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Contagio

Arauca es a Bogotá lo que Apure es a Caracas. El alejamiento de las capitales de estas circunscripciones fronterizas hace que la percepción de su realidad sea borrosa e incierta para el gobierno central y mucho más aún por parte de la población del resto del país. Apenas son sus propios pobladores quienes tienen una visión clara de lo es la vida en estos lugares porque la sufren en carne propia: las comunidades son presas de una zozobra continua en las que la violencia, el secuestro, la extorsión las retenciones ilegales, y ahora además el reclutamiento guerrillero son el pan nuestro de cada día.

Como si esto fuera poco, en estos momentos además se han convertido en zonas de guerra en las que actúan, a sus anchas, grupos al margen de la Ley de ambos lados de la línea fronteriza. 

Otro fenómeno que se da en esas regiones contiguas es el del apoyo del Régimen de Caracas a los irregulares que son parte del conflicto armado y alfiles del narcotráfico binacional y todo ello viene sazonado con otras actividades económicas ilegales que, no solo constituyen otro fenómeno a ser resuelto tanto por las autoridades venezolanas como las colombianas, sino que son la causa eficiente de muchos de los enfrentamientos armados.  La connivencia del gobierno de Maduro con estos hechos no se limita solo a tolerar que esto ocurra sino que, sus Fuerzas Armadas también son parte activa de los enfrentamientos persiguiendo a algunos de los grupos de disidentes de las FARC y, según fuentes oficiales a agentes criminales que operan en la zona. 

Lo descrito en términos simples configura el desastroso entorno dentro del cual está teniendo lugar la   guerra entre criminales de las últimas semanas y de estos con las fuerzas armadas de los dos países, de la cual aún es imposible saber cuántas muertes se han producido y en cuáles circunstancias.

La desprotección de estos campos y pequeños asentamientos poblacionales hacen allí la vida insufrible. Ello, más tarde o más temprano, provoca migraciones masivas de los ciudadanos hacia otras regiones en las que la vida puede ser más llevadera. Estamos hablando de miles de familias. Este fenómeno de las migraciones exporta a otras áreas del país las penurias que están poblaciones cargan consigo y superlativizan los problemas económicos y sociales de la nación. Cualquiera que conozca algo la dinámica del conflicto armado en la vecina Colombia debe estar enterado del problema humanitario que los desplazamientos forzados han representado.

Se esperaba que a raíz del Acuerdo de Paz de la Habana y la desmovilización de las FARC convenida este fenómeno se vería parcialmente resuelto. Pero el espejismo apenas duró unos meses. La activación de nuevas zonas de conflicto como de Arauca, colindante con la frontera de Apure, ya están provocando un repunte de las migraciones en el país neogranadino.  Entre 2020 y 20 21 los desplazamientos se catapultaron 170%. La oficina de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas ya ha informado de que más de 3000 personas ubicadas en el Arauca se encuentran  en plan de programar su inmediato desarraigo. Muchas de estas familias provienen de suelo venezolano.

Toda la reflexión anterior a lo que nos lleva es a hacer un parangón sobre del drama de los desplazamientos tal y como ha ocurrido en el lado colombiano y lo que está empezando a producirse del lado venezolano.  Ya más de 1000 familias han iniciado el peregrinaje del hambre al interior de la geografía nuestra 

   A la vuelta de muy poco tiempo, a las distorsiones económicas y sociales que han sido el resultado de más de dos décadas de chavismo, veremos sumarse el drama de los desplazamientos. Para muestra un botón: De los 8,1 millones de desplazados producidos por el conflicto armado en Colombia, aun 4,7 permanecían desarraigados con los consecuente problemas de incapacidad de gozar de los básicos derechos de salud, atención psicosocial, educación, alimentación, vivienda y generación de ingresos.

Lo mismo terminará produciendo la política militar y de fronteras de Nicolas Maduro además de su apoyo a la narcoguerrilla. No hace sino empezar.

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