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Conrad y su viaje al corazón de las tinieblas

El primer libro de mi reciente lista-meta de literatura es El corazón de las tinieblas (1899) de Joseph Conrad. Este autor lo conozco por otra lista que he hecho: la de literatura náutica, aunque la verdad es que nunca lo había leído. A pesar de tenerlo en dicha lista, ahora que lo leo me doy cuenta que el viaje por un río (el del Congo) es solo un pretexto y no es propiamente lo que llamaríamos un relato de navegación. La razón es que casi no repara en descripciones o problemáticas relativas al barco en medio de las aguas. Es una novela de psicología social, y me recordaba constantemente el dilema barbarie versus civilización del positivismo de la época, corriente que valora la geografía como uno de los factores determinantes de la conducta de los individuos y masas. El río lleva a nuestros personaje (en especial al narrador testigo y protagonista: Charlie Marlow) en un descenso a lo interno de África, que la verdad es el viaje al infierno terrenal. Antes de iniciar el viaje va al médico – obligado por la Compañía que lo contrato para el viaje – y este le dice: “Evite la irritación más que la exposición al sol. (…) En el trópico se debe guardar la calma antes que nada”.

La primera vez que supe de la existencia de la novela fue cuando vi a mis 9 años: Apocalipsis ahora (1979). Es otra de las películas que me causó una gran impresión en mi niñez. La misma pude verla gracias a que mis hermanos me llevaron con ellos a casa de un amigo que la tenía en betamax. Me impresionó todo pero me fastidió el coronel Kurz, luego pedí explicaciones y me dijeron que estaba basada en la novela de Conrad la cual tiene como meta mostrar el mal en la humanidad. Nunca lo olvidaría. Ella muestra claramente el dilema que expresa Conrad-Marlow: ¿Quién es realmente bárbaro? ¿Occidente con su cruel explotación-saqueo de las regiones no europeas o las tribus africanas (en este caso) apegados a los instintos de supervivencia?

Kurtz es la meta del viaje. Marlow debe rescatarlo de la profundidad de la selva debido a que se encuentra mal de salud física (cuando en realidad el problema según la Compañía es de salud mental). Pero descubre que este hombre ha creado un reino en el Congo, donde los nativos “lo adoran” como una especie de Dios. A medida que transcurre la historia una se pregunta si solo lo adoran los “bárbaros”, si dicho magnetismo no ha atrapado a muchos europeos también. Todos de alguna manera somos salvajes (tal como afirman en The Revenant, 2015), respondemos a la terrible seducción del personalismo. De esos hombres que con su palabra logran tener “un aspecto misteriosamente voraz. (…) ¡Qué voz! ¡Qué voz! Era grave, profunda, vibrante” (pp. 111-112). Al final caemos ante la tentación del mal, de los “instintos brutales y olvidados”. Al igual que les pasó a los romanos – tal como cuenta Marlow – al llegar a las islas británicas hace 1900 años (“el otro día”) cuando solo eran bosques. Esos soldados del imperio romano sufrieron “la fascinación de la abominación” (pp. 23-24).

A Marlow la vida de Kurtz le lleva a una conclusión vital:

La vida es una bufonada: esa disposición misteriosa de implacable lógica para un objetivo vano. Lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo, que llega demasiado tarde, y una cosecha de remordimientos inextinguibles. (p. 128).

El autor le deja al lector la libertad de pensar si Kurtz cambia al salir de la selva. Marlow descubre el pasado de este, una persona totalmente diferente a la que acaba de rescatar. Conrad, británico por adopción, no ha callado ante la barbarie occidental que la opinión pública insiste en ocultar ante el discurso del destino manifiesto civilizatorio de Europa. Sin duda la literatura – siguiendo a Vargas Llosa – “es fuego”, es la inconformidad con lo que no aceptamos de la realidad.

@profeballa

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