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El abrigo de Dios

Todos de una u otra manera hemos vivido la angustia; ese miedo silencioso que nos asalta, que sigilosamente nos sorprende. Esa amenaza repentina quedeja cortos de aire a nuestros pulmones. Pareciera que la respiración deja de ser un acto inconsciente; de repente, debemos hacer un esfuerzo para inhalar, y tan solo logramos atrapar un mínimo de aire para mantenernos de pie. Si hay una emoción que puede ser devastadora en el ser humano, es el miedo. En mi caminar, he entendido que el opuesto al amor no es el odio, es el miedo. El miedo minimiza, el amor engrandece.

En algunos momentos lo hemos sentido como una turbación, como si la vista se nos nublara, como una congoja que nos embarga de tal manera que no sabemos si el dolor es una emoción, o si nos está dando un infarto; se nos oprime el pecho, sin poder defendernos. La sangre hierve mientras recorre todo mi cuerpo en el intrincado sistema circulatorio, mis manos tiemblan, sudan, pierden su calor; los labios se secan, y mi garganta se ahoga en un grito de silencio. Es todo lo contrario a esa sensación de plenitud que otras veces he sentido mirando al horizonte con el océano de frente. Donde cada inhalación pareciera introducir en mi cuerpo todo el aire disponible en el paisaje, toda la plenitud del infinito azul del océano.

Por un instante, estoy absolutamente sola, allí en medio de la angustia de ese hueco oscuro, el alma me llora, las lágrimas recorren profusamente mi rostro, no hay nadie para enjugarlas, una inmensa tristeza me hace sentir desolada. Tantas mentiras levantadas a lo largo de la historia de la humanidad: estamos solos, somos producto del azar, nos movemos en un mundo que no tiene salvación, la vida es una sola, no hay eternidad, Dios nos ha abandonado. Tantas angustias de la existencia: ¿Podré lograr mi propósito en la vida? ¿Mi familia estará bien? ¿Será una enfermedad benigna, fácil de superar, o tendremos que enfrentar lo peor? ¿Seré una víctima más de la delincuencia en mi país? o ¿Un enemigo diminuto e invisible acabará con nuestras vidas?

Todas esas voces golpean mi mente como gritos de terror. He lidiado con este miedo hasta el cansancio, literalmente he llorado horas en una batalla que me ha dejado exhausta; pero no le he entregado mi alma a este intruso. Desde el fondo de mi ser he escalado la montaña de la fe, todo este dolor es verdad; pero Jesucristo es la verdad más grande de mi vida. Pienso en su cruz, en su dolor, en su entrega. Tengo la certeza que El ya vivió esta angustia, que la venció con su muerte, que la dejó aplastada para siempre con su resurrección.

Y mientras escalaba esa gran montaña, mientras clamaba desde lo más íntimo de mi corazón, sentí que Dios vino a mi encuentro. Trajo a mi memoria uno de los recuerdos más dulces a mi alma, puso en mi mente las caritas de mis dos hijos mientras yo los amamantaba cuando eran unos bebés, sus miradas limpias y profundas; sus sonrisas tiernas que se dibujaban en sus pequeños rostros que escrutaban el mío con la curiosidad infinita del querer saber.

Con ese recuerdo del amor, todo el miedo se desvaneció… Y sabiendo que estaba conquistando una montaña, le dije a Dios: _ Señor, así quisiera sentirte en mi vida, tan cerca de mi como estaban mis bebés cuando los amamantaba. Quisiera mirarte como ellos me miraban a mi. Quisiera sentir esa seguridad que tantas veces sentí cuando cada uno de ellos y yo estábamos tan juntos, tan cerca, tan enlazados, tan perteneciendo el uno al otro… Y allí, en un silencio infinito, las lágrimas inundaron mi rostro, mi corazón lloraba como un ríocaudaloso, mientras seguía contemplando los ojitos llenos de ternura de mis dos pequeños… 

Entonces, sentí ese susurro suave y apacible de Su voz: _ Tu habitas al abrigo del Altísimo. Me quedé en silencio, sorprendida, tratando de respirar para vivir el momento con mayor intensidad, para que no se desvaneciera con tanta rápidez… Entonces, sentí Su voz una segunda vez: _ Eso es estar a Mi abrigo… Abrazada a Mi, como estaban tus pequeños abrazados a ti. Alimentada por Mi amor, como fueron tus pequeños alimentados en tu seno. Una paz indescriptible llenó mi ser, un cansancio que me hizo dormir como una bebé, un despertar con la convicción de que estoy en Sus brazos. 

¡Al abrigo de Dios!

“El que habita al abrigo del Altísimo,

morará bajo la sombra del Omnipotente”.

Salmo 91:1.

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