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Cuando del dolor nace la libertad

No siempre la angustia es funesta consejera. Muchas veces, se convierte en razón que motiva determinaciones drásticas, pero que en el fondo saben responder con la lucidez que el momento demanda. De hecho, la vida humana está plagada de capítulos que refieren crisis cuyas formas de superación obedecen a la angustia toda vez que oportunamente traduce la disposición que incita la decisión correcta en el momento exacto.  Sobre todo, cuando la angustia obliga a actuar sin desprenderse del valor de la justicia. O cuando debe aceptarse, tanto como el miedo, por cuanto es lo que, de primera mano, provoca la actitud necesaria para sobreponerse a las circunstancias. No hay duda de que muchas determinaciones asociadas con la valentía, el coraje y la osadía, tienen la misma fuente que la que tiene la angustia. Y es que en verdad, en la irradiación de las virtudes del ser humano, hay un brillo que ennoblece la angustia pues al brotar como sentimiento, estimula la temeridad sin constreñir la hidalguía y gallardía que pueden acompañar a la acción. 

Vale este exordio a manera de plantear un contexto que mejor pudiera corresponderse con el crudo momento que padecen quienes en medio de la indigencia que viene padeciendo Venezuela, a consecuencia del recrudecimiento de la opresión ordenada por la tiranía gubernamental, viven una penetrante angustia, una dura contrariedad, una excesiva impotencia y un hondo dolor. Aunque no por ello, tales vivencias impulsan en cada venezolano, atrozmente tratado por las hordas de tarifados esbirros del régimen, un raudal de pensamientos a partir de los cuales se afianzan reflexiones que terminan transformándose en actitudes capaces de concienciar la ingente necesidad que clama el país en nombre  de una democracia envuelta en las más sagradas libertades y derechos humanos. 

Son momentos en que relucen sentimientos de iracundia confundidos con la rabia canalizada en cada palabra clamada, en cada gesticulación articulada, en cada idea surgida al furioso sonido de disparos, explosiones y gritos de apoyo al hecho contestatario refrendado en la premura de la que se dispone para sortear la embestida opresora. 

Y aun cuando en el fragor de las luchas que siguen dándose el tiempo corre casi sin la posibilidad de advertir su urgencia, hay sentimientos que también hacen saltar emociones. Emociones que no sólo se pasean por la incertidumbre, sino también porque se pliegan al triunfo político por cuanto están inspirados en la labor institucional-política conducida por la unidad democrática. Pero indudablemente, la angustia sigue acompañando cada instante del desarrollo de tan serios acontecimientos. Es ahí cuando se valora la fuerza de cada venezolano entregado a desconocer al gobernante por su atrevimiento en desarreglar política, económica, social y moralmente a Venezuela valiéndose de cuanta ilegalidad y desafuero pueda cometer. Desde luego, con el amparo de poderes públicos embadurnados de la impudicia más recalcitrante. 

Cuando la democracia se reduce a fuerza de perdigones, o de gases lacrimógenos disparados a quemarropa, amenazas, ocupaciones de instituciones estatales a fuerza de golpes, es porque se ha oscurecido la visión de quienes ya habían comenzado a mirar la vida con la reticencia del violento o del endiosado. O del cansado de vivir. Pero no es así cuando en el horizonte de la democracia se inventan excusas con la depravada intención de opacar derechos y libertades a quienes la vida le brinda oportunidades que sólo la juventud puede disfrutar a plenitud y a sabiendas que el futuro es todo suyo. Esa misma juventud es la que viste su pecho de escudo, y sus brazos los convierte en catapultas en cuantas protesta se dan para así justificar que la razón está en los hechos que encauzan. 

En la aflicción, el pesar, la tristeza, la preocupación, la inquietud, pudiera resumirse lo que significa vivir la angustia que cada jornada de valentía y de honor, traduce. Pero que también, revela el dolor que se tiene cuando se vive sometido por la represión implantada como método de gobierno. Se infiere entonces que cuando el dolor es más grande que la angustia, surge el valor necesario para acosar y enfrentar la represión. Sin embargo, todo resulta más crudo pues en la esencia de la angustia, en tanto que compañera del miedo, se fija el dolor que puede incitar al país a despertar de un mundo entumecido y desavenido. Ese dolor, que pudiera ser “dolor de patria”, aunque tiene la capacidad para enlutar corazones, también puede estimular a transitar la senda de la democracia. Más en estos tiempos de sanguinaria crisis, cuando del dolor nace la libertad.

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