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¡Cuántas coincidencias, no?

Estaba acopiando material para una conferencia que deberé dar próximamente y me topé con un documento —que ya tiene casi dos siglos y medio de haber sido publicado, y escrito para otras latitudes—, que he leído muchas veces en el pasado, pero que ahora se me ocurre de un paralelismo sorprendente con lo que ocurre actualmente en nuestro país.  Es la declaración que hacen las trece colonias norteamericanas para explicar por qué deben separarse de Inglaterra.  Invito a que hagamos una comparación entre las circunstancias que imperaban antaño por allá arrribota y las que nos tienen postrados por estos lares.

Apenas en el comienzo, afirman unas verdades evidentes: que todos los hombres han sido creados iguales, que el Creador les ha otorgado ciertos derechos inalienables entre los que están los derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.  Palabras más, palabras menos, esos principios aparecen como desiderátum en el Preámbulo de la Constitución.  Pero como en muchas otras cosas, el actual régimen ha hecho nugatorias esas aspiraciones, porque aquí la vida (como en la ranchera) no vale nada; la libertad es algo que las mazmorras del Helicoide, colmadas de ciudadanos encerrados sin fórmula de juicio, refutan; y que las largas colas para comprar comida, coger un autobús o adquirir un medicamento, contradicen.  Ese mismo Preámbulo proclama que Venezuela es “un Estado Federal (…) en el que las comunidades y autoridades (…) participan en la formación de las políticas públicas” mediante “el ejercicio de las competencias concurrentes”.  No obstante, ya todos hemos sufrido la aberración de un gobierno que decide todo en Caracas.  Y cuando digo “todo” me refiero tanto a las facultades que habían sido descentralizadas en los estados y que han sido atropelladas por una recentralización absurda, como las competencias de los otros poderes, que se supone autónomos pero que reciben órdenes en lo judicial, lo legislativo y lo electoral.

El documento al cual nos referimos inicialmente explica que “…cuando cualquier forma de gobierno se convierte en la destructora de esos fines, es un derecho del pueblo alterarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno…”

Y dice más: que “cuando una larga secuencia de abusos y usurpaciones que persiguen invariablemente el mismo objetivo, que deja ver un designio de reducir nuestros derechos bajo un absoluto despotismo”, es la potestad del pueblo, “es su deber, derrocar ese gobierno y proveer las salvaguardas para su futura seguridad”.

Para demostrar que existe “una historia de repetidas heridas y usurpaciones, todas teniendo como objeto directo de reducirlo el establecimiento de una absoluta tiranía sobre esos estados”, los redactores presentan una lista de hechos: “Ha rehusado promulgar leyes necesarias para el bien común”, que es lo que ha urdido el ilegítimo al negar la capacidad que tiene la Asamblea Nacional de decretar leyes.  Por razones de su mera conveniencia, no la de la nación, decidió en comandita quebrantar, “el derecho del pueblo de tener representantes en la Legislatura, un derecho inestimable para este pero intimidante solo para los tiranos”.  Eso fue lo que ocurrió con Amazonas, que vio perder sus diputados por una triquiñuela leguleya despreciable y que va contra la recta razón y el más elemental derecho.  “Él ha hecho a los jueces dependientes de su sola voluntad para la permanencia de estos en sus cargos”; un retrato exacto de lo que ha sucedido en Venezuela, cuando ya no hay jueces titulares y todos sufren con la amenaza de ser destituidos (o apresados, como la Afiuni) si toman una sola decisión que contraríe el deseo ciliaflorino.  “Ha creado una multitud de nuevas dependencias y las ha provisto con innumerables funcionarios para hostigar al pueblo y desgastarle su voluntad”.  Igualito también a lo que sucede en esta sufrida tierra, con ministerios y superintendencias creados artificial e innecesariamente solo para darle chamba a compañeritos incapaces de ganarse honradamente su sustento y para martirizar a todos quienes así lo hagan, desde humildes vendedores en puestos de mercado hasta capitanes de la industria y el comercio.   “Ha hecho a los militares independientes del poder civil y superiores a él”.  Exactamente igual a lo que sucede en estas tierras, donde los uniformados copan la escena política, intervienen en ella descaradamente y desconocen las disposiciones legales simplemente porque “les sale del forro” y no hay nadie que le ponga el cascabel al gato.  Civiles aherrojados en calabozos de unidades militares —cosa nunca vista antes de la llegada de estos modernos hunos— abundan.  Sus abogados y familiares son devueltos en la puerta, sin poder verlos y asistirlos como es su derecho.  Cuando el escándalo ya es muy grande y no se puede ocultar recurren, “para protegerlos (a los militares) a juicios de mentirijillas por los delitos que pudieron cometer conta los habitantes de estos estados”.  Ya es de conocimiento público esto.  Viene a mi mente uno quizá de los menores pero que demuestra la saña ejercitada contra individuos inocentes: la de la mujer guardia golpeando con un casco repetidas veces a una ciudadana inerme, minusválida, inmovilizada en el suelo.  Todos pudimos ver esas imágenes.  Pues bien, se hizo una pantomima legal, pero la verdad es que la agresora fue ascendida a oficial, sin cursos ni méritos, solo por el “arrojo” de su acción en defensa de la robolución. Y por ahí sigue el memorial de agravios: “por cortar nuestro comercio con muchas partes del mundo”, “por privarnos en muchos casos del beneficio de un juicio justo”, “por quitarnos nuestros derechos, aboliendo nuestras leyes más valiosas y alterando fundamentalmente las formas de gobierno”.  Esta en particular me duele mucho: “ha transportado ejércitos de mercenarios extranjeros para completar su trabajo de muerte, desolación y tiranía…”  Leo esto y pienso en las hordas cubanas infiltradas en la institución militar y los cuerpos de policía para hostigar a los venezolanos que osan no dejarse meter por el brete del pensamiento único.

Escrita en 1776, esa declaración contiene quejas que pudiera expresar cualquier venezolano del común.  Y al igual que los redactores de esta, “nuestras repetidas peticiones han sido contestadas solo con repetidos agravios”.  Entonces, no nos queda sino tratar de salir de este régimen —ojalá por vías democráticas— y para ese fin deberíamos, todos, “con firme confianza en la protección de la Divina Providencia, mutuamente comprometer nuestras vidas, nuestros bienes y nuestro sagrado honor”…

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