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Con la izquierda no crece ni el monte

Es importante activar las neuronas y tratar de correr el velo de los teatros o de los países que han tenido el infortunio de optar por un régimen gubernamental comunista que, para disimulo, se autodenominan Gobiernos de Izquierda o Revolucionarios.

Es verdad, ya el mundo civilizado y, aún más, los que llaman países del primer mundo, los tiene identificados. Porque saben que son regímenes que, generalmente, emergen de protestas o de grandes convulsiones sociales. Pero, sobre todo, que se apuntalan escogiendo a algún chivo expiatorio a quien le cargan las culpa de todos los males y el tema para acusarlos. Y eso puede ser: religión, xenofobia, ricos, nacionalidad, etc. En fin, algo que los diferencie del común de los ciudadanos, especialmente de los que disponen de alguna riqueza económica, porque, en contra suya, resulta mucho más impactante acusarle de ser el gran responsable de que el pobre sea pobre.

Presumir de ser un adorador del pensamiento “izquierdista” es sinónimo de un propagador de  dogmas, cuyo punto de referencia  predilecto es aquel que hace posible la llegada, permanencia y expansión del odio de clases.  Se es “auténticamente de izquierda”, cuando con firmeza, reciedumbre y sin sonrojo, además, se desarrolla la capacidad para afirmar que ser rico es ser ladrón, indolente, explotador, inhumano, culpable del empobrecimiento colectivo. Por lo que, obviamente, debe ser despojado de sus bienes -generalmente malhabidos-y  ser destruidos económica y moralmente; objeto de vilipendios; merecidamente cuestionados; objeto  y fin de cualquier propósito extensivo de la reivindicación de los derechos de los proletarios.

Predicador y practicante de todo lo que se traduzca en la destrucción de la burguesía, jamás incurre en el equívoco ideológico de aceptar que el tema no es acabar con los ricos, sino, por el contrario, trabajar para que todos los pobres también sean ricos. Su pensamiento y comportamiento asertivo está dirigido al principio de que mientras se trabaja en la fijación del odio y de la creación de un culpable –porque ellos jamás lo serán de absolutamente nada- hay que convencer al pueblo de que es por él y para él, que se piensa, actúa, procede y se desarticulan instituciones, mientras se fortalece al Estado, se centraliza todo en él, así como el poder, en atención al fin supremo  del absolutismo como manera de conducción y dominio.

Centralizar y concentrar el poder, destruir los tejidos sociales y productivos,  restringir los derechos ciudadanos, anular a los medios de comunicación social y desconocer el ejercicio del derecho humano a la libre expresión y al acceso a la información, es la acción hermanada por excelencia, para apelar al terror e impedir la práctica de la disidencia, como la de protestar.

Estos procesos son teóricamente exitosos en un principio. Es el efecto impactante que lo consagran el populismo exacerbado y la hábil recurrencia  a la propaganda para  sembrar esperanza y pregonar, sin titubeos, que el país será potencia mundial. No importa que sea haciendo regalos de la naturaleza más extraña, como de la recurrencia a baratijas, casa equipada, tierras, carros y circo en abundancia.

El problema para ese tipo de regímenes, sin embargo,  comienza cuando, en la medida que la destrucción y el sometimiento van empobreciendo al país, también se hacen presentes la escasez y  la inflación, como la desaparición de los recursos para  desmanes, corrupción, hamponato, blanqueo de capitales y narcotráfico. De igual manera, las elites dominantes –y presuntuosamente denominadas nomenklatura-, en su incontrolable desenfreno por hacer fortuna, apelan a todo tipo de vicios, incluyendo comisiones por contratos de obras o servicios, apropiación de los dineros públicos y diversas artimañas para enriquecerse.

Desde luego, la limitante de esa otra fase del comportamiento abusivo de la gestión en el poder, es la cantidad y calidad  de los activos, como de las fortalezas de que disponga el país que se seleccione para echar a andar las tropelías y abusos. Porque cuando se hacen presentes la indisponibilidad de bienes y la escasez de recursos, también se dan el  deterioro del  régimen, a partir de las diferencias internas, de las pugnas y las luchas por el liderazgo, como las deserciones y las acusaciones internas y externas.

Todo esto se traduce en el peor de los costos para el régimen: la pérdida de  todo tipo de apoyo, como de reconocimientos, lo cual obliga a recurrir a nuevos argumentos. Esos no son otros que acusar de apátridas y de traidores a los nacionales, como de intervencionistas a los foráneos, a la vez que les atribuyen que su único propósito es el robo y la apropiación de los recursos de la nación.

Invariablemente, estos tipos de regímenes, tal y como ha sucedido en los distintos países que han tenido el infortunio de sufrirlos, terminan dejando en la mayor de las ruinas a las naciones y a sus ciudadanos. Marcados, además, por los efectos de  una triste y lamentable experiencia, y obligados a ocuparse de aceptar la histórica tarea de la recuperación, como de la misión moral de honrar la palabra convertida en juramento de  que nunca más se caerá en la misma trampa. Quizás por aquello que es voz común, y que reza  que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

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