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El aborto y la situación política de Chile

El debate que se está dando en torno al aborto debe ser una lección para todos los que pueden pensar por sí mismos. El gobierno socialista ha presentado la autorización del asesinato de seres humanos no nacidos como un acto de moralidad pública y de primera prioridad. El Director del Hospital de una de las principales universidades públicas del país ha dicho que él no puede sino acatar la ley, que él no se debe a ninguna otra consideración o autoridad. La Presidente y su séquito introducen graciosamente la objeción de conciencia en el proyecto de ley de despenalización del aborto, pero ésta es sólo individual, no abarca el respeto al ideario de las asociaciones intermedias. Y han conseguido hábilmente que esto ocupe el foco de los medios de comunicación social, y que no se considere el problema radical, sino el de la libertad de conciencia.

Por otra parte, los defensores de la vida han dado infinidad de argumentos, pero todos chocan con oídos sordos. Nada importa, al parecer, si el embrión es o no ser humano desde la concepción. Lo que importa es desde cuándo la autoridad (sea la que sea: la mayoría, el Parlamento o la que sea) protege a ese ser humano. Entre las motivaciones de esa autoridad, la defensa de la vida inocente no tiene por qué poseer el peso que le atribuyen quienes aman y defienden esa vida: la autoridad puede, en apariencia buscar otros bienes y preferirlos, tales como: complacer a la ONU y al lobby feminista y homosexual; promover la igualdad entre ricos y pobres en este punto; liberar a la mujer, hacerla “dueña de su cuerpo”, etc., etc.

Nos encontramos ante un laboratorio social en el que puede radiografiarse el alma socialista. Los marxistas adoptan ahora la actitud de Catón: son defensores de la ley y de la dignidad de la república, que debe aplastar a quienes osen proponer una alternativa. Esto a pesar de que hay una decisión reciente del Tribunal Constitucional que dice que el Derecho constitucional protege la vida del embrión desde la concepción, y que todavía no hay ley que haya despenalizado el aborto. Si les importara tanto la ley, deberían castigar los abortos que supuestamente se han cometido en lo que ellos llaman “clínicas cuicas”. Pero, en realidad, lo que les importa no es la ley.

Los marxistas y quienes simpatizan con ellos en este debate de hoy adoptan la actitud de defensores de la libertad de la mujer y de la libertad de conciencia. Por ejemplo, Gloria de la Fuente, Directora de la Fundación 21, abogaba hoy por la libertad de los médicos de la red de salud UC e invocaba sin comprenderla la distinción weberiana entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Pero, en realidad, al desconocer el derecho de asociación, están trabajando para destruir en su raíz la libertad de conciencia. Como reconoció hace ya más de treinta años el Tribunal Constitucional Español: sin posibilidad de asociarse para cultivar un modo de ver el mundo (y, añadamos, de practicar la medicina), no puede haber libertad individual, porque ante el Estado omnipotente el individuo desnudo, sin redes institucionales, acabaría aplastado. Si se aprobara el proyecto de ley que despenaliza el aborto, ya veríamos lo que vale la “libertad individual” en las escuelas de medicina: los estudiantes serían forzados a practicar abortos violentándose así el impulso más hondo que los ha llevado a querer servir a sus semejantes en la sagrada profesión médica.

Los marxistas nos hablan de preocupación por el pobre, pero sabemos que la promoción del aborto no es sino la concreción necesaria de la ideología neo-maltusiana. Los poderosos de esta tierra quieren eliminar a los pobres. Por eso, precisamente, fueron hábilmente comparados por Juan Pablo II con el antiguo Egipto, cuyo faraón ordenó matar a los primogénitos hebreos por el miedo que les infundía a los egipcios el crecimiento demográfico de los israelitas (cfr. mi artículo “La Presidente Bachelet, el aborto, los pobres y los poderosos”, en mi blog. En un momento les pasaré el vínculo, como un comentario a la presente publicación).

Los marxistas nos hablan de preocupación por la mujer, pero, si se aprobara este proyecto, veríamos a miles de mujeres psicológicamente forzadas a participar en el asesinato del fruto de sus entrañas. Ellas serán víctimas, más que victimarios. Pero luego cargarán toda su vida con un peso muy duro de llevar, como algunas amigas mías norteamericanas.

Que el embrión es un ser vivo humano, nadie serio lo duda. No hay otro evento causal que pueda dar lugar a un nuevo ser vivo en la reproducción sexuada que la fecundación. Quien diga que la implantación en el útero es ese evento causal, tendrá que explicar cuál es el poder causal de un desplazamiento de lugar de un embrión que ya tiene vida propia. Una vez una doctora me dijo en un debate que yo tenía razón en esto, pero que la atribución de la condición de “persona” correspondía al Parlamento. A eso respondo: ¿son acaso mágicas las palabras del Parlamento, para tornar en “humano” a un ser que no lo es? ¿O es que el Parlamento es soberano para declarar como “persona” a quien se le venga en gana? ¿Cuál fue, entonces, el error de los nazis? ¿Por qué no podía el Estado considerar como no-personas a ciertos seres humanos?

El único tipo de respuesta verosímil que se ha dado a la última pregunta es el tipo de la respuesta de Peter Singer: “persona” es sólo el ser con capacidad actual de deliberar. No hay seres que no puedan deliberar actualmente y que sean personas. De esta manera, se podría negar el carácter de “persona” no sólo al embrión o a los no nacidos, sino a los niños nacidos hasta el año y medio. Fundado en esto, Singer sostiene que no es homicidio matar a esos seres humanos.

