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Dialogar: ¿un problema de concepto o de praxis?

Cuando la política comienza a despedir humores de amargo contenido, es porque ni siquiera es capaz de aguantarse la iracundia que, de su intolerancia y soberbia, se desprende. Es precisamente, el momento en que se dan manifestaciones de exasperación que conducen a contrariar el discurso que encarna su liderazgo. Particularmente, cuando movido por la necesidad de acentuar el proselitismo requerido por la estructura monolítica que configura la organización política a la cual se debe, cae en problemas a consecuencia de compromisos que, finalmente, resultan quebrantados.

Sin embargo, en el fragor del correspondiente discurrir político, surgen elocuentes opiniones que plantean soluciones a los conflictos generados en el ámbito de los susodichos desencuentros. Para ello asoman algunos mecanismos o recursos basados en criterios que consideran el diálogo o dialogar, como la vía política para alcanzar el presunto equilibrio que pudiera apuntar la situación en cuestión hacia la moderación necesaria.

Sólo que el ejercicio de la política, cuando pasa a ser ejercicio de gobierno, se disloca. Sobre todo, en respuesta a valores que tienden a extraviarse del cauce que le imprime la ética política y la ética social.

De hecho, hay quienes llegan a pensar que dialogar es un acto de traición o de complicidad con factores políticos que entienden el problema de marras desde una perspectiva distinta. Es decir, desde un punto de visto más ecuánime que el comprendido por quienes, infundadamente, le temen a la incertidumbre pues no tienen idea alguna de cómo entenderla y así encararla. Les resulta inviable aceptar la contradicción como un derecho político necesario para afianzar la libertad como condición de vida social y de convivencia económica.

La polarización que insumió a Venezuela por la perdición de su esencia democrática, se convirtió en instrumento de rompedura de la movilidad que la condujo hacia fases de un aventajado desarrollo. Y que aún cuando algo imperceptible, quizás por egoísmo o envidia, el país se destacó por ascender entre crisis que abatían otras realidades geopolíticas. Aunque cercanas a Venezuela.

Tan insidioso problema, fracturó no sólo la concepción de prácticas sociales, políticas y económicas que le valieron a Venezuela el mérito de haber alcanzado sitiales de preferencia en un universo de países en vías rápidas de desarrollo económico y social. Pero también afectó actitudes que, con el pasar de tanta agua bajo el puente de la política, se volvieron recalcitrantes. Y tanto fue así, que la política sufrió del mismo mal. Al extremo, que el país cayó en la sombra que le deparó la desgracia política al dejar que la inercia del infortunado golpe de Estado de Febrero de 1992, marcara el destino que corrió luego del arribo del militar (golpista) a la presidencia de la República, en enero de 1999.

El sentido sectario que desde entonces esas realidades le imprimieron a la política, y por consiguiente al ejercicio de gobierno, rompió buena parte de lo que la praxis política consideraba de cara al afianzamiento de la democracia como sistema político. Sobre todo, luego que el país se vio zarandeado por una dirigencia política usurpadora que continua ufanándose de hablar y decidir acciones en nombre de una supuesta “revolución” a la cual le endilgaron el apellido de “bolivariana”. Y desvergonzadamente, el remoquete de “pacífica”.

La Asamblea Nacional, luego de diciembre de 2015, cuya legítima representación tomó absoluta consciencia de la crisis que mantiene sometida y urdida a Venezuela, se propuso reconquistar la democracia nacional. Es por ello que entre las razones que viene manejando para que cese la usurpación, para que el  cambio político se realice bajo la autonomía de un gobierno de transición que determine unas infalibles elecciones libres, no ha dejado de pensar en un diálogo que favorezca tan indiscutible horizonte.

No obstante, el diálogo en medio de la tensa situación que padece Venezuela, sigue sin rendir sus frutos por razones políticas que se confunden en los límites que confluyen entre la inteligencia, el ingenio y la sensatez. Aunque colateralmente, coexisten con la verdad, el pluralismo y con la justicia, como razones de moralidad y ética que le aportan consistencia a todo diálogo que va tras una articulada negociación entre posturas de serio contenido y augusta formación.

Sin embargo, persiste el turbio discernimiento de ver en el diálogo el exhorto de una confrontación la cual dejara ver que en el fondo de todo se mantiene una equivocada concepción de lo que en lo cierto es un diálogo político. O acaso es que sobre su realidad pesa el problema político de hacer ver que dialogar es ¿un problema de concepto o de praxis?

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