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Cerrando un ciclo: 50 años

“-No trates de vivir por siempre, porque nunca tendrás éxito”.

George Bernard Shaw.

ramon azocar 2Cuando se llega a cincuenta años, como estoy llegando el día de hoy (16/09/1968), y uno es un “escribidor” de oficio, es necesario cerrar un primer ciclo. Ya es un tiempo en el cual se comienza el tránsito de la adultez a la vejez y son muchas las cuentas que tiene mi Rosario por saldar y muchas las que, si no fueron saldadas, reconocer que ahí estuvieron y que lamentablemente en estos primeros lustros de cincuenta años no pude concluir como se merece. He sido una persona volátil, inmaduro, ingenuo, emocionalmente muy sensible; pero he sido un ser humano leal, respetuoso de la palabra, sumido siempre a una ideología libertaria en la que lo superlativo es la igualdad, la solidaridad y la justicia. Lo material, lo que nos ha vendido la sociedad de consumo, nunca lo compré, no he vivido apegado al dinero, menos a su influencia y sus devaneos. He visto el capital tal cual lo percibió Karl Marx, como un medio de explotación y sumisión de los valores humanos.

En este aspecto, mi frase estandarte ha sido “satisfacer mis necesidades fisiológicas y espirituales, como principio para poder sobrevivir”; es decir, mi interés ha sido vivir, mantenerme vital hasta que decida el Santísimo mi destino. Soy un anarquista creyente, y eso es raro, porque los anarquistas tienden a ser ateos; pero no he vacilado nunca en mi fe cristiana, eso me acerca a una concepción profundamente espiritual, como lo sugirió en su tiempo Osho, “invadido por los evangelios, viviendo la experiencia de Cristo”. Pero también he sido rebelde, irreverente y crítico con los valores cristianos y con los dogmas que los rigen, porque no soy conformista y ese es uno de mis connotados defectos.

Mi vida profesional ha estado ligada siempre a la literatura, primero como aprendiz de poeta, luego como poeta soñador, buscando hilvanar desde las palabras todo este paisaje de situaciones que mueven el tiempo epocal en que me ha tocado vivir. He sostenido que no pertenezco a este tiempo, mi tiempo fue el Medioevo, a lo mejor de ahí viene mi espíritu, aunque he tenido temor de corroborar, por la vía de la reminiscencia, si fui víctima de las codicias de la época.

Como ser humano común y silvestre, he tenido la dicha de tener tres hijos; Sócrates Francisco Alberto (08/12/86), mi querido “Tito”, hoy distante de mí y aún no sé por qué, ya que siempre fui sincero con él; Anshar José Eduardo (26/07/2002), adolescente que me acompaña con sus sueños y esperanzas día a día; y Alexander José Eduardo (15/03/2013), quien me da el calor necesario con su luz vital y sus tremendura. Vengo de una familia nuclear (matrimonio y dos hijos), de unos padres maestros de escuela (Ramón Celestino e Isabel Teresa), de una casta de gente con muy mal carácter, pero con el corazón a flor de piel para servir y ayudar a sus semejantes. Mi familia me inculcó la importancia de la verdad, la grandeza de ser honesto, lo hermoso de no subir escalones pisando a los demás.

En este tiempo que hoy cierra un ciclo de cincuenta años, alcancé el mayor denominador académico que uno puede alcanzar (Doctor) y me aproximé a un sueño por el cual trabajé treinta años de esos cincuenta que fue por pulir un curriculum académico para poder contribuir con la sociedad formando a los nuevos profesionales de mi país. El problema que se me presentó con ese sueño es que nunca medí el daño colateral conque vendría: una comunidad académica que en vez de aprovechar mi experiencia la han ignorado, pasando de la indiferencia al silencio. Entonces lo que fue un sueño alcanzado se convirtió en pesadilla, que me ha desmotivado y me plantea nuevos horizontes en los cuales nunca pensé llegaría a imaginarlos. Lo cierto es que me encontré con gente que no se tomó la tarea de conocer de dónde venía ni los sacrificios que significó para mí mostrar la carta académica que hoy ostento. Pero bueno, ahí está la justicia divina, a ella cedo los derechos para que juzgue con el mismo interés como estos personajes me han juzgado.