Pero hay varios problemas con la tesis de Singer. En primer lugar, él entiende la capacidad actual de “deliberar” de una manera bastante amplia, que abarca a los chanchos adultos, por ejemplo, a pesar de que no pueden hablar. En segundo lugar, la negación de la naturaleza como sustrato de la capacidad de deliberar tiene consecuencias que él mismo rechazaría. Me explico.

Si un niño de siete años puede deliberar es porque posee la naturaleza humana. Si Peter Singer puede deliberar, es por la misma razón. Desde hace milenios se ha entendido que el carácter de persona de un sujeto deriva de tener esa naturaleza, aunque el sujeto no tenga la posibilidad de deliberar en acto. Pero Singer niega que haya tal cosa como la “naturaleza”, y por eso restringe la personalidad a la capacidad actual. Ahora bien, al hacer esto, debería convenir en que cualquier adulto que se encuentre durmiendo está privado de la capacidad actual de deliberar, y, por tanto, de la dignidad de persona: se le podría matar sin cometer homicidio. Lo mismo podría decirse de todas las personas que se encuentren en coma. Por supuesto, Singer ni ninguna persona en sus cabales está dispuesto a aceptar estas consecuencias y, por tanto, se ve con claridad que debe sostenerse la noción clásica de “persona”, que no depende de una declaración parlamentaria, como tampoco la de Singer.

En fin: está claro que el aborto es un homicidio. Pero, dice el liberal: “tú no puedes imponer tu juicio a los otros en materias morales”. Amigo mío: es de la esencia de la ley, y en particular de la ley penal, el imponer un juicio. ¿Por qué podemos castigar a los ladrones u homicidas? ¿No podría un pervertido sexual protestar contra la ley que prohíbe la violación? ¿Por qué le imponemos nuestro juicio? Porque la dignidad de la víctima del pervertido lo exige. Lo mismo ocurre en el caso de la defensa legal del no nacido.

Algunos dicen: nadie puede forzar a la mujer a conectarse por nueve meses con un extraño, aun cuando ese extraño no pueda sobrevivir sin la conexión. Este argumento falla porque el embarazo no es una conexión artificial y porque no es un extraño el niño en el seno materno (basta el eufemismo de llamarlo “feto” para tranquilizar algunas conciencias). El amor y la justicia son ordenados: no se le puede exigir a alguien que se conecte a un extraño, pero sí que continúe el embarazo de su hijo. Miles de millones de mujeres han visto el embarazo como el “dulce estado”. ¿Qué será lo que está mal en el alma de las abortistas, que ven el menor sacrificio por su propio hijo como una imposición arbitraria?

Otros todavía replican: es que sin el aborto la mujer nunca será igual al hombre. En realidad, la dignidad esencial de la mujer y la del hombre son iguales. Pero eso no significa que la mujer y el hombre deban ser iguales en todo lo demás. El embarazo y la lactancia introducen una diferencia enorme entre el hombre y la mujer en lo que se refiere a la relación con la prole. Querer eliminar esto es también una grave enfermedad del alma.

El aborto es, entonces, un homicidio, y un homicidio horrible. Hipócrates incluyó, por eso, en su juramento unas frases relativas al mismo: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que lo soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna”. (Tomo este texto de Wikipedia, cotejado con el original griego). ¿Será que el Director del Hospital que mencioné al comienzo no es médico, o será que no se siente obligado por los juramentos? El aborto es una deformación radical de la profesión médica.

Pero, si todo esto es claro para los personeros del gobierno, ¿qué es lo que buscan? Hay que abordar esta pregunta de un modo inusual en Chile, pero es la única manera de desentrañar este misterio. Los socialistas son como los “hombres tiránicos” de que habla Platón en los libros VIII y IX de la “República” o como los “demonios” de que habla Dostoievsky en la novela de ese nombre. Ellos, como Kirilov, quieren demostrar que se encuentran “más allá del bien y del mal”. Y quieren crear una sociedad de hombres que abandonen toda referencia al orden divino, en la medida de lo posible. Una sociedad con dos estratos: la élite de los “super-hombres” nietzscheanos; y el rebaño, corrompido lo más posible, para poder dominarlo a gusto.

Igual que los Treinta tiranos de Atenas querían que Sócrates participara en un homicidio, “con la intención de propagar responsabilidades entre el mayor número posible de atenienses” (Apología 32), los socialistas quieren propagar su rebelión al mayor número posible de chilenos. Para eso, están llegando ahora a la fase en la que “el ‘protector’ del pueblo, teniendo a su cargo una multitud fácilmente sumisa, no perdona la sangre de su misma raza […] y gusta de la misma sangre de su linaje con su boca y lengua impuras” y, así, “se convierte en tirano y en lobo de hombre que era”. (VIII, 505. Tomo los textos de las Obras completas de Aguilar, debidamente cotejados con el original griego).

Los devoradores de niños y corruptores de juventudes no están dispuestos a respetar ni la autonomía de las instituciones intermedias ni la naturaleza y autonomía de las universidades, públicas o privadas. Una vez que se inicie el festín público de sangre humana, cuando nos hayan encarrilado hacia la cultura de la muerte, como la llamó Juan Pablo II, ¿qué sutilezas podrán impedir que asalten las universidades? Me propongo dedicar uno de mis próximos artículos a esta institución, básica para la libertad de un país, cuya naturaleza y autonomía se encuentran tan amenazadas como lo estuvieron en Cuba en el año 1961, aunque las nuevas amenazas usen instrumentos diferentes.

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