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Cinismo en la UCV

La sorpresiva visita de Nicolás Maduro a la UCV, cobijado por las sombras de la noche y un pelotón de guardaespaldas que tomaron el recinto, ha servido para que los universitarios  descarguen toda la rabia acumulada a lo largo de dos décadas contra el  mandatario y, sobre todo para que se discuta en distintos ambientes acerca de un tema que ha pasado a formar parte del mapa de la ruina nacional: la destrucción de las universidades públicas.

Los más chistosos y ácidos han dicho que les parece muy bueno que Maduro, quien jamás tuvo Alma Mater, haya pasado por un aula universitaria y sentado en un pupitre –aunque solo haya sido para cometer la canallada de culpar a las actuales autoridades del deterioro de la universidad-, pues, ¡al fin!, el gobernante puso un pie en los predios ligados al conocimiento. Él, tan arisco al saber científico y a la formación académica.

Sorna aparte, esa incursión inesperada y tendenciosa mostró de nuevo la impudencia del régimen, que se remonta al 28 de marzo de 2001, cuando una pequeña facción de estudiantes identificados con el gobierno de Hugo Chávez, financiados por la Vicepresidencia, tomó las instalaciones del Consejo Universitario de la UCV, designando poco después como rector al profesor Agustín Blanco Muñoz. Ese comando de asalto pretendía, entre otros despropósitos, impulsar una constituyente universitaria con el fin de eliminar el carácter ‘burgués’ y ‘elitesco’ de la institución. Luego de una ardua batalla contra los asaltantes y las fuerzas de seguridad del Estado que los apoyaban,  la comunidad repuso a las autoridades legítimas encabezadas por el rector Giuseppe Giannetto. Esa derrota nunca la olvidaron ni la perdonaron. Durante más de dos décadas han hostigado a la UCV con el fin de vengarse.

Al régimen jamás le importó que la universidad fuese declarada por la Unesco, Patrimonio Cultural de la Humanidad y que ese reconocimiento significara que debía destinar un presupuesto anual para el mantenimiento del conjunto de obras de arte, entre ellas esa maravilla que es el Aula Magna, por las cuales se le había concedido ese honor. El presupuesto de la UCV se redujo, a partir de 2009, a cubrir el pago de la nómina del personal docente, administrativo y de limpieza. Más de 90% del presupuesto estaba destinado a satisfacer esas obligaciones. El otro diez por ciento había que dedicarlo a atender el resto de las obligaciones, entre ellas la conservación de las instalaciones y los laboratorios y centros de investigación. Las posibilidades de conseguir recursos de fuentes alternas al Gobierno nacional fueron severamente restringidas. El propósito era claro: asfixiar y doblegar la rebelde UCV, que no había aceptado someterse a los designios del caudillo ni a los ideales de la ‘revolución socialista bolivariana’.

A partir de 2009 comenzaron los presupuestos reconducidos. Cada año el Gobierno aprobaba el mismo monto del año anterior, sin importarle cuánto hubiese sido la inflación registrada. Luego, en el curso de esos doce meses, le concedían algunas asignaciones adicionales, migajas, para evitar que el descontento se desbordara. La consecuencia de ese torniquete fue el empobrecimiento continuo e irreversible de todos los miembros de la comunidad y el deterioro de las instalaciones. Hoy, los docentes e investigadores son los peor remunerados de América Latina.

Luego vino la violación del estatuto electoral particular que, por su autonomía, rige en la UCV. El régimen decidió convertir la universidad en un municipio, de modo que el voto de cada integrante de la institución posea el mismo valor. Una distorsión total de la naturaleza de un centro de enseñanza meritocrático y jerárquico, donde se produce, cultiva  y transmite el saber científico. Esa aberración -avalada por el TSJ- de la cual los chinos, sus precursores, salieron hace décadas, ha impedido que las autoridades electas en 2008 sean sustituidas.

La combinación de estos y otros factores erosivos fomentados por el régimen, condujeron al derrumbe global de la UCV. Sueldos y becas miserables han fomentado el éxodo de docentes, investigadores, estudiantes y personal administrativo. La población universitaria es, al menos, 35% menor que hace siete años. La ruina de la UCV se hizo patente. De esta debacle no se ha escapado nada ni nadie. El Clínico  fue convertido en un despojo. En la actualidad, algunos de los servicios que presta, el gobierno intenta rescatarlos de los escombros.

En medio de este ambiente signado por la desidia y la estulticia, Maduro tuvo el descaro de ir a la UCV, no para admitir  errores y corregir entuertos, sino para ahondar más la brecha con una comunidad de la cual siempre ha estado divorciado. Agredió a las autoridades legítimas de la casa de estudios, que no han sido renovadas desde hace casi diez años por su culpa; trata de violar la autonomía universitaria con la designación de Jacqueline Farías  como ‘protectora’ (¿no había dicho que esa odiosa e ilegal figura había desaparecido?; y busca maquillar su responsabilidad en la insondable crisis que padece la UCV, valiéndose de trucos de prestidigitador.

A la comunidad universitaria ni va a engañarla ni va a seducirla con artificios de demagogo.

@trinomarquezc

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