En lo referente a mi producción intelectual ha sido muy fructífera, treinta y cuatro (34) libros en los géneros poesía, narrativa y ensayo; con un número similar de artículos arbitrados de carácter académico y con varios proyectos abiertos en el área de las ciencias de la educación y las ciencias sociales. He tenido la dicha de formar a importantes personalidades de mi país, hoy, algunos, en puestos de toma de decisión política; algunos me recuerdan otros me ignoran, pero la cuenta ha sido positiva porque he servido a la gente y ese es mi mayor felicidad.

Hoy quiero cerrar este primer ciclo de mi existencia, agradecer a un ser humano excepcional, sin quien dudo hubiera podido llegar a este cumpleaños, a mi esposa Marlene Josefina Naim López, su tolerancia, su racionalidad, su cuadratura perfecta, ha dado paz y esperanza a mis pasos y eso no tiene precio en la vida de un ser humano. Es importante resaltar la huella de mi único hermano, Eduardo, un creador de grandes quilates, arquitecto de la vida, bohemio de la existencia. Su presencia ha contribuido a sentir la solidez de la compañía, a rigidez de tener los pies sobre la tierra, el conectarme desde ese idílico mundo de los sueños con la vida cotidiana y real. Él, es un materialista y yo soy un idealista, es el complemento perfecto para ser familia, porque cada uno mira la vida desde un cristal y no son aburridos nuestros encuentros, porque siempre hay algo en qué contrariar.

De amigos, tengo muchos, los tengo a todos; cada lector (me escriben mucho), cada estudiante, cada persona que con una sonrisa nos comunicamos y nos abrazamos para compartir nuestra época, son mis grandes amigos; en chiquito, en esa línea de lo personal, debo mencionar a Fidias, Adolfo, Elys, a Eliaudi, a José Luis, a Antonio, a Nicola, a Carlos y Orlando, y ahí otros, pero estos me llegan en este momento, porque son amigos de la lealtad, del respeto y la admiración mutua.

Llego a la mitad de la existencia útil de un ser humano, comienzo el camino hacia la despedida; me da tristeza por lo tanto que quiero a la vida pero es inevitable la finitud, porque la vida es un movimiento continuo hacia el descanso absoluto de la carne y el nacimiento explosivo del espíritu. ¿Tengo miedo? Si lo tengo, mucho, quién puede entender la partida como algo pasivo, es una situación fulgurante, agresiva, dura, pero real. Lo que trataré de hacer es llegar a esa finitud cumpliendo con mis principios, siendo leal a mis pensamientos, mis acciones y sentimientos; llegar a la finitud cumpliendo los deberes así la sociedad me haya negado, reiterativamente, mis derechos.

A todas estas, percibo los próximos cincuenta años (50), como el camino inevitable hacia la consolidación de todo cuanto construí y me construí, en los primeros cincuenta; asumo que ese será mi legado y es, más allá de trascender después de esta vida, mi aporte a una época que necesita humanizarse para no perecer en su esencia y borrar los grandes hallazgos de una civilización que la siento, de corazón se los digo, una civilización cósmica.

Y termino con la frase con la cual quiero pasar por esta vida, cuando pregunten: ¿quién fue Ramón Azócar? Y surge la respuesta: “Un hombre que camina por ahí…” Es la frase más profunda y humilde que llegué a leer y escuchar…Se le atribuye a Fidel Castro, en una entrevista que le hicieron y le preguntaron cómo quería ser recordado él, y su respuesta me cautivó (…un hombre que camina por ahí), desde entonces la adopté para mí y la comparto hoy con ustedes. Seguiré dando fe de vida por estos espacios escriturales.

 

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