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De la información a la acción

Mi abuela sólo sabía escribir la primera letra de su nombre. Firmaba los documentos con una «A» grande y casi infantil. A pesar de ser analfabeta, Ana me aconsejaba con insistencia que estudiara y aprendiera todo lo posible. Sin embargo, aquella lavandera que nunca fue al colegio, me impartió la mejor lección de mi vida: la tenacidad y la necesidad de trabajar duro para alcanzar los sueños. Ella me inculcó la urgencia de la «acción». Una «Acción» con «A» mayúscula, como la única letra que podía escribir de su nombre.

Sin embargo, la acción puede ser un problema si no viene debidamente acompañada por la información. Un ciudadano desinformado es presa fácil de los poderes, víctima segura de la manipulación y del control. Es más: un individuo sin información no puede ser considerado siquiera un ciudadano pleno, porque sus derechos estarán constantemente vulnerados y no sabrá el camino a seguir para reclamarlos y restituirlos.

Los regímenes autoritarios se caracterizan por un estricto control de la prensa y un alto desprecio a la libertad informativa. Para esos sistemas, el periodista es un ser incómodo al que hay que domesticar, silenciar o eliminar. Se trata de sociedades donde el reportero sólo es reconocido cuando repite el discurso oficial, aplaude a las autoridades y canta loas al sistema.

Hace cuarenta años que vivo bajo un Gobierno para el que la información es traición. Al principio, cuando aprendí a leer y comencé a acercarme a la prensa nacional, con sus titulares optimistas y sus cifras de sobrecumplimiento económico, creí a pie juntillas lo que decían aquellos periódicos. El país que sólo vivía en la tinta del diario oficial del Partido Comunista de Cuba se parecía al que mis maestros me explicaban en la escuela, al de los manuales de marxismo y los discursos del Máximo Líder… pero no se parecía a la realidad.

De la frustración entre mis deseos de saber y el muro de silencio que la prensa oficial cubana le impone a tantos temas, nació la persona que soy ahora. Mi primera reacción ante tanta manipulación y censura –como la de tantos de mis compatriotas– fue simplemente dejar de leer aquella prensa servil al poder, aquella propaganda que se disfrazaba bajo el nombre de periodismo. Como millones de cubanos, busqué la información clandestina, las noticias censuradas y aprendí a escuchar las emisoras de radio que llegaban desde el extranjero a pesar de las interferencias que el Gobierno aún les impone.

Me ahogaba si no me informaba. Pero después llegó otro momento. Un momento en que pasé a la «acción». Ya no me bastaba saber todo aquello que me escondían y descifrar la verdad detrás de tanta cifra adulterada y tanto editorial grandilocuente. Quería ser parte también de quienes narraban la realidad cubana. Así empecé mi blog Generación Y, en abril de 2007, con lo que emprendí el camino sin retorno del informador y el periodista. Un sendero lleno de peligros, gratificaciones y mucha responsabilidad.

Durante los últimos ocho años he vivido todos los extremos de la profesión periodística: los honores y los dolores; la frustración de no poder acceder a una conferencia de prensa oficial y la maravilla de encontrar a un cubano de a pie que me da el más valioso de los testimonios. He vivido momentos de ensalzar esta profesión y otros en que quisiera no haber escrito nunca la primera palabra. No hay periodista que no cargue con sus propios demonios.

Ahora, dirijo un medio de prensa: 14ymedio, el primer diario independiente que surge dentro de Cuba. Ya no soy la adolescente que apartaba de sus ojos la prensa oficial, buscaba fuentes alternativas de noticias y más tarde comenzaba un blog como quien abre una ventana hacia las entrañas de un país. Ahora tengo nuevas responsabilidades. Dirigir un equipo de periodistas que cada día deben cruzar la línea de la ilegalidad para hacer su trabajo.

Soy responsable por cada uno de los reporteros que conforman la redacción de nuestro diario. Los peores momentos son cuando alguno de ellos demora en volver después de una cobertura y debemos llamar a la familia para anunciarle que está detenido o está siendo interrogado. Esos son los días en que quisiera no haber escrito la primera palabra… De no haber escrito la primera palabra en el momento en que lo hice, sino mucho antes.

Siento que si hubiéramos pasado a la acción y hubiéramos ejercido el derecho a informar e informarnos desde mucho antes, ahora Cuba sería un país donde un periodista no sería sinónimo de profesional domesticado o de criminal furtivo. Pero al menos hemos empezado a hacerlo. Hemos pasado de la información a la acción, para ayudar a cambiar una nación desde la noticia, el reportaje y el periodismo. Una acción con «A» mayúscula, como aquella que mi abuela dibujaba sobre unos papeles que nunca supo bien lo que decían.

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