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Desesperanza, diáspora y suicidio; ¡la revolución!

Héctor Silva Michelena
Dijo Camus en El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdadero: el suicidio”. Seguramente, el señor Eugenio, de 65 años de edad,  venezolano, que llevaba cuatro meses viviendo solo, no se lanzó del balcón de su edificio en Caracas para quitarse la vida por un argumento ontológico. Me baso en una noticia de Yahoo y Reuters, para mostrar que el gobierno miente sobre el escandaloso aumento de suicidios acaecido en los 20 años “revolucionarios”. Sabemos que en Venezuela es imposible verificar las cifras de mortalidad de la población porque el gobierno tiene un férreo control de las estadísticas desde hace dos décadas y no existen registros oficiales desde 2012.
La sonrisa dulce y bonachona de Eugenio un buen día se le borró del rostro. El suicidio de Eugenio tomó a todos por sorpresa. No tenía antecedentes de enfermedad mental y contaba con el respaldo de un grupo familiar que lo amaba. La familia estaba físicamente separada debido a la crisis que atraviesa Venezuela desde hace varios años. La primera en partir fue su hija Julia, quien agarró sus maletas y se fue a Chile en busca de un mejor futuro. Luego se fue su esposa, Mercedes, para acompañar a la joven en una convalecencia médica e iniciar su propio proceso migratorio. El plan era que todos se reunirían de nuevo en tierras chilenas para comenzar una nueva vida.
Pero Mercedes notó que algo andaba mal. Lo sentía cada vez más consternado y decaído cuando conversaban a diario por teléfono. La hermana de Mercedes fue a visitar a su cuñado y notó que ya no era el mismo. Lo percibió alterado. Le dijo que el presidente venezolano Nicolás Maduro lo tenía harto con su constante persecución a los opositores. Ella lo convenció de que era mejor pasar unos días en su casa para que se animara en compañía del resto de la familia y acordaron que saldrían a primera hora de la mañana. Fue una noche dura para ambos. Él no podía dormir y ella sentía miedo al verlo hablando solo en la oscuridad. Cuando amaneció, ella fue a colar café y él dijo que iba a ducharse para salir. Un vecino, que también había notado cambios en su ánimo, pasó temprano a saludar.
Pero llegó demasiado tarde. La cuñada y el amigo de Eugenio conversaban en la cocina cuando escucharon un ruido parecido a un fuerte portazo. Ella salió a buscar a Eugenio, pero no lo encontró dentro del apartamento. Al salir al balcón escucharon los gritos de testigos que vieron cómo Eugenio puso fin a su vida lanzándose al vacío.
Su  sobrina Laura accedió a dar su testimonio, pese al tabú que existe en Venezuela sobre el tema. “De todos mis tíos el que menos pensábamos que podía hacer algo así era él. Era profesor jubilado de Educación Física, era súper dulce. Nadie se esperaba algo así. De todos los perfiles de personas, el que menos encajaba en un suicidio era él”. Las trabas de la burocracia migratoria impidieron que Mercedes y Julia llegaran a tiempo para las exequias y tuvieron que conformarse con mirar el video transmitido en vivo mediante un móvil. “Fue muy triste. Todos estábamos callados y se escuchaban los sollozos de ellas dos”, dijo Laura.
Cifras oscuras: en Venezuela es imposible verificar las cifras de mortalidad de la población porque el gobierno tiene un férreo control de las estadísticas desde hace dos décadas y no existen registros oficiales desde 2012. Pero el Observatorio Venezolano de la Violencia, organismo no gubernamental dedicado a registrar y analizar la violencia y la conflictividad social, ha advertido un repunte de los suicidios a partir de 2016.
En su informe anual de 2017, el OVV señaló un significativo aumento de suicidios en algunas regiones del país. “En el estado Mérida, entre enero y noviembre de 2017 se quintuplicó la cifra de homicidios registrada en todo el año 2016. Ese incremento es de tal magnitud que supera la sumatoria de suicidios en Mérida durante en los últimos 4 años, y arroja una tasa de 19 personas por cada 100.000 habitantes”.
