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Darién, o la Venezuela que no se arregló

Los venezolanos, especialmente los más jóvenes, siguen yéndose del país. Huyen de la miseria, el desempleo y la falta de oportunidades para progresar.  La mayoría lo hace en condiciones precarias, peligrosas e penosas. Se suman a caravanas que recorren centenas o miles de kilómetros a pie. Llevan en el bolsillo apenas un puñado de dólares. Lo necesario para sobrevivir o para pagarle a un ‘coyote’. Hasta finales de 2021, el destino favorito eran los países del sur del continente: Argentina, Chile y Perú. La vecina Colombia ha recibido a más de dos millones de compatriotas desde 2013.

La tendencia varió. La crisis económica provocada en la región por la Covid-19 y por la recesión que está acompañando la invasión de Putin a Ucrania,  desestimuló la emigración hacia las naciones latinoamericanas. Ahora, el polo de atracción más poderoso vuelve a ser Estados Unidos. Los venezolanos se han unido a los hondureños, nicaragüenses, salvadoreños, haitianos, y cubanos que cifran en el norte la esperanza de conseguir una vida más digna.

De acuerdo con la oficina de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA) para la crisis de migrantes venezolanos –coordinada por David Smolansky, el alcalde de Baruta que se vio obligado a huir tras la implacable persecución de Nicolás Maduro- de Venezuela huyen cada día 1.700 personas. Una parte importante lo hace con la intención de cruzar el tapón del Darién, la selva que comunica a Colombia con Panamá, con la finalidad de continuar caminando hacia Estados Unidos.

Según la Oficina de Migración del gobierno de Panamá, entre enero y junio de 2022 atravesaron la selva del Darién 28.079 venezolanos, diez veces más de los que la cruzaron en todo 2021, cuando la cifra fue 2.819. Como se sabe, ese es un territorio inhóspito. Peligroso en extremo, no solo  por lo irregular y pantanoso del terreno, lo tupido de la vegetación, la agresividad de su fauna y el caudal de sus ríos, sino por los narcotraficantes y traficantes de personas que circulan por allí, creyéndose los dueños de esa región ignota.  En lo que va de 2022 han muerto al menos once venezolanos intentando  cruzar el Darién. Este es el número que ha podido confirmarse. Sin embargo, las autoridades panameñas están convencidas de que el total es mucho mayor. Numerosos caminantes se han extraviado sin que sus cuerpos hayan aparecido. La semana pasada, fallecieron cuatro personas, entre ellos una menor de edad.

Frente a este inmenso drama, la respuesta del gobierno de Nicolás Maduro ha sido la de siempre: negar la tragedia que padecen los emigrantes, responsabilizar a los medios de comunicación de distorsionar y abultar los datos con la finalidad de dañar la imagen internacional del Gobierno y decir que no existen razones para abandonar Venezuela porque el país ‘se arregló’, solo que unos cuantos mezquinos y envidiosos opositores no lo admiten.  Ese fue el tono cínico  de la rueda de prensa de Diosdado Cabello en la cual comentó la muerte en la selva de Darién de los cuatro emigrantes.

El régimen se niega a aceptar que los venezolanos más humildes continúan emigrando, que lo hacen en condiciones deplorables, que sus vidas corren peligro continuamente en esas interminables travesías y que la gente tiene suficientes razones para querer escapar, al igual que los cubanos, los haitianos o los nicaragüenses.

Los datos son categóricos. El salario mínimo representa menos de la cuarta parte del costo de la Canasta Básica y menos de la mitad de la Canasta Alimentaria. La mitad de la población come solamente dos veces al día. Si se considera la porción y calidad nutritiva de los alimentos, la crisis alimentaria  resulta aún más profunda. La informalidad en el empleo es cada vez mayor por los bajos salarios y el incremento continuo de la inflación. La calidad de vida se degrada continuamente por el colapso de todos los servicios públicos. Desde la electricidad hasta el transporte público, y desde la salud y la educación hasta la conectividad a internet, no existe ningún servicio que  alivie la vida cotidiana de la mayoría   de los ciudadanos.

Esa es la patética realidad de los venezolanos humildes. En Caracas y la región Capital, el cuadro global está un poco menos deteriorado. Pero en Los Llanos, Oriente, Los Andes y Zulia, la realidad es agobiante.  En estas regiones la fuerza centrífuga es muy poderosa. La gente no quiere languidecer esperando que se instale una pequeña empresa, o que el gobierno se digne a proveerle agua y luz, o la bolsa Clap que eventualmente recibe la familia. Ese venezolano arruinado y sin destino quiere escapar de la indolencia, la ineficacia y la corrupción que lo han hundido en la miseria.

El tráfico de compatriotas por la selva del Darién es una excelente muestra de que Venezuela se arregló para los enchufados que gastan sin medida y andan rodeados por un ejército de escoltas, pero no para el venezolano pobre que forma parte de la gran mayoría.

@trinomarquezc

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