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Dos visiones opuestas e incompatibles

Colombia entró en una hora de definiciones trascendentales. Así lo indica el resultado de la elección presidencial que concluyó el pasado 15 de junio.

Santos y Uribe representan dos concepciones contrapuestas de lo que debe ser el desarrollo social, político y económico del país. Por primera vez, desde la primera mitad del siglo XX, hay una confrontación de visiones tan profunda. Y una división de la sociedad, casi por la mitad, entre esas dos maneras de ver el futuro de Colombia.

De 1930 a 1990, la economía colombiana se sustentó fundamentalmente en el café y en la industria manufacturera. Medellín y el Viejo Caldas fueron el epicentro del poder económico. Lo cual se reflejó en que la política económica, manejada desde Bogotá, tuviera en cuenta la distribución del poder económico. En los gobiernos del Frente Nacional, entre 1958 y 1974, hizo su aparición, además, una tecnocracia cosmopolita y modernizante, que aisló la conducción de la economía de las presiones políticas y de la tentación populista. Así las cosas, se conformó una élite central, más conectada con el exterior que con las regiones colombianas, relación, esta última, que se mantuvo en cabeza de la clase política.

En 1990 las cosas cambiaron. El café dejó de ser la columna vertebral de la economía al colapsar los acuerdos cafeteros internacionales, que mantenían alto el nivel de los precios externos. Por otra parte, se intentó abrir la economía y reducir la protección, que tradicionalmente había favorecido a los agricultores comerciales y a los industriales de la manufactura. El petróleo y el carbón se convirtieron en los principales productos de exportación del país. La Constitución de 1991 estableció claramente una serie de derechos sociales, descentralizó funciones del Estado y reformó instituciones como el Banco de la República y las cortes. Nuevos fenómenos, como el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción, dieron lugar a matrimonios non sanctos en las regiones, cuya máxima expresión fue la ‘parapolítica’.

En la actualidad convive en Colombia el mundo de antes con el de ahora. Pero se ha reconfigurado el poder. La élite central no se ha adaptado bien al nuevo ambiente económico y político, ni entiende que el poder se ha dispersado, y, de cierta forma, está acorralada ante el surgimiento de nuevos grupos poderosos en las regiones.

Aventuraría la hipótesis de que el presidente Santos representa todavía a la élite central, defensora de la democracia liberal y respetuosa de la separación de los poderes y del funcionamiento de las instituciones. Una élite más a tono con lo que ocurre en el mundo exterior, con algunos elementos reformistas, que quiere modernizar y enfrentar los problemas sociales, pero que continúa manejando la política con base en los mecanismos clientelistas utilizados tradicionalmente en el país. Necesita renovarse y generar una nueva relación política con las élites regionales y locales.

A su vez, el expresidente Uribe encarnaría el poder económico del pasado; ese que no se da cuenta de que el mundo es distinto, de que hay que cambiar la forma de hacer política y buscar una sociedad incluyente. Y representaría a las nuevas élites regionales, poco amigas del orden institucional, de la modernización, de la globalización y de la inclusión social. Por el contrario, partidarias del caudillismo, de la fuerza militar, de cerrar la economía. En otras palabras, del populismo.

Son dos visiones opuestas e incompatibles. De ahí lo previsible del conflicto entre ambas, producto de una polarización que, ojalá –y para beneficio de todos los colombianos–, no se agudice en los próximos meses.

(ElTiempo.com)

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