Para el OVV esa es una cifra significativa porque solo 20 países en el mundo superan la proporción de suicidios alcanzada el año pasado por esa región andina. Las fluctuaciones de los números de suicidios en el país parecen estar vinculadas con la situación sociopolítica. La primera cifra registrada por la Organización Mundial de la Salud sobre el tema fue en 1979, cuando se registraron 589 muertes por autolesiones. Durante esa época Venezuela atravesaba una extraordinaria bonanza proveniente de los aumento de los ingresos petroleros, después de la nacionalización de los hidrocarburos.
La cifra se fue incrementando de manera sostenida en los próximos 20 años hasta alcanzar 1.246 suicidios en 1999, año del triunfo electoral de Hugo Chávez y nacimiento de la llamada revolución bolivariana. Para 2002, la OMS registró 731 muertes por autolesiones, lo que representó un abrupto descenso que sorprendió a los analistas. Esa tendencia se mantuvo hasta 2012, cuando el Instituto Nacional de Estadísticas de Venezuela publicó las últimas cifras oficiales con 788 suicidios. El cese de la divulgación de los datos oficiales coincidió con el fin de la era Chávez, quien gobernó al país hasta su muerte en marzo de 2013.
El deterioro de la situación económica y social de Venezuela se ha acentuado de tal manera que el Centro de Estudios Latinoamericanos indicó que la contracción de la actividad económica durante 12 trimestres consecutivos “ha intensificado la destrucción del tejido empresarial, el incremento de la tasa de paro, la escasez de bienes de primera necesidad, el crecimiento exponencial de la inflación y el aumento sostenido de los niveles de pobreza e indigencia de la población venezolana, cuyo salario mínimo interprofesional suponía, hasta el 31 de agosto, menos de un dólar al mes”.
El “paquetazo rojo“ de Maduro, anunciado el 17 de agosto, dentro del cual decretó un aumento a 180 millones de bolívares, o 1.800 soberanos, equivalentes a 30 dólares para el momento. Ya se ha deteriorado, pues el FMI prevé contracción económica venezolana de 18% en 2018 y una inflación inaudita de 1.000.000%, para este fin de año.
La situación es tan desesperada que miles de venezolanos huyen a diario a pie por la frontera hacia Colombia. Los que se quedan buscan mecanismos para sobrevivir dentro de su precaria situación. Unos pocos se han hundido en la depresión y han optado por acabar con sus vidas para poner fin a sus penurias. Pero las historias de estas personas desaparecen entre el oscurantismo impuesto por el régimen bolivariano.
Los datos que se manejan son recogidos por institutos de investigación independientes como el OVV y profesionales de la salud mental como la psicóloga clínica Yorelis Acosta, quien aseguró en una entrevista a la cadena colombiana RCN que solo en Caracas hay suicidios a diario. La psicóloga señaló que una posible causa del incremento en los suicidios es la falta de medicamentos para las personas con trastornos psiquiátricos. “No consiguen su medicamento. Se lo toman interdiario, modifican las dosis y eso hace que se descompense”.
Testimonios de dolor: el Día Internacional de la Prevención el Suicidio, que se conmemora el 10 de septiembre, pasó sin pena ni gloria en Venezuela, pero al día siguiente las redes sociales se sacudieron con el mensaje desesperado de un profesor universitario que estaba pensando acabar con su vida.
“La verdad es que vivir, como ocurre en Venezuela, sin esperanzas de un porvenir con bienestar para personas como yo, profesor universitario jubilado, empobrecido hasta el mínimo nivel, no vale la pena. El suicidio me ronda la cabeza. No soportaré varios años más este sufrimiento”, dijo Sigfrido Lanz, profesor de Sociología en un post. Decenas de personas e instituciones se apresuraron en su auxilio. Su hija declaró a la prensa que estaba con su padre en todo momento y que no lo abandonaría. Pero otras historias compartidas en redes sociales dicen que ya las personas habían consumado el acto de acabar con sus vidas.
Consummatum est! Ipsi vadant, et morietur, dicit Imperium.
Nota al lector: Los nombres verdaderos de Eugenio, Mercedes y Julia fueron cambiados para proteger su intimidad.
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