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Demasiada humillación

Me gusta conversar con la gente. Siempre me ha gustado. Cuando vivía en Maracay iba todas las semanas al centro. Aunque no fuera a comprar nada, disfrutaba de esa interacción con las personas. A algunas de ellas las entrevisté en mi programa “Gente como tú” que transmitía TVS. Todos tenemos una historia que contar. Pero las historias que me contaban antes tenían sus tristezas, pero también sus alegrías. Tenían sus bajos, pero también había altos. Había derrotas, pero igualmente había triunfos. Las de hoy, están todas llenas de desesperanza.

El jueves pasado, mientras hacía cola en una farmacia, me puse a conversar con una señora que estaba al lado mío. Su historia de “caza de alimentos” se parece a la de todos y a la vez es única, porque es su problema, su angustia, su tiempo.

Me contó que el día anterior había hecho cola en el Mercal de Graveuca en El Llanito desde las 12 de la medianoche. A pesar del peligro que significa estar en la calle a esa hora. Un policía trató de convencerlos de que se fueran con el argumento de que “el gobierno prohibió que hicieran cola en la noche”, pero el amotinamiento de quienes estaban allí lo desalentó a seguir en su prédica. “Y es que si no llegamos a esa hora, llegan otros. Hay lujos que no podemos darnos porque todo está carísimo”.

A las 10,30 de la mañana, diez horas y media después, “llegó el camión”. Ella dice que quienes organizan la cola se llaman entre ellos “colectivos”, pero no supo decirme si pertenecían a alguno de esos grupos, o si era sólo un nombre. Pero son quienes entregan los números, cuidan la cola y arman los paquetes que reparten adentro. Cuando finalmente pasó, cerca del mediodía –llevaba ya 12 horas en cola- le vendieron dos Harina PAN (porque las que hace el gobierno hace rato que no las ve, “si no fuera por Polar”), un kilo de leche en polvo y medio kilo de caraotas negras. Cuando estaba en la cola para pagar vio que los “colectivos” entraron, tomaron lo que quedaba, “cargaron con varios kilos de todo mientras que a nosotros nos habían dado ese poquito” y dejaron en la cola afuera a gente que estaba desde la madrugada. “Se armó un zafarrancho”, me dijo. “Pero yo me fui para ver si en otra parte conseguía algo más”. Si dedica un día de trabajo a buscar comida, no puede perder tiempo. “Además me da mucho miedo que empiecen a disparar”… Sin comentarios… En Venezuela parece que todos los que están fuera están más armados que los que están dentro de los cuerpos de seguridad.

Llegó a Locatel de Petare: el saldo de su viaje, dos jabones y dos pastas de diente. “De allí salí rápido”. Y se fue al Bicentenario de Terrazas del Ávila. Eran ya las 2 de la tarde. La fila era infernal de lo larga. Una muchacha que hacía cola tenía una niña pequeña que ardía en fiebre. Varios se acercaron al policía de la puerta a pedirle que la dejara entrar y su respuesta fue “a mí no me importa que tenga fiebre, váyase para su casa”. Los insultos no se hicieron esperar. Indigna también la insensibilidad del funcionario, cosa que ni es nueva, ni poco frecuente. A las 8 de la noche cerraron el hipermercado. La señora se quedó con seis horas de cola a cuesta y nada que comprar. “Demasiada humillación”, me dijo. “Y a este señor lo único que le preocupa es que sacaron a Dilma”…

“Ese señor que lo único que le preocupa es que sacaron a Dilma” algún día responderá ante Venezuela y en la Corte de La Haya por esas humillaciones, entre otras muchas cosas. El país es una olla de presión a punto de estallar. Que Dios nos agarre confesados.

@cjaimesb

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