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De la imaginación política

El oficio sostenido, requiere de la densidad reflexiva y, a la vez, garantizando una adecuada acción, de la imaginación realista.  La política difícilmente se basta por sí misma, fruto del contexto en el que se mueven aquellos actores que, críticamente,  la reivindican y realizan.

Quizá uno de los mejores ejemplos, la histórica reclamación del Esequibo es portadora de las características que deben inspirarla. Una justa demanda, expresión y movilización de la consciencia ciudadana, hizo de la política un extraordinario ejercicio de su construcción histórica.

Ciertamente, debimos responder ante un despojo inaudito que exigió la principalísima edificación de un consenso que, como tal, permitiera recoger los distintos matices e, incluso, negaciones que sólo el pluralismo puede parir. El hecho supuso la correcta interpretación de los especialistas, no otro que la de  generaciones enteras que destacaron por una confiable y hasta irrefutable elaboración histórica y jurídica, que permitiese, como permitió, la de una respuesta política institucionalmente canalizada que, siéndole tan indispensable la libertad, la autorizó el debate abierto en la opinión pública y en los medios parlamentarios.

El poder, debidamente controlado, por lo menos, de un modo más efectivo que el del todo siglo XXI que nos tiene por precarios inquilinos, respondió de acuerdo a los valores constitucionales prevalecientes en la segunda mitad de la centuria anterior. En lugar de una repentina apuesta militar, sacrificando las realidades nacionales que pidieron una estabilización necesaria, la respuesta fue enteramente pacífica, constructiva y eficaz.

Pocas veces reparamos que el Acuerdo de Ginebra de 1966, igualmente combatido por la minoría de senadores y diputados que de muy buena fe esperaban alternativas que estimaron mejores, lo avaló una representativa y múltiple comisión viajera, añadido el sector insurreccional que de un modo u otro halló cupo a través del partido denominado PRIN que, a lo mejor, antecedió en alguna medida el papel transitoriamente jugado por el UPA. Acuerdo que suscribimos en el marco de un empedernido sabotaje castro-comunista, por caracterizar así una amenaza tan inherente a la Guerra Fría, aunque las llamadas guerrillas estaban políticamente vencidas por los comicios de 1963, camino a una definitiva derrota militar, y de una no menos tozuda conspiración golpista que sintetizamos en el frustrado intento de Ramo Verde, entre otros y más variados problemas.

Construimos, a veces, involuntariamente, la Política de Estado de la que ya quedan simples escombros, y, empleando la fórmula, concebimos los buenos oficios al amparo del citado acuerdo, poniéndole imaginación al esfuerzo que pidió una coherencia indispensable. A los calderos de la academia, crecientemente se incorporó el de una sociedad civil organizada que produjo importantes referentes de una dinámica primigenia en el circuito de las decisiones, pues, por fortuna, hoy existen organizaciones como nunca antes las hubo para preservar o tratar de preservar el vital interés nacional.

Acumulada una importante experiencia diplomática, en el peor de los casos, mantuvimos viva nuestra reclamación. Por ello, ahora decidida la remisión del caso a la Corte Internacional de Justicia, pura y simple, el comunicado – entre los muy escasos que la justifican – de la cancillería, reivindicando la obvia vigencia del Acuerdo de Ginebra, habla de una pobre imaginación política que se explica por la naturaleza misma de un régimen engreído, prepotente e ineficaz, que cree el problema de su entero capricho y arbitrariedad, pues, es alérgico a la básica noción de una Política de Estado y a sus modos de construcción, como el libre debate, el pensamiento jurídico de alto calado, las evidencias históricas renovadas, las destrezas que reporta el profesionalismo en áreas que están por encima de la vulgar estrechez paridista, el sistema de pesos y contrapesos entre los poderes.

 

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