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De una crisis a una catástrofe (humanitaria)

Antonio José Monagas

Cualquier proceso de desajuste que implique consecuencias de algún orden político, económico o social, degenera en un desbordamiento de las condiciones que, en principio, se prestan para otorgarle algún carácter de rigidez a cuanta estructura puede ser contenida desde la esencia de las fuerzas actuantes en función de la consolidación de la materia.

Este principio aplica no sólo a las realidades a partir de las cuales se expone todo fenómeno de contundencia específica. O también de maleable naturaleza. Pero igualmente, a todo proceso que compromete la vida misma del hombre y su modo de organizarse ante las exigencias propias de su movilidad.

De ahí que, según la magnitud con la que se produzca cualquier acomodo, reacomodo o desacomodo, se determina la dimensión bajo la cual se suscitan sus efectos. Así que en virtud de lo que sobreviene en el marco de cualquier acontecimiento, bien sea abstracto o concreto, sus consecuencias terminan deparando lo que ciertamente configura una emergencia, un caos, una crisis, una catástrofe o un colapso.

Cualquiera de estos grados, pasa por revelar un problema cuya seriedad y alcance pone en graves aprietos una realidad cuya situación determina una convulsión o conmoción capaz de inducir un desenfoque de las variables de las que depende su estructura en términos de sus condiciones primigenias. O sea, cualquiera de los problemas que se suscitan detrás de una emergencia, un caos, una crisis, una catástrofe o un colapso, finaliza en una desgracia. Indistintamente, del daño que origine.

No obstante, el perjuicio entre las consecuencias de una crisis y las que ocasiona una catástrofe, lógicamente son distintas. No sólo si se atiende o comprende el tiempo en que sucede el daño, o la capacidad del problema para infringir un cierto tamaño del daño. Pero en cualquier fase, las secuelas del trance en referencia enmarañan razones y turban argumentos que buscan establecer algún orden con la disposición de sosegar los enmarañados ámbitos que daban lugar a la necesaria funcionalidad que mantenía erguida la situación cuestionada.

Venezuela viene viviendo tal sucesión de reveses que, hasta ahora, han degradado lo impensable e inimaginable de todo cuanto le imprimía catadura a las realidades nacionales. De algo que bien podía calificarse de desarreglo, dada la inmediatez y la improvisación que caracteriza toda gestión política de un gobierno en estreno, como en efecto lo fue el presente los primeros años del siglo XXI, o luego del fallecimiento del presidente militar, se llegó a un insospechado estado de deposición de lo que determinaba la institucionalidad democrática nacional en todas sus expresiones. Al punto que casi veinte años después, el país cayó en la ruina a causa de las mafias que tomaron el poder político nacional.

La Venezuela de dos décadas después de 1999, no es comparable con la que sirvió de escenario al país político que surgió con el aval del cacareado socialismo del siglo XXI. De una emergencia, se entró en un caos que luego condujo a una crisis que se hizo catástrofe una vez que al mismo tiempo se activaron todos los factores agravantes. Y esto es lo que define al decir que se entró en una catástrofe humanitaria. Sobre todo, por cuanto el tenor de los daños que actualmente están viéndose en el país, son tan letales que hasta desproporcionados se hacen en términos de sus medidas.

Por eso y con absoluta razón, a pesar de las contradicciones que motivan su reconocimiento y que contrarían toda imagen de la Venezuela que fue antes de la nefasta incursión de estos desesperados gobernantes de “cabeza roja”, el país se ha visto sacudido al trasvasar su movilidad política, económica y social de una crisis a una catástrofe (humanitaria).

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