esperan
y que te ladrarán desde la puerta.
       

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