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Cisma en el alma

Uno de los autores más polémicos del s.XX, el británico Arnold J. Toynbee, desarrolla en su obra “Estudio de la Historia” (1934-1961) algunas provocativas tesis que conmovieron el pensamiento de su época. Interesado en descifrar cuál era el hilo conductor de la historia y tras examinar el auge y caída de 26 civilizaciones, Toynbee concluyó que ese tránsito se dio como respuesta colectiva a los desafíos del entorno, con éxitos que dependieron de la intervención de liderazgos creativos, la “minoría innovadora”.  

El esquema desafío-respuesta y el principio de autodeterminación (la incitación que plantea el reto interno) sirven de base al proceso. Una explicación que, a contravía de la visión spengleriana, descartaba el influjo determinista y confería relevancia a esa capacidad de adaptación progresiva pero discontinua que, ante el escollo, exhiben miembros de un cuerpo social. Las civilizaciones no están condenadas a desaparecer y pueden regenerarse -dice- cuando sus miembros logran responder positivamente a los estímulos, ayudados por “valores espirituales”. 

Los giros de ese juego dinámico entre una élite creadora que plantea pautas de acción y una mayoría social que capta el modelaje, reproduce y propone acciones en concierto, constituye según Toynbee la clave del progreso o decadencia social. Si, frente a los obstáculos que se oponen al crecimiento, la respuesta resuelve el problema y además genera nuevos retos que reorientan la situación, habrá avance. Si, por el contrario, la dificultad arropa la capacidad de responder creativamente, si no favorece entre los individuos una disposición psicológica a gestionar el escollo y los sorprende impotentes, la desintegración es una promesa.  

Lo último es descrito por el autor como el “Cisma en el Alma”. Signo visible de la rotura colectiva e individual, la “grieta espiritual interna que se abre en el alma de los hombres, pues sólo el alma puede ser sujeto y autor respectivamente”. Rotura e impotencia que, de no zanjarse, empujan a la sociedad al suicidio, a la autodestrucción.  

Al margen de las objeciones a este enfoque -Ortega y Gasset, por ejemplo, criticó su subjetividad, el excesivo peso del factor diacrónico propio de la posguerra, el ataque al nacionalismo que hace Toynbee al calificarlo, no sin razones, como “fermento agrio del nuevo vino de la democracia en las botellas del tribalismo«- no es menos cierto que sus aportes se vigorizan a la luz de fenómenos recientes. Tampoco cuesta detectar sintonías con conceptos como el de anomía, descrito por Durkheim; el de crisis de legitimación política/institucional propuesto por Habermas, el de crisis orgánica de Gramsci, o con las tesis de J. Diamond para explicar el colapso social.  

Esa pérdida del impulso colectivo se vincula asimismo con la inadecuación entre medios y fines; con la ruptura entre un sector que al dejar de ser innovador, se petrifica y vuelve coercitivo, y una mayoría que no puede ni desea acompañarlo, pues pierde confianza en la eficacia de su conducción. En ese caso, la crisis de motivación se revela también en la esfera socio-cultural como pérdida de la autoconfianza. 

Lo anterior no sólo remite a la relación entre el liderazgo político y la sociedad que recibe, procesa, avala su mensaje. También explicaría procesos de auge, declive o potencial regeneración que, a menor escala, ocurren en otras organizaciones humanas. Acá la innovación, en fin, es aliño determinante del éxito. La capacidad para dar respuesta a lo azaroso y de salirle al paso con proyectos relevantes e inclusivos, augura en buena medida un salto seguro en medio de lo fatídico.  

Por supuesto, ofrecer innovación -no imitación- exige no sólo conocer a fondo los apuros del colectivo, sino identificarse con ellos. De allí que el aislamiento de las élites, su confusión entre el interés privado y el interés general, las haga más proclives al fracaso. Un preludio de las crisis de expectativas frustradas que ilustraría la disfuncionalidad venezolana. La de una oposición que frente a la privación que encaja el contexto autoritario, ha respondido con caóticos repliegues, con soluciones sin soporte realista o del todo divorciadas de las demandas sociales.  

El evento electoral y su incitación a la autodeterminación debería ofrecer algún lenitivo para tal ahogo. Sin embargo, parece reinar la impotencia. Lo más grave es que la negativa a gestionar la cooperación entre distintos, la dispersión de energías, el sectarismo hecho espectáculo patético o la miopía que corta el paso a liderazgos probados o en ascenso, no sólo afecta el espacio de los decisores. El conflicto psicológico transferido a la comunidad, como advierte Toynbee, es preámbulo de la desintegración actitudinal que atenta contra el sentido de cohesión. La deserción, por un lado, o la inmolación, por otro, no se hacen esperar. La percepción de que las fuerzas inhibidoras son indomables, impone a la sociedad una derrota a priori. He allí el círculo vicioso del cual urge escapar, el debate que no admite prórroga. 

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