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Discípulo aplicado

Ya Edmundo era doctor cuando nació Jorgito. Ni siquiera puedo asegurar que hubiera sido alumno suyo en la facultad de medicina de la UCV, pues lo que registra mi información es que obtuvo su grado en 1987 cuando Edmundo ya electo en 1984 se desempeñaba como rector. Difícilmente en esos tiempos podía ocuparse de cátedra alguna sobre todo si se toma en cuenta que el rectorado del 84 al 88 fue para él como una especie de plataforma para lanzarse a la vida política. Que fuera su alumno en los primeros años de la carrera luce difícil por la especialidad, pero eso es irrelevante.

La condición de discípulo no se adquiere necesariamente en un aula donde alguien imparte enseñanzas y otro las recibe. Son más los discípulos que encuentran sus maestros en eso que se suele llamar la escuela de la vida, que en las aulas de escuelas, liceos y universidades. Es por ósmosis como los hijos aprenden de los padres las conductas que con el tiempo se conocen como su modo de ser, su personalidad, su carácter o cualquier otro calificativo que se resume en la expresión “lo que se hereda no se hurta”.

Desde luego que Jorgito no pudo absorber de su padre esas conductas que conforman su carácter y su personalidad sino de un modo menguado, pues apenas contaba con 10 años cuando éste falleció y las circunstancias de la agitada vida de Jorge Rodríguez que termina con su muerte, asesinado en prisión, no eran las más propicias para el contacto cotidiano y hacer crecer en él un modo de ser y de comportarse generado por la imitación del paradigma, que permite a los que observan la conducta del hijo, émulo de las acciones del padre, afirmar “hijo e’ culebra nace picando”.

No, en realidad Jorgito fue un protegido de los cuarenta años  de los gobiernos civiles. ¿Qué generó esa protección? Quizá un complejo de culpa en los superiores por no haber impedido el hecho, o más bien quizá, el deseo de reparación canalizado a través de poner al alcance del hijo lo que el padre hubiera podido darle de no haber sido asesinado: la posibilidad de una vida deslastrada del pasado. Efectivamente la tuvo, pero habría de tropezarse con Edmundo un hombre que usó su profesión para el estupor y el crimen. Le faltó siempre el padre que lo hubiera apartado de las malas compañías.

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