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Chile: la transición ética

Ante los escándalos transparentados en el último tiempo en los ámbitos de la política, la empresa y el sistema financiero, así como también en la Iglesia católica y entre algunas universidades, ha hecho su aparición triunfal en el debate público chileno la invocación de la ética. Esto, especialmente, entre quienes desempeñan un rol público orientado hacia el bien común. La ética aparece en este contexto como un remedio para lo que muchos intuyen como una urgente y necesaria reconstrucción del tejido moral de nuestras instituciones y de la sociedad en su conjunto.

Esta irrupción de la ética representa un auténtico avance. A partir de la recuperación de la democracia, en toda la década del noventa parte del debate público fue dominado por la llamada “crisis moral”, ocasionada por lo que algunos consideraban un “destape” chileno. También estuvo presente la ética de los derechos humanos, más que justificada tras la dictadura militar. Sin embargo, en la “crisis moral” la ética no aparece más que como el subterfugio de un sector de la sociedad chilena que, en su afán inquisidor, se autoproclamó como el custodio de los valores de la sociedad cristiana occidental que, según ellos, estaban siendo amenazados en democracia.

Luego, en la primera década del siglo XXI, en nuestro país irrumpe la denominada “agenda valórica”, una expresión made in Chile, que se utiliza para debatir temas como el divorcio, la píldora del día después, la homosexualidad, el aborto y la eutanasia, solo por mencionar los más destacados en los medios de comunicación.

Aunque estos temas ya se discutían en la década anterior, en esta segunda etapa quedan englobados bajo la nueva expresión. Su rasgo positivo consiste en que sirve para hacer frente al pluralismo moral presente en la sociedad chilena. No obstante, tiene dos graves defectos desde el punto de vista ético: primero, que posee un contenido demasiado mezquino sobre lo que son en sentido estricto las cuestiones éticas que inquietan nuestra vida personal y colectiva; y segundo, que camina peligrosamente en la arena movediza de los valores subjetivos e irreconciliables que hacen imposible cualquier consenso público basado en buenas razones.

De acuerdo con esta trayectoria, podemos afirmar que en nuestros días la sociedad chilena está transitando hacia la “agenda ética”. En esta nueva etapa que se inicia, sin embargo, la ética se presenta como un proyecto mucho más exigente: en primer lugar, en cuanto a los asuntos que abarca, ya que incluye temas tan urgentes como la justicia distributiva, las libertades individuales, la igualdad de la mujer, el medio ambiente, las minorías étnicas, la actividad empresarial, los funcionarios públicos (con y sin cargos políticos), el desarrollo sostenible, las actividades profesionales y una larga lista que no deja indiferente a nadie. Pero, en segundo lugar, una agenda ética es más exigente también en cuanto a su definición, ya que el subjetivismo de los valores que ha predominado hasta ahora solo conduce al cinismo o al pragmatismo de las mayorías. En este punto la tarea actual de la sociedad chilena consiste en alcanzar un acuerdo en torno a un marco ético común, una auténtica ética mínima de alcance público que penetre el carácter de los ciudadanos y, que al mismo tiempo, nos permita realizar con éxito la deliberación y el consenso público en el contexto de una sociedad democrática y pluralista.

Las Universidades tienen un rol clave en la reflexión y análisis que enriquezca el debate público al respecto. Pero para que esto sea posible deben abrirse a la ciudadanía y facilitar el diálogo entre el mundo social, político y académico. Las Humanidades, y la Filosofía en especial, pueden abrir la puerta y contribuir en esta urgente conversación sobre una ética común que es condición para la convivencia en una sociedad democrática y pluralista.

En ese marco cobra especial relevancia que las dos principales Universidades del país estén aunando esfuerzos para abrir este debate en el espacio público.

Como ha señalado Adela Cortina  “la ética es parte indeclinable de la vida humana, pero lo percibimos cuando nos falta, y los escándalos de corrupción, la desigualdad creciente y la pobreza intolerable reclaman otras formas de vida capaces de generar confianza, ejemplaridad y cohesión social en la vida pública. La filosofía es indispensable en la formación y en la vida corriente y reducirla en la educación es un error”.

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