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Con paciencia y salivita

Alfredo Maldonado

Que Juan Guaidó sea el nuevo líder de la oposición a Nicolás Maduro, no es el problema. El asunto está en el vacío de poder que se va produciendo mientras el Gobierno, Maduro y sus dirigentes van perdiendo popularidad, como el agua de mar que se retira de las playas cuando viene un tsunami. Ese espacio va a ser ocupado por aguas violentas más pronto que tarde, y su fuerza es imposible de predecir.

La fuerza popular del chavismo se venía perdiendo ya en tiempos de Hugo Chávez, sólo que su muerte y la obviamente errada selección del heredero apresuraron y empeoraron el proceso, con el empeño tozudo y ciego en el control al estilo castrista y la abrumadora incompetencia para todos los cargos de servicio al público como aceleradores.

La playa madurista se va convirtiendo en un vacío porque Nicolás Maduro y su equipo son cada vez menos creíbles, porque han llevado el desamparo de los ciudadanos a tal punto que es de ellos mismos, de la ciudadanía, de donde está surgiendo algo nunca visto en Venezuela, la decepción y el hartazgo por los controles gubernamentales y el cuento de que los militares y el Estado lo resuelven todo. Escuchar a trabajadores muy humildes, hombres y mujeres que ni siquiera pasaron mucho más allá del sexto grado y leen y escriben con dificultad, beneficiarios de bonos que no siempre logran cobrar a tiempo y de bolsas CLAP que deben pagar por adelantado pero suelen llegar tarde, quejarse molestos del Gobierno y hablar con admiración y respeto de los empresarios privados, es, al menos para mí, sorprendente en esta  Venezuela tradicionalmente estatista y en la cual hablar de derecha y de conservadores ha sido pecado.

Es en ese vacío donde está llegando la oposición con nuevo vigor y con la cara de un dirigente hasta hace pocos días impensable, Juan Guaidó. Que no es él solamente, es la fachada con nueva pintura de una oposición que se está alimentando, más que de sí misma cuando ya parecía agotada, del creciente rechazo popular a las mentiras, las fallas y el desastre generalizado del castromadurismo.

Porque este oficialismo que eructa promesas y cifras poco creíbles ha venido manejando muy mal su propio poderío. Mal porque simplemente no tiene la menor idea –y diría uno que tampoco la intención- de gerenciar un gobierno de alguna eficiencia. El más reciente ejemplo está en el propio mensaje de Nicolás Maduro, aferrado a su banda presidencial ante una poco sonriente Asamblea Nacional Constituyente, hablando, entre otras ilusiones, de dar vuelta atrás a la estatización de las empresas básicas de Guayana, pero no con especialistas de éxito reconocido, sino con naciones tan poco confiables como Turquía, ¡Palestina!, Qatar y las inevitables Rusia y China. Estos dos últimos países ya están incrustados en Venezuela, habrá que ver cuáles son los músculos financieros y especialistas de los otros, porque hasta ahora la presencia de rusos y chinos ha sido un gran fracaso no tanto por ellos, sino porque las industrias venezolanas de Guayana y de petróleo están destruidas.

La insurgencia de nuevos dirigentes jóvenes como Juan Guaidó y Rafaela Requesens –para sólo mencionar dos- es síntoma llamativo de que se están produciendo cambios, y que hacia la playa seca podría venir un tsunami difícil de medir. Y aún más importante, el madurismo puede que esté, como algunos afirman, nervioso, preocupado, pero claramente no está subiendo a lugares más altos. Sigue ahí, en la playa, levantando banderas pero sin crear defensas. Y al mar no se le detiene con palabrerío.

Sin la gran oratoria rumbosa pero habitualmente vacía a la cual los dirigentes políticos nos tienen acostumbrados, Juan Guaidó va convocando y acercando a más ciudadanos, con la prudencia de no autoproclamarse Presidente sino planteando artículos de la Constitución. El apabullante rechazo de los participantes en la procesión de la Virgen de La Pastora este lunes 15 contra la almirante gobernadora de Lara, que tuvo que escapar rodeada de sus guardias nacionales –los cuales, valga el detalle, se veían más bien poco esforzados- es un síntoma llamativo, más incluso que las multitudes reunidas alrededor de Guaidó en Las Mercedes, frente a la sede de las Naciones Unidas en Caracas y después en La Guaira. En esas multitudes hubo fervor, esperanza, entusiasmo; en la de Barquisimeto –antes de oír el encendido y muy duro sermón del Obispo- hubo furia, y eso es peligroso.

Guaidó está ejerciendo de líder pero no se presenta como tal sino como un diputado al servicio del país, que no pretende ser poder pero sí se compromete a ponerlo en su justo lugar. Con paciencia, sin prisa pero sin pausa, esta nueva oposición va acumulando fuerzas y fe, y eso es fundamental. Con salivita política va abriendo el camino al cambio que la mayoría ciudadana espera. No dudamos que algunos veteranos dirigentes opositores estén tras todo esto, pero el héroe está siendo Guaidó, el universitario mal orador pero de quien podría entenderse, sin mucho esfuerzo, aquello de “es como tu”.

Y que, además, cuando deba hacerlo podrá mostrar su propio riesgo como partícipe de las fuertes protestas callejeras, víctima él mismo, al participar activamente, de la represión armada, y convertido ahora, además, en nombre importante en boca de gobiernos y jefes de estado.

Como los tsunamis, camaradas, como los tsunamis.

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