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Contradicciones que matan…

Las contradicciones pululan por doquier. La mejor prueba dada la fuerza de su impacto para embrollar realidades, es el ejercicio político. Sobre todo, desde cargos de administración de gobierno. Cualesquiera sea el nivel o posición que se alcance en nombre de un movimiento o ideología político-partidista. Y es que todo esto, de alguna manera, tiene una justificación. Fundamentalmente, si el problema se revisa desde la condición del “homo politicus” que por naturaleza caracteriza a todo ser humano. Bien sea cuando actúa en lo personal, o en lo colectivo.  

A decir de Aristóteles, ese mismo ser humano, necesitado de interactuar dado su carácter gregario, lo llamó el “zoon politikón” lo que traduce la condición de “animal político” que hay en todo individuo lo que apunta a demostrar cuán contradictorio se torna al momento de salvaguardar y resguardar los intereses sobre los cuales se deparan sus preferencias y necesidades. Particularmente, frente a las posibilidades que le otorga el poder del cual dispone para arribar a la postura, situación o condición que persigue a manera de ganar el espacio que su movilidad requiere y su modo de socialización demanda. 

El sentido natural de asumir sus necesidades, prevalece en cada individuo. Así puede validar su opinión y determinar su preferencia por encima de la que otros -igualmente- tienen para sí. Indiscutiblemente, esto da cuenta que nadie huye de la tentación de verse incitado o atrapado en sus propios contradicciones.  Al fin de cuentas, se dice que la contradicción “es el motor del pensamiento”. Esta aseveración convalida aquel aforismo que reza: “la vida es una contradicción”. Es inherente al comportamiento del hombre.

Así que al margen de que sea circunstancial o coyuntural, la contradicción permite muchas veces salir del paso o atoro en que un individuo se vea sumido. Todo sucede según el momento o situación que pueda desvariar cualquier infortunada intención que se encuentre en juego o en medio de alguna azarosa disyuntiva. 

Es un fenómeno natural del cual nadie suele escapar toda vez que cae sujeto de su intemperancia o turbación propia del problema en que se ha visto envuelto. Y esto ocurre, a menudo. Sobre todo, cuando la palabra le juega un desacierto a la persona en el instante menos ocurrente. Es decir, cuando la palabra se posiciona del lado contrario a los hechos estimados. Es lo que la teoría política refiere como la brecha que se da entre las realidades y el discurso. Y que no siempre puede superarse con la premura y sutiliza que mejor se tiene a la mano. Acá, muchas veces, la flagrancia actúa como cómplice del cuestionado hecho.

No hay duda que la condición política que reside en todo sujeto humano, por lo de “animal político” que lo caracteriza, indistintamente de su capacidad y voluntad para sortear algún impase que salte de frente, es lo que sume al hombre en situaciones confusas. Justamente, el lugar donde se aprovisionan las contradicciones. 

Es el problema que trastorna el ejercicio de la política. En especial, cuando no se atiende en su justo contexto, la argumentación de posturas contrapuestas. Por ejemplo, como entre individualismo y colectivismo; democracia y totalitarismo; libertad y dominación; capitalismo y socialismo; fuerzas productivas y relaciones de producción.

En política, la contradicción apunta a paliar o resolver un conflicto en el borde vertiginoso de una arriesgada confrontación. Pero sin conciencia de lo que puede sumar la voluntad, la tolerancia, la verdad y la resiliencia. Porque de lo contrario, el desarrollo de una contradicción, en el manejo de la política, pudiera resultar en cambios capaces de favorecer la gestión política de gobierno. 

No obstante, el hecho de no evitar dejar arrastrarse por la furia de las desavenencias, hace que los problemas se agraven. Así sucede, cuando no se tiene el método apropiado para avizorar dónde están trazados los límites entre la luz de la verdad y la oscuridad de la irrealidad. Es posible que de cara a lo que asoma esta posibilidad, pueda ser cierto que de las contradicciones se infieren más verdades que de las propias verdades. 

En todo caso, no es fácil evadir las provocaciones a caer en contradicciones las cuales, muchas veces, profundizan el problema en que se incurre. Precisamente, por esquivarlo atropelladamente. Aunque sin la orientación, la actitud y el valor necesario, todo se complica más aún. De concienciar lo anterior de cara a los problemas que anegan todo escenario del cual surge algún conflicto, indistintamente de su género, medida o dirección, muchos reveses podrían evitarse. De lo contrario, cualquier realidad seguirá viéndose desconcertada por causas de contradicciones que matan

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