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Del discurso al hecho político-electoral

El ejercicio de la política se halla en franca decadencia. Sobre todo, de cualquier praxis de gobierno que presuma de la condición que brinda el apego al poder. Y así se observa, dado el impúdico afán que tienen politiqueros de oficio por enquistarse desde elevados niveles de poder. El arrojo se plantea con tal morbo e ironía, que se atreven a manifestar que tan insulsa avidez es “hasta el final de los tiempos”. 

Esta situación no sólo caracteriza ámbitos político-partidistas. Igualmente, deja verse en  estamentos políticos que ocupan responsabilidades de gobierno en organizaciones de corte sindical, corporativo o de índole social, gremial o cultural. Sin embargo, el problema no siempre retrata la estructura funcional que dispone el poder para dictar medidas que conduzcan la situación hacia posiciones amañadas. Esto, según intereses predeterminados o calculados a instancia de intereses arreglados con encubierta intriga. Igualmente dicho problema, da cuenta da la situación que incumbe al otro lado del proceso eleccionario. O sea, al ámbito que ocupa y desde donde se desenvuelve el electorado. 

Pero el problema que se esconde debajo de tan apesadumbrada situación, está más allá de lo que puede inferirse de una primera lectura. Habría que comenzar por desnudar los escenarios a partir de los cuales pudiera posibilitarse cualquier resultado. De hecho sería demasiado simplista y hasta riesgoso, suponer respuestas configuradas con base en variables carentes de la capacidad de injerencia o de intervención en el foco del problema en cuestión. 

Habrá que manejarse con suma cautela frente a las señales que pueden emanar de contingencias no demostradas como tales. O ante llamados agoreros de actores políticos que sólo buscan distraer la atención del conglomerado con la intención de desvirtuar la importancia del proceso comicial en juego. O de confundir, mediante argumentos triviales, la elaboración de decisiones que habrán de darle soporte formal a la dinámica logística sobre la cual se movilizan los factores comprometidos con el discurrir del proceso político-electoral.  

Los partidos políticos, muchas veces, trabajan subrepticiamente con la intención de arrimar “la brasa a su sartén”. Tal aforismo popular, bien describe lo que tiende a ocurrir cuando se tienen motivaciones no del todo transparentes. O porque la inmediatez, busca actuar conspirativamente o como cómplice de alguna línea política previamente arreglada. O sin la legalidad o legitimidad necesaria. 

Debe reconocerse que buena parte de estos problemas, son producto de la precaria cultura política bajo cuya debilidad se traman argucias que buscan ganar el espacio político que no es posible obtener por la vía democrática del voto. Esta situación, llamada por la teoría política “comportamiento electoral”, es causa de ingentes trabas que retrasan, engorronan o tergiversan procesos político-electorales. Y que terminan encauzados por maniobras fraudulentas o de índole delictual. Razón para que deriven conflictos que traspasan límites jurídicos y fronteras de civilidad, tolerancia, respeto y pluralismo. 

Por ese motivo, las leyes exhortan lineamientos de política de gobierno sustentados en principios éticos y administrativos relacionados con la alternancia o alternabilidad, la responsabilidad y la pluralidad como razones que infunden el debido peso político a todo ejercicio político-gubernamental que presuma de democrático, electivo y equitativo. Todo ello, fundamentado por la justicia, las libertades y los derechos humanos.

En términos de lo arriba disertado, debe tenerse absoluta comprensión de que todo proceso político-eleccionario descansa en condiciones éticas, jurídicas, económicas,, sociales y culturales. Y, por supuesto, políticas. Pero además, deben considerarse otras anteriores y posteriores al evento mismo. Anteriores, de naturaleza organizacional, promocional y de planificación. Posteriores, relacionadas con el reconocimiento, y con lo que involucra la transparencia y aquellas responsabilidades de índole administrativo. 

Al mismo tiempo, es importante tener claridad de lo que en esencia es un proceso comicial. Su realidad, compromete un problema de orden gerencial. Y tiene que ver con la conciliación entre exigencias y resultados. Tanto como entre criterios y procedimientos. Pero además plantea un problema administrativo, toda vez que dilucida la ley capital de todo proceso de administración al considerar sus momentos capitales como en efecto son: la coordinación, la planificación, la organización, el control y la evaluación. Los mismos, entendidos como fundamentos irrebatibles del proceso en toda su extensión y magnitud.

Concienciar la importancia de todo proceso comicial, es también reconocer el significado de la democracia como sistema político de convivencia ciudadana. Y aunque puede variar según el marco institucional y legal al cual se adscriba, nunca dejará de ser lo que en el fondo es. O sea, un evento de trascendencia fundamental toda vez que sus resultados son capaces de avivar y garantizar el advenimiento de tiempos mejores en todos los sentidos que política y socialmente pueden estimarse. De manera que por esto, debe cuidarse de no sucumbir en la brecha que tiende a abrirse al recorrer la distancia que se establece del discurso al hecho político-electoral

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