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Dimitir no es un nombre ruso, ‘president’

Leí la frase en la Puerta del Sol de Madrid cuando la acampada del 15M. Los indignados habían desplegado pancartas con eslóganes ingeniosos y uno de ellos se me quedó grabado: «dimitir no es un nombre ruso», decían en alusión a los políticos afectados por la corrupción y los recortes sociales.

Estos días, mientras asisto al espectáculo que está ofreciendo el presidente en funciones de la Generalitat de Cataluña, creo que Artur Mas debería aplicarse el cuento de los indignados y dimitir como candidato a presidir el gobierno catalán, como líder de CDC y como político. Se ha acabado su tiempo, como le ocurrió a Juan José Ibarretxe en mayo de 2009, tras fracasar en su intento de una consulta popular para la independencia del País Vasco y posteriormente ceder el poder a un gobierno socialista encabezado por Patxi López.

En vez de asumir el desastre al que está llevando a Cataluña, el president lleva semanas buscando alianzas para salvarse él mismo a costa de renunciar a los principios que siempre ha defendido un partido como Convergencia, que ha contribuido a crear la actual España moderna.

Mas ha aceptado (¿o ha impulsado?) el incumplimiento de las leyes, empujado por sus compañeros de viaje de ERC y la CUP (muchos de ellos seguro que acampaban entre los indignados en Barcelona); y al darse cuenta de que no era suficiente, ha aceptado un programa económico radical y contrario a sus votantes tradicionales y se ha presentado «en modo felpudo» a negociar con los líderes asamblearios cupistas en busca de dos síes y ocho abstenciones que le aseguren repetir mandato. ¿Dónde está la dignidad que pedía para el poble catalán?

La historia reciente de Artur Mas es la de un político cegado por un proyecto imposible, que le ha llevado al desgobierno, lanzado hacia el abismo sin recapacitar después de cada uno de sus fracasos. Su campaña frustrada para buscar aliados internacionales fue el primer aviso que no quiso escuchar; antes había ido regalando escaños a ERC en el Parlament, mientras se esparcía el tufo de la corrupción en su partido; y luego vino el resultado de la consulta del 9N de 2014, que le llevó a plantear unas elecciones plebiscitarias que ha perdido en votos, aunque haya ganado en escaños.

Al día de hoy, el president está perdido, como en la película de Alejando Amenábar Los otros, en la que los protagonistas estaban muertos y no lo sabían. Artur Mas está políticamente muerto.

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