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Dios ha muerto

La famosa frase de la que se han escrito interminables volúmenes de la filosofía del siglo XX, revelada por el filósofo prusiano del siglo XIX, Friedrich Nietzsche en una publicación llamada Guy Science (1887). Una aseveración usada erróneamente por muchos para expresar por medio de ella lo que quizá no podrían expresar y argumentar por sí mismos. Nietzsche pone todas estas palabras en la boca de un loco: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado.” Si, en su ensayo Nietzsche le pregunta a su audiencia si no han oído hablar de aquel hombre loco quien, a plena luz, del día enciende un farol y comienza a gritar: _¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios! Como muchos de los que estaban allí reunidos no creían en Dios, hicieron toda clase de burlas al pobre loco.

Sin embargo, este hombre loco continúa con su idea de hacerles ver dónde se encuentra Dios. Entonces, les hace ver que entre todos le han matado. Y comienza a hacerles una cantidad de preguntas inherentes a la naturaleza de Dios como creador: ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la Tierra de su sol? ¿No se dan cuenta que está oscureciendo? ¿No es necesario encender faroles en pleno día? ¿Nada olfateamos de la descomposición divina? Los dioses también se descomponen. Y así sigue el loco hasta que exclama: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado.”

A continuación Nietzsche pone en la boca del loco preguntas y frases dirigidas a todos los asesinos que han matado a Dios. ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Quién borrará de nosotros esa sangre? ¿No es excesiva para nosotros la grandeza de este acto?¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de ella? Y luego de varias preguntas en ese estilo les dice: “No ha habido jamás en el mundo un acto más grandioso, y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más grandiosa de lo que hasta el presente fue la historia”. Finalmente, el loco lanza su farol que se rompe en muchos pedazos, mientras dice que ha venido antes de tiempo y que su hora para ese gran acontecimiento aún no ha llegado.

Quizá Nietzsche habrá querido matar al dios de quien supo desde niño, al dios que le arrebató a su padre, un siervo De Dios, a la edad de 4 años; al dios castigador, erigido por una sociedad perdida en su ignorancia sobre Dios. Al dios que sirvió de fachada a muchos males y en nombre de quien se llevaron a cabo sangrientos eventos de la historia. La verdad es que prefiero no elucubrar acerca de la formación religiosa que le diera su madre en la ausencia de su padre, ni cómo fue su relación con el dios mostrado en esa formación religiosa. Solo podemos remitirnos a los hechos, a lo que han hablado sus palabras escritas, en obras tales como la que acabamos de mencionar y en su obra cumbre, Así habló Zaratustra; ya que en ambas dios está muerto. Y la idea de Nietzsche del hombre, el superhombre, que podía construir su propia moral sin necesidad de Dios, también está muerta.

En pleno siglo XXI podemos constatar que la letra sin espíritu es vacía e irremediablemente muere. Todos los volúmenes poéticos y filosóficos se vuelven estériles cuando el hombre se desconecta de su humanidad creada a la imagen y semejanza de Dios, Imago Dei. Porque esa humanidad no es solo el cuerpo, es el espíritu que le conecta con su Creador, tal como lo expresó profundamente San Agustín de Hipona en su obra de De Trinitate. El ser humano posee en su ser interior ese Intentio de eternidad, ese anhelo de comunión con el Creador. Por lo que cuando el hombre trata de conocerse alejado de Dios, se encuentra con el ser exterior; con el cuerpo, con sus demandas insaciables, incapaz de alcanzar el equilibrio, sin la guía del ser interior en relación con Dios.

En nuestro mundo actual, cada vez se hace más visible la imposibilidad de una moralidad que nos sustente como una sociedad que promueva el respeto y la preservación de la dignidad humana. El eje que mueve al mundo es el amor al dinero. Hay grandes corporaciones que toman toda clase de decisiones alejados del bien común, destruyen al planeta con sus prácticas anti-ecológicas y poco les importa. Mientras sus bolsillos estén llenos a reventar siguen adelante. Las grandes batallas libradas por la independencia de las naciones, la abolición de la esclavitud y tantas otras, se encuentran absolutamente desdibujadas ante la perdida de todos los valores morales y éticos en un mundo que aún persigue la subordinación del hombre por el hombre.

La mayoría de los gobiernos no ejercen su misión de gobernar para construir naciones que promuevan la prosperidad, la salud y el bienestar; por el contrario, son redes de corrupción, pequeños grupos con enormes capitales que podrían darle de comer al mundo entero con sus montones de dinero. Siempre escondidos detrás de muchas caras, todas etiquetadas con un precio, hasta las de abogados famosos y honorables, que abogan por causas indefendibles. Gobiernos que usan procesos democráticos para atornillarse en el poder, porque la red de corrupción ha alcanzado todas las instituciones que deberían velar y defender al estado.

La pandemia ha puesto en evidencia las grandes luchas de poder, no solo entre las naciones con sus intereses egoístas de supremacía, sino entre toda clase de grupos políticos y económicos que quieren dirigir al mundo con el único fin de continuar enriqueciéndose y ganando poder. Como bien lo expresó el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita”. (3:1-5)

Sin duda, una descripción muy acertada sobre el hombre del siglo XXI, sobre todo de muchos de los que hoy están en posiciones de autoridad. Hombres que se han erigido como dioses, emborrachados por el poder político y económico. Probablemente, si Nietzsche despertara de la muerte en este momento, buscaría desesperadamente a Dios, pero no en el papel de un loco, sino como el hombre que reconoce su limitación. Quizá, de tanto buscarlo, lo encontraría; pues, el que busca, encuentra, dijo Jesús en el sermón del Monte. Y al encontrarlo le rogaría que estableciera Su moral en medio de este mundo donde los hombres se destruyen unos a otros.

Quizá Dios le contestaría a través del profeta Jeremías (9:23-24)

“Así dice el Señor:
Que no se gloríe el sabio de su sabiduría,
ni el poderoso de su poder,
ni el rico de su riqueza.
Si alguien ha de gloriarse,
que se gloríe de conocerme
y de comprender que yo soy el Señor,
que actúo en la tierra con amor,
con derecho y justicia,
pues es lo que a mí me agrada
—afirma el Señor—.

Porque Dios solo ha muerto para aquellos que lo han matado.

Para nosotros, Dios vive y Él es nuestra gloria.